José Luis Gómez Serrano

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Durante muchos meses acechó mis reflexiones un artículo de George Steiner, inquietante desde el principio: datos históricos correctos y conclusiones apresuradas, reflexiones que podrían ser acertadas pero afirmadas en otro contexto; no había manera de rechazarlo tajantemente y sus conclusiones me incomodaban. Como se acostumbra en estos casos, dejé asentar mis pensamientos y ahora vuelvo a ellos. El artículo, como ahora lo veo, está extrañamente equivocado y vigente; se llama The Hollow Miracle (el milagro hueco), fechado en 1959 y habla sobre el milagro alemán de la posguerra [1].

La opinión que tienen los extranjeros acerca de Alemania ha cambiado mucho a lo largo de los años y además está muy polarizada, porque es una de esas naciones que lo mismo despiertan admiración que envidia, miedo o desprecio; este último, en el caso de Alemania, es casi siempre miedo bajo otro nombre.

Los romanos nunca pudieron conquistarlos, y terminaron por fijar el Rin como la frontera del Imperio, dejando libre al Oriente lo que hoy es Alemania. La región de Germania estaba habitada por muchas tribus, casi siempre guerreando entre ellas, de vez en cuando unidas por alguna causa común. Uno de sus jefes, Arminius, consiguió convencer a otras tribus de que la única manera de hacer frente a los romanos era uniéndose; reunidos consiguieron algunos éxitos hasta que irónicamente, el general romano Germánico reorganizó la guerra contra ellos y los venció. Arminius fue muerto a traición por uno de los jefes rivales, y su historia se convirtió en ejemplo y en mito para los alemanes: llevó a las tribus germánicas a su punto más alto durante ocho siglos, hasta que llegó Carlomagno. Hay una estatua enorme en el sitio probable de la batalla de Teutoburg, donde derrotó a los romanos hacia el año 9 d.C.; las grandes dimensiones son entendibles, tanto por la necesidad de cualquier país de héroes como porque efectivamente el liderazgo de Arminius contribuyó a fijar el Rin como la frontera del Imperio Romano. Sin embargo, lo que a alguien puede parecer correcto, vendrá otro que le encontrará el lado malo. Tal es el caso de la historiadora inglesa Cecile V. Wedgwood, quien escribió en 1942 un artículo llamado The German Myth (el mito alemán)[2], donde reflexiona sobre la posible inexactitud del sitio de la batalla, rebaja al héroe a la categoría de personaje de un libro de texto y ve en la veneración de los alemanes por Arminius más la necesidad de crearse un pasado glorioso, que una realidad histórica.

También opina Wedgwood sobre la mentalidad alemana, “desesperadamente ansiosa de que la fábula sea realidad, y que con un respeto indiscriminado para la autoridad y la palabra impresa… podrá malamente distinguir entre fábula atractiva y hecho real.” Al final de su artículo hace una alusión a otro personaje mítico alemán, Luis II de Baviera; menciona uno de sus castillos, señalando que no fue diseñado por un arquitecto sino por un diseñador escénico, y encuentra un paralelo con la debilidad de la historia alemana vista por los alemanes: no está basada en hechos ni escrita para la luz del día. No es arquitectónica, sino escénica.

The German Myth está fechado en 1942 y lo que pudiera decirse sobre esa época ha fatigado todas las imprentas del mundo; es entendible que reflexionando sobre el pueblo alemán en los años en que Hitler ya los había lanzado a una guerra contra el mundo, ella haya cuestionado el sano juicio de los alemanes; no se necesita mucha perspicacia para crear esa duda. Pero en otro libro -extraordinario, porque C.V. Wedgwood fue una gran historiadora- ella analiza las circunstancias que dieron origen a la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y nos presenta un retrato del pueblo alemán muy poco halagüeño: gentes dedicadas a comer y a beber, capaces de hazañas de glotonería, donde su diversión era seguir bebiendo después de estar ya embriagados. Alcanza a mencionar que el idioma alemán era desconocido en el arte, invadidos como estaban por novelas, poesías y canciones francesas o italianas; su opinión está documentada por viajeros de la época que conocieron los excesos alemanes en la mesa. Pero en el resto del libro, Wedgwood analiza con gran detalle, precisión y capacidad de síntesis, presentando a Alemania como el campo de batalla donde se libró aquella guerra, gracias a las maquinaciones de Richelieu quien logró hacer frente a una posible tenaza que envolvería a Francia entre Alemania y España, unidas por la familia de los Habsburgo.
El idioma alemán ha sufrido los embates de nuestra ignorancia. En toda América, el alemán es ampliamente desconocido: para los latinoamericanos es ajena su estructura, su estricta sintaxis y el sonido de sus palabras, no guarda mayor semejanza con nuestro idioma, como sí sucede con el francés y el italiano; para los norteamericanos, quienes vinieron en su mayor parte de Inglaterra e Irlanda, donde hacía muchos siglos estaba olvidado el pasado común racial y de lengua con los alemanes, el alemán es un idioma excesivamente complicado. Para los latinos, el inglés tiene incontables palabras derivadas del latín y de esta forma nos brinda todos esos puentes para entendernos; el inglés es estructuralmente una lengua muy simple, no hay géneros ni declinaciones, los verbos son sencillos y las palabras cortas; en suma, vehículo ideal en lingua franca para los negocios y la comunicación en todo el mundo. En Latinoamérica, donde brincar la barrera del monolingüismo sigue siendo un reto para los gobiernos, el inglés ha acaparado sus esfuerzos y las escasas energías que el alumno promedio tiene reservadas para una lengua extranjera. Jorge Luis Borges, quien hablaba con soltura el inglés y conocía el francés y el alemán, escribió espléndidos ensayos sobre Shakespeare, Wilde y algunos autores menores de habla inglesa, pero del Fausto de Goethe opina “para los alemanes y austriacos el Fausto es una obra genial; para otros, una de las más famosas formas del tedio (3).” Yo he publicado varias traducciones de poesía alemana, pero veo que son mucho más frecuentadas las páginas que dediqué a Bismarck, a la guerra Ruso-Japonesa, o al CRIT; tristemente, no he recibido comentario de joven alguna que se sienta abrumada por los versos donde la muerte quiere atraer a una doncella:

