Por: David Reynoso Rivera Río.

Nuestra niñez, es sin lugar a dudas una de las etapas más bellas e importantes en nuestras vidas. La nostalgia me invade en estos momentos al recordar aquellas tardes en las que únicamente importaba jugar algún videojuego, practicar algo de futbol, aprender a hacer un nuevo truco con el trompo, poder ver una película en el cine o simplemente esperar a que fuera viernes por la tarde para poder invitar a algún amigo a comer. No obstante lo grato que pudiera ser recordar un sinfín de instantes que marcaron mi niñez y que quizá muchos de ustedes al leerlos recordaron sus actividades predilectas durante aquella etapa, considero importante rescatar que en nuestra niñez, todos y cada uno de nosotros obtuvimos inexplicablemente una de las mayores lecciones de vida.

Entender el triunfo y el fracaso, es algo que jamás sería posible si no hubiéramos atravesado por esos años de infancia. Recordemos primeramente que antes de triunfar fracasamos “n” cantidad de veces, por citar algunos ejemplos; primero, nos caímos, equivocamos y generamos algunas cicatrices en nuestro cuerpo, antes de entender que nadie nace aprendiendo a gatear, caminar, correr, hablar, brincar, jugar y leer. Toda esta gran lección fue posible gracias al apoyo de nuestros padres, hermanos, familiares, amigos, maestros y la sociedad en general.

Uno de los aspectos más importantes dentro de la niñez y que quizá, considero importantísimo que todos nosotros ayudemos a fortalecer aunque ya no seamos tan niños, es el civismo y el patriotismo mexicano. Desgraciadamente, es triste ver que en las nuevas generaciones e inclusive con las personas de nuestra misma edad, se aprecie una pésima cultura cívica nacional. Como ya he hecho hincapié en alguna ocasión, cada vez son menos los niños y jóvenes que conocen su Himno Nacional Mexicano completo, quién lo escribió, cuándo, bajo qué condiciones; qué significan los colores de la Bandera, el Escudo Nacional, cuál es el himno oficial del Estado, entre muchas otras cuestiones que tristemente son razones para preocuparse y sobre todo para ocuparse, dado que la única manera en la que las nuevas generaciones podrán volver a tener un gran sentido de identidad es bajo el ejemplo y la instrucción de todos nosotros. Autoridades y sociedad en general, somos los únicos responsables de verdaderamente hacer honor a la letra de nuestro himno nacional al mencionar “Un soldado en cada hijo te dio.”

Mientras redactaba el presente comentario, leía que uno de los grandes secretos de la vida es pensar como adulto, vivir con la energía de la juventud, aconsejarse y aconsejar como los ancianos y nunca pero nunca jamás, dejar de soñar como los niños. Cuantos de nosotros no soñábamos con ser un policía, astronauta, abogado, químico, médico, ingeniero, presidente, futbolista, piloto o simplemente decíamos: “yo quiero ser como mi papá o como mi mamá.” El hecho de ser ahora jóvenes no debe de impedirnos tener nuevos sueños e inclusive nuevas aspiraciones, mi invitación en esta ocasión va dirigida a realizar un examen en nuestro ser más profundo y encontrar aquellos sueños que tenemos al día de hoy. Lograrlos, depende de nosotros, y quizá lo único que necesitábamos era desempolvarlos o simplemente reajustar nuestra realidad para crearlos.

“Si lo puedes soñar, lo puedes lograr.”

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