Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Ya termino con esta larga serie de artículos dedicados a la imagen de la Virgen de la Asunción que preside desde la sede episcopal de Aguascalientes, con motivo del centenario de su llegada a esta urbe peregrina. Ésta es la entrega No. 12, y si no las he numerado es que porque a final de cuentas no tuve idea sobre cuántas serían, ni la tengo ahora. Lo ideal habría sido escribir todo de un tirón y luego ya nomás partir el texto para adecuarlo a los requerimientos del periódico, pero señora, señor: parezco delincuente huyendo del lugar de los hechos, sin más recurso que mi propia locomoción. Es decir, ando a salto de mata, escribiendo sobre la marcha, en ocasiones un par de horas antes de que me cierren la edición.

Originalmente anuncié que reciclaría algunas notas que he publicado aquí sobre el tema pero, la verdad, ni falta que hizo, por lo que hacerlo ahora me parece un exceso. Así que ya termino, pero antes quiero platicarle de la cuasi apostólica y a veces ingrata labor del cronista, por un par de cosas que me ocurrieron a la hora de allegarme información para la redacción de estas líneas. ¿O fueron tres? Ya veremos.

Así que corre y se va. De conformidad con las pobres luces que iluminan mi mente, el cronista debe ser una persona que combine la conversación con la escritura; la historia con el presente, aparte de tener alguna habilidad para hablar en público, pero también deberá tener muy claro, pero de veras mucho, que ante todo, y sobre todo, su tarea es testimonial, y en todo caso, si echa mano de la historia, es para apuntalar eso que está diciendo sobre algo presente.

Todo esto es importante; fundamental, me atrevería a decir, pero hay otras cosas… Cosas íntimas que lo impulsan a cultivar estos nobles menesteres, y que no siempre son plenamente conscientes.

Posiblemente sea un poco difícil definir esto a que me refiero, formalizarlo en un par de párrafos, porque quizá sea algo genético, es decir, algo que está muy dentro de su naturaleza, y que por ello mismo es inconsciente, como una especie de predisposición hacia estos temas.

Es como cuando platicamos con el compadre o el amigo; con el primo, y compartimos información sobre lo que andan haciendo los hijos, y entonces constatamos que a fulanito se le facilitan los idiomas, o las matemáticas, o el futbol, o la lectura, o qué sé yo; actividades que lo llevan a dedicarse a eso, y hace cosas que para otros serían prácticamente imposibles, o aburridas, o muy complicadas, pero que lo hacen sentirse como pez en el agua; algo así. ¿Cuántas veces, indulgente lector, le ha ocurrido que hay conductas que no sabe explicarse de manera inequívoca?; conductas suyas, desde luego. A unos les gusta podar el pasto, lavar el coche, andar en bicicleta. A mí me gusta leer, escribir, enterarme de cosas relacionadas con esta tierra que me alimenta desde antes de que tuviera uso de razón, yo.

Todos servimos para algo, y lo importante es descubrir a tiempo para qué, no perder demasiado tiempo no haciendo nada, o haciendo algunas cosas mal y de mal genio, o atrapados por la necesidad, haciendo lo que no le gusta y añorando lo que sí, pero que no puede hacer. Ahí tiene usted el caso de Teyve, el personaje central de la obra Teyve y sus hijas, del escritor ucraniano Sholem Aleijem, que por estos lares conocimos con el título de El violinista en el tejado. Digo que ahí lo tiene usted, que ante las desgracias que le ocurren al pueblo judío del que forma parte, clama al cielo sobre ser parte del pueblo elegido de Dios, y remate: pero elegido para qué.

En fin. Intentaré explicarlo de la siguiente manera: en primer lugar, el cronista actúa impulsado por el placer que le acarrea el conocimiento; conocer el universo, comprenderlo, etc. Entonces, el cronista debe ser un eterno estudiante.

En segundo lugar, tiene en muy alta estima la comunidad a la que pertenece y sirve con su voz y su pluma, la comunidad en que ha nacido y crecido, y asume que la mejor manera de amarla, cuidarla, es conocerla; comprenderla, y darla a conocer, su gente, sus fiestas, sus prácticas, sus actividades, porque tiene la certidumbre -ojalá y fuera certeza-, de que este conocimiento enriquece la experiencia de la ciudad de quienes se lo apropian.

En tercer lugar, el cronista tiene en muy alta estima a la Historia, aunque también entiende de manera clara la diferencia entre Historia y Crónica, y sabe que no son lo mismo. El historiador no opina, afirma; no cree, sabe, lo contrario del cronista, que lleva a cabo un acto testimonial, porque habla del tiempo que le ha tocado en suerte, en tanto la materia prima del historiador se refiere a eventos de tiempos pasado. De hecho los primeros historiadores; los santos patronos de los historiadores actuales, fueron cronistas. Escribo esto y pienso en don Tucídides y don Herodoto. En todo caso su punto de unión, el puente que las une es el hecho de que una Crónica puede convertirse en Historia, pero en principio no lo es. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com)