Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“A veces sentimos que lo que hacemos

es tan solo una gota en el mar,

pero el mar sería menos

si le faltara una gota”

Madre Teresa de Calcuta

El 15 de noviembre de 2000, la Asamblea General de las Naciones Unidas presentó una carta firmada por los representantes de Eslovenia, Malta, Bulgaria, Eslovaquia y Polonia para decretar al 31 de agosto como Día Internacional de la Solidaridad, siguiendo la línea que ya se había planteado en la Declaración del Milenio: la convicción de que el siglo XXI tendría que tener a la solidaridad como uno de los valores fundamentales para las relaciones internacionales. En la Declaración del 31 de agosto como Día Internacional de la Solidaridad la ONU recuerda que la solidaridad no sólo es un requisito de carácter moral, sino también una condición previa para la eficacia de las políticas de los países y los pueblos. Es una de las garantías de la paz mundial.

Apenas unos días después la Naturaleza volvió a poner a prueba al pueblo mexicano.

La solidaridad es un valor, se define como la capacidad del ser humano para sentir empatía por otra persona y ayudarla en los momentos difíciles, es un sentimiento de unidad en el que se buscan metas e intereses comunes.

“La solidaridad no es un accionar reservado a los virtuosos, es una tarea para todos los seres humanos en cualquiera sea la sociedad que habiten”.

Pero ¿de dónde viene la palabra su solidaridad y cómo ha llegado a nosotros?

Proviene, como la mayoría de las palabras de nuestra lengua de un término del latín “soliditas” que se refiere a una realidad homogénea, entera y unida, en donde sus componentes eran de la misma naturaleza, pero que no se encontraban fundidos. De manera que el concepto de solidaridad describe una adhesión mas o menos circunstancial a una causa o a un proyecto de un tercero. Aplicado a la sociedad, implica que las partes conservan su individualidad y sin embargo ofrecen un aspecto sólido al unirse para un fin. El término se utiliza en forma habitual para denominar preferentemente una acción generosa o bienintencionada. Como quiera que sea, su etimología hace referencia a una conducta in-solidum, es decir, que se enlazan los fines, propósitos, intenciones o destinos de dos o más personas. Por lo tanto, ser una persona solidaria no solo es mostrarse dispuesto a la colaboración, al ofrecimiento de ayuda o a ver con simpatía una conducta del “otro”, sino que implica un compromiso con aquel que se reconoce como prójimo. Sólo se puede ser solidario con el semejante.

En su expresión más primaria la solidaridad se presenta sin parar mientes ni establecer distinciones, se desarrolla sin distinción, límites o condicionamientos de sexo, raza, nacionalidad, religión ni de afiliación política. Su única finalidad es apuntalar a otro ser ser humano en estado de necesidad. Su única recompensa es el comportamiento en sí mismo. Su única esperanza ser caritativo en el sentido paulino del término:

1Co. 13:4 La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene envidia, la caridad no es jactanciosa, no se envanece;.

1Co. 13:5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;

1Co. 13:6 no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.

1Co 13:7 Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

No obstante su origen y su uso natural, el uso del término se ha desvirtuado ante el abuso proveniente del discurso y el denominado marketing político. Recordemos el uso abusivo del término durante una presidencia de la república de no grata memoria, en la que toda actividad gubernativa se marcaba con el sello “solidaridad”.

La verdadera solidaridad implicaría no sólo ayudar a alguien sin recibir nada a cambio sino que además no se enterara para evitar que se crease ningún vínculo que pudiera traducirse en la búsqueda de una contraprestación, aunque fuera solamente el agradecimiento y sin que nadie se entere. Ser solidario es, en su esencia, ser desinteresado. La solidaridad se mueve sólo por la convicción de justicia e igualdad.

Conviene recordar que los estoicos con su idea del hombre ciudadano del cosmos y su concepto esencial de igualdad de todos los seres humanos, y luego la teología cristiana quienes lo utilizaron al referirlo a la sociedad de todos los seres humanos, iguales entre sí por ser hijos de los Dioses en la Stoa o de Dios en el cristianismo y unidos en los vínculos de una sociedad. Aquellas primeras  comunidades se basaban en este concepto y en ellas la fraternidad era fundamental, impulsándolos a buscar el bien de todos los que formaban parte del grupo.

Desde el punto de vista filosófico la solidaridad es la forma en la que debe organizarse política y socialmente un grupo, donde el fin principal es el bienestar de todos y cada uno de los individuos que lo conforman. La solidaridad es el elemento fundamental para conseguir un desarrollo de una sociedad sana, y debe ocupar siempre un espacio especial. El bien común, la autoridad y la subsidiaridad son además los fundamentos de toda filosofía centrada en la persona humana, sin ellos una sociedad no podría jamás encaminarse a un fin de provecho colectivo.

La ciencia del Derecho utiliza este término para referirse a un individuo enmarcado en un grupo jurídicamente homogéneo, con bienes y derechos unívocos. En este caso la solidaridad incluye una alta responsabilidad de cada individuo con respecto al todo. El Derecho considera que la solidaridad también es fundamental para que una sociedad pueda progresar, pues es el modo en el que derechos y obligaciones se equilibran y se encuentra la armonía.

En la actualidad el término ha cobrado una dimensión social enmarcada en una concepción global. La posibilidad de conocer lo que ocurre en todos los rincones del planeta y las relaciones entre los diferentes países, nos ha plantea el gravísimo reto de comprender, y de allí a la creación de una conciencia social colectiva donde las personas solidarias son aquellas que luchan contra las injusticias sociales en cualquier aspecto (la pobreza, el hambre, la discriminación étnica, de género o sexual, etc.) y la búsqueda de un mundo unido y en paz.

Para que este término se haga real es estrictamente necesario que existan tres componentes: la compasión (necesaria para acercarse a la realidad humana y social, y empatizar con los dolores y carencias de los otros), el reconocimiento (sólo reconociendo la dignidad humana en los otros la compasión cobra un tinte solidario) y la universalidad (la indefensión y la indigencia son las cualidades que pueden permitir reconocer la condición fundamental de todo ser humano que adquiere universalidad en la vida en sociedad).

Ante la tragedia, los mexicanos hemos dado muestras conmovedoras y admirables de solidaridad. Uno se pregunta, ¿Qué haría falta para que esa solidaridad se prolongara en la vida cotidiana de la Patria?

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