Luis Muñoz Fernández

El obispo José María de la Torre Martín pide a los diputados dejar la modorra y atreverse a legislar a favor de la vida; lamentó que haya concluido un período más de sesiones y sigan en la congeladora iniciativas en este sentido, la más antigua, desde octubre de 2008, y a la fecha no se ha dictaminado en ningún sentido. “Los obispos esperamos que por bien de la población, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en congruencia con lo que ha decidido en esta materia, confirme la facultad de los estados de legislar libremente en el ámbito de su soberanía, como corresponde en una república federal”.

Y en el caso de Aguascalientes, “ya no posterguen más este tema”.

El Heraldo de Aguascalientes. Siguen en la congeladora las iniciativas a favor de la vida. 17 de marzo de 2015.

El pasado miércoles 10 de octubre de 2018 apareció en la primera plana de El Heraldo de Aguascalientes (véase más abajo) una declaración que, más allá de la controversia del tema al que se refiere –la despenalización del aborto–, es profundamente preocupante por lo que significa para una sociedad como la nuestra que, dando los primeros pasos en el camino de la democracia tras décadas, por no decir siglos, de gobiernos autocráticos, está empezando a comprender el valor insustituible del debate público, informado y razonado de los asuntos que afectan la convivencia de los ciudadanos.

No se trata aquí de discutir sobre el delicado tema de la interrupción voluntaria del embarazo, que para ello se requiere tiempo, espacio y una información detallada sobre todos sus aspectos, sino de expresar la preocupación, y con ello alertar a la sociedad, de que organizaciones tan conservadoras como la citada pugnen por hacer de sus creencias particulares la norma de convivencia para todos los aguascalentenses, soslayando deliberadamente que existen opciones morales distintas de las suyas propias.

Además, lo que es más grave si cabe: que traten de impedir el ejercicio de uno de los derechos fundamentales de una sociedad democrática: el de discutir abiertamente, con argumentos racionales basados en las evidencias científicas disponibles, los temas que inciden directamente en la armonía de la relación entre los ciudadanos y entre estos y las autoridades que los representan. Impedir el debate es una actitud profundamente antidemocrática.

Anthony Weston, en su ya clásico libro Las claves de la argumentación (Ariel, 2011), nos dice lo siguiente:

Mucha gente piensa que discutir es simplemente expresar sus prejuicios de una forma diferente. Por eso mucha gente cree que discutir es desagradable e inútil. De hecho, aunque las definiciones que nos da el diccionario de “discutir” –“Dicho de dos o más personas: Examinar atenta y particularmente una materia” o “Contender y alegar razones contra el parecer de alguien”– no implican animadversión, el significado que popularmente se da a “discutir” se parece más a “pelearse verbalmente”. No es éste el significado que aquí nos interesa.

En este libro, “discutir”, dar argumentos, significa ofrecer una serie de razones o de pruebas para apoyar una conclusión. Aquí argumentar no es simplemente afirmar un punto de vista. Argumentar implica un esfuerzo para “apoyar” un punto de vista con razones. Por ello, es esencial usar argumentos cuando se discute.

Discutir usando argumentos es esencial sobre todo porque constituye una manera de descubrir qué puntos de vista son superiores a otros. No todos los puntos de vista son igualmente válidos. Encontraremos conclusiones que se apoyan en buenas razones, y otras que apenas se sostienen. ¿Cómo distinguirlas?: ofreciendo argumentos para las distintas conclusiones y valorándolos para ver cuán convincente es cada uno de ellos [las negritas son mías].

La argumentación sobre los temas que nos afectan como seres humanos y como ciudadanos es una herramienta fundamental de la bioética, disciplina joven, que busca siempre un espacio de reflexión sobre la intervención del hombre en el ámbito de la vida, que aborda temas complejos y controvertidos como los del principio y el final de la vida (el aborto y la eutanasia, por ejemplo), los límites de la investigación científica y el impacto de los seres humanos en el equilibrio ecológico.

Como dice el doctor Ricardo García Manrique, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Barcelona y profesor del Máster en Bioética y Derecho de la misma universidad, “La bioética (en tanto que ética) es una disciplina racional y práctica, es decir, su función es la de ofrecer criterios fundados racionalmente para orientar la acción humana ante ciertas situaciones vitales. De este carácter práctico y racional se sigue la necesidad de elaborar argumentos que constituyen las razones para la acción. La mera voluntad no justificada, las creencias religiosas o las intuiciones no constituyen ‘razones’ para la acción (aunque la motiven; pero no lo hacen racionalmente) y por eso quedan fuera del campo de la bioética” [las negritas son mías].

Es particularmente llamativo que las organizaciones conservadoras como la que nos ocupa aduzcan argumentos que ellos mismos califican de científicos cuando en realidad no lo son, pretendiendo así dotar de respetabilidad y veracidad unos argumentos que no resisten el análisis racional. Con frecuencia recurren a la ciencia para respaldar sus argumentos, pero, salvo excepciones, lo hacen de manera incompleta y/o distorsionada con el propósito de favorecer sus propias conclusiones. Una actitud que, lejos de ser científica, es dogmática e interesada.

Y en el terreno del dogma, el debate es imposible. Hubert Schleichert, profesor de filosofía en la Universidad de Constanza (Alemania) así lo señala en Cómo discutir con un fundamentalista sin perder la razón. Introducción al pensamiento subversivo (Siglo XXI de España Editores, 2004):

¿Cómo podrían demostrar argumentativamente dos ideologías o religiones distintas, la una a la otra, la verdad de los propios dogmas y la falsedad de los del otro? No pueden. Argumentar presupone una base de argumentación, y la discusión trata precisamente de esa base. La situación puede describirse sucintamente mediante el antiguo axioma de la lógica según el cual no se puede discutir con quien pone en cuestión nuestros principios: ‘contra principia negatem non est disputandum’.

El debate de altura requiere información y, sobre todo, educación. En este sentido, la labor a desarrollar en nuestra sociedad no sólo es muy importante y urgente, sino casi inabarcable. Como estrategia y fruto de los gobiernos autocráticos que México ha padecido por tanto tiempo, tenemos hoy una ciudadanía desmovilizada, muchas veces indiferente ante los problemas que más deberían preocuparle. Aunque también es verdad que nuestra sociedad es cada día más participativa.

Por ello no quisimos pasar por alto declaraciones que buscan coartar nuestra libertad para debatir de manera abierta, informada y razonada un tema de tanta importancia como la despenalización (que no la promoción) del aborto. No permitamos que, en este y en otros asuntos que nos atañen directamente, otros piensen y decidan por nosotros. Defendamos nuestra autonomía moral.

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