Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

La semana anterior dejé el tema que estoy desarrollando en la idea de que el cronista querría ser un receptor de historias, alguien a quien las personas se acercaran para compartir sucedidos que vivieron, a fin de que él las procese y les dé forma de letra de molde.

En honor a la verdad esto último ocurre, tal y como dejaré constancia en lo que escribiré a continuación, o en próxima entrega, pero no con la frecuencia e intensidad que debería. Más bien sucede que uno tiene que perseguir la información, cosa que desde luego es lo de menos; no importa, de veras que no. Esto último en el mejor de los casos, cuando se entere, aunque sea de rebote, sobre algún acontecimiento pero, ¿y si no; si ni siquiera se entera, así como para buscar esa información? Probablemente aquello termine perdiéndose; nadie sabe, nadie supo.

¿Suficiencia por parte del cronista; pretencioso de su parte pensar que algo se perderá si no pasa por su pluma? Tal vez, pero tampoco es nada del otro mundo. Se trata de observar, fundamentar, escribir, y cualquiera puede hacerlo, pero entonces, ¿por qué esa multitud de “cualquieras” no lo hace? El hecho es que suceden las cosas, pero la vuelta de los días va acumulando polvo sobre ellas, distorsionando el recuerdo y abriendo la puerta del olvido, porque en última instancia también las personas que recuerdan desaparecen, mueren, y esta remembranza, digamos verbal, se pierde si no se registra (y en verdad os digo que hoy en día hay tantas maneras de registrar, pero no se hace). También ocurre que la gente que recuerda termina recordando mal, porque el tiempo, los años, distorsionan este recuerdo, e incluso es posible que haya cosas que terminen inventándose, pero que aquel que lo hace, o que escuchó, está seguro; convencido, de que así ocurrió todo.

Vea usted la ciudad; véala con atención, y piense. ¿De cuantas cosas sabe su origen; de cuantos edificios, calles, plazas, templos? ¿Cómo fue que llegaron a ser lo que son hoy en día, por qué? ¿Conoce su ciudad, sus usos y costumbres, su idiosincrasia? Su ciudad, su campo de juegos, su experiencia de vida; su lugar de estudio y aprendizaje; de su trabajo, la vivencia de sus amores, los lugares que le son familiares, y quizá hasta queridos, las personas con las que comparte espacio y tiempo. La ciudad. ¿La conoce? ¿Debería conocerla?

Como digo, también ocurre que uno se entera de algo de puro rebote, porque conoce a alguien que tuvo noticia del acontecimiento o, simplemente porque pasaba por ahí cuando sucedió tal o cual cosa. Lo primero fue lo que me ocurrió cuando la entronización de la bella imagen de la Virgen de la Asunción de La Congoja, San José de Gracia, que aquí le contaré, y lo segundo cuando se estrenó el nuevo órgano de catedral, que ya conté en su momento.

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Ahora sí. Teniendo en cuenta todo lo que aquí desarrollé en las dos entregas anteriores y parte de esta, estas reflexiones sobre la cuasi apostólica y a veces ingrata labor del cronista, y relacionándolo con el tema que me ha ocupado desde principios de diciembre, el centenario de la imagen de Nuestra Señora de la Asunción, en su momento asumí que algo se organizaría con este motivo; una serie de eventos tendientes a conmemorar semejante fasto, y entonces alguien diría: “llamen a los cronistas, para que dejen constancia de todo lo que vamos a hacer”.

Sí, chucha, como no”. Pues no, no hubo tal, o quizá ocurrió, pero no con mis compañeros cronistas, que yo sepa, o con este servidor de la palabra que intento ser, que sí sé. El hecho es que ante la cercanía de los festejos, tuve la idea de hacer algo parecido a lo realizado en 2005 con motivo del cambio de órgano de catedral. Me enteré de esto de rebote, aparte de que en ese entonces trabajaba yo en las inmediaciones de catedral. Este hecho me permitió hacer un seguimiento pormenorizado del asunto, que trajo como consecuencia una serie de entregas de esta columna, y la publicación de un librito que en mi inútil opinión constituye un buen ejemplo de lo que debe hacer el cronista.

Desde luego mucho de lo realizado en aquella ocasión habría sido imposible de no haber contado con el beneplácito del entonces custodio de la catedral y animador de la obra, el sacerdote Miguel B. Medina Fernández, quien me platicó cosas relacionadas con el asunto, me puso en suerte a los constructores para hablar con ellos y me franqueó el paso a los espacios catedralicios, desde luego el coro en primer término.

Entonces, como digo, tuve la intención de repetir la experiencia, ahora con la imagen de la Virgen de la Asunción. El 15 de agosto de 2018 el obispo José María de la Torre Martín, apoyado en “el efusivo y filial cariño que los habitantes de esta Diócesis manifiestan a Nuestra Señora de la Asunción”, decretó un año jubilar que abarcaría del 1 de octubre de ese año al 18 de octubre de 2019. Mediante el decreto, el pastor concedió las siguientes gracias particulares, en primer lugar, que la venerada imagen de Nuestra Señora de Aguascalientes visite todas las parroquias de nuestra Diócesis”. En segundo lugar, se concedían indulgencias a quienes participaran en misa o rezaran el rosario ante la imagen, teniendo en cuenta una serie de intenciones. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).