Matthias ClaudiusDer Tod und das Mädchen Matthias ClaudiusLa muerte y la doncella
Das Mädchen:Das Mädchen:Vorüber, ach vorüber

geh, wilder Knochenmann!

Ich bin noch jung! Geh, Lieber,

Und rühre mich nicht an.

La doncella:¡Adelante, ay, adelante,

Vete, salvaje esqueleto!

¡Soy todavía joven! Continúa, querida,

Y no me toques.

Der Tod:Gibt deine Hand, du schön und zart Gebild!

Bin Freud und komme nicht zu strafen.

Sei gutes Muts! Ich bin nicht wild!

Sollst sanft in meinen Armen schlafen!

La muerte:Dame tu mano, tu figura tierna y hermosa.

Soy amiga y no vengo a castigar.

¡Levanta el ánimo! ¡No soy feroz!

Vas a descansar dulcemente en mis brazos.

El alemán se ha convertido en un arma para atacar a los alemanes; la razón no tiene que ser la ignorancia del idioma, porque Georg Steiner, escritor nacido en Francia y naturalizado norteamericano, vivió en un ambiente familiar trilingüe, donde se hablaba indiferentemente francés, alemán e inglés. En 1959 publicó The Hollow Miracle (el milagro hueco), cuya tesis fundamental es

El milagro alemán de la posguerra es efectivamente un milagro, pero hueco: existe una gran actividad económica pero en el corazón hay una sospechosa quietud (in the heart, there is a queer stillness). Lo que está muerto es el idioma alemán, puesto que no crea un sentimiento de comunicación.

La demostración de esta tesis milagrosa son varias páginas en donde recuerda, una vez más, los horrores del nazismo y la influencia que tuvo en el idioma. Gentilmente proporciona algunas claves para definir cuándo lleva un idioma el germen de la disolución:

  • Antiguas acciones mentales que un día fueron espontáneas se vuelven hábitos congelados (dead metaphors, stock smiles, slogans).
  • El estilo cede lugar a la retórica.
  • En lugar de un uso preciso del lenguaje, aparece la jerga.
  • El lenguaje ya no afila el pensamiento sino lo vuelve borroso.

Y finalmente anuncia que “esto ha sucedido en Alemania”. Quizá el señor Steiner escuchó suficientes voces en 1959 y leyó suficientes libros y periódicos alemanes para convencerse de su tesis, pero no lo transmite en su artículo. En poco menos de una página enuncia la tesis y pronuncia que las definiciones pueden sustituir a una prueba; en un campo tan debatible como es el lenguaje, donde las ideas y los argumentos sin referencias concretas no son sino expresión de una opinión, nos faltan los ejemplos y las referencias. Sin embargo, las siguientes líneas están dedicadas a encontrar las causas de esta (presunta) muerte del idioma alemán, empezando con el peregrino argumento de que los más grandes genios del idioma vivieron antes de que se unificara Alemania en 1870 bajo Bismarck; este argumento es cierto en español (no ha vuelto a nacer Cervantes), en inglés (ningún poeta puede compararse a Shakespeare), en portugués (tampoco ha renacido Luis de Camoens) y en italiano (Dante sigue siendo una estrella solitaria en ese firmamento), y no podremos decir que ninguno de esos idiomas esté muerto porque no han renacido genios parecidos a aquellos.

Pero Steiner menciona algo muy importante: el cambio en la mentalidad alemana que produjo la unificación de 1870: anteriormente eran pequeños reinos, preocupados por su entorno inmediato; una vez unidos bajo Prusia, juntaron fuerzas, se convirtieron en una potencia industrial y dedicaron una gran parte de sus energías a hacer crecer su poder militar, ignoraron el balance de fuerzas que sabiamente había fijado Bismarck y terminaron embarcados en una guerra en dos frentes contra fuerzas numérica y económicamente superiores; el ejército alemán, que en teoría podría vencer a cualquiera de sus oponentes por separado, fue incapaz contra todos ellos reunidos. Al final perdió Alemania, desapareció el Segundo Reich y el país entró en una etapa de incertidumbre política y de hiperinflación. Aparecieron dos rencores dentro de la mentalidad alemana: que no habían perdido la guerra sino que fueron traicionados por los comunistas, y que las especificaciones del Tratado de Versalles, a pesar de la palabrería utópica del presidente Wilson, imponían a Alemania condiciones humillantes de las que tarde o temprano tendrían que liberarse; ni siquiera la responsabilidad de haber iniciado la guerra fue aceptada, sino endosada a Rusia y a Austria.

CONTINUARÁ

 

[1] George Steiner: The Hollow Miracle, contenido en A Reader, Oxford University Press, New York, 1984.

[2] C.V.Wedgwood: History and Hope, essays on History and the English Civil War, E.P.Dutton, New York, 1989.

(3) Sobre los Clásicos, contenido en Otras Inquisiciones (1952)