Para mis hijos Brenda y Luis, promesas que, con Lucila, hemos lanzado al futuro.

 Luis Muñoz Fernández

Son numerosos los estudios que se han publicado sobre la evolución de la especie humana. La mayor parte de ellos centran su relato en el macho de la especie: alaban sus proezas en la caza, exaltan sus logros en la fabricación de utensilios y resaltan que fueron estas adquisiciones evolutivas del macho las que permitieron nuestra evolución. A la hembra se le ha adjudicado tradicionalmente un papel secundario en el proceso evolutivo: siempre encerrada en la cueva, rodeada de una pandilla de crías chillonas y hambrientas, mientras aguarda esperanzada y temerosa la llegada del macho protector y nutricio. Sin embargo, hoy los datos paleoantropológicos de que disponemos muestran una imagen muy diferente: el hombretón llega a la cueva hambriento y cansado, tras dos días de vagar sin haber logrado cazar nada, y tiene que aceptar las bayas y los insectos que han recolectado la hembra y las crías por los alrededores de la cueva.

José Enrique Campillo Álvarez. “La cadera de Eva. El protagonismo de la mujer en la evolución de la especie humana”, 2007.

 

Iba a escribir sobre otro tema (lo dejaremos para más adelante), pero me topé con un artículo especial en El País, titulado “Mujeres en la ciencia”, con una especie de subtítulo que reza “Relegadas por las élites, olvidadas por la historia” (https://elpais.com/especiales/2018/mujeres-de-la-ciencia/). Me parece tan importante que me obliga a escribir sobre un tema en el que ya había incursionado con anterioridad. Un tema tan añejo y actual a la vez que merece nuestra atención persistente, pues la injusticia que se sigue cometiendo con las mujeres es una de las más indignantes lacras del género humano.

En este artículo se pueden leer con gran placer y provecho 24 pequeñas biografías de mujeres que, pese a tener que vencer enormes obstáculos relacionados con lo que hoy se ha puesto de moda en denominar género, pero que deberíamos llamar sexo, hicieron inmensas aportaciones al desarrollo y avance de la ciencia, logros que, con vergonzosa frecuencia, no sólo fueron ignorados en muchas ocasiones, sino que se atribuyeron a sus colaboradores masculinos o a otros hombres que se beneficiaron de ellos. Premios Nobel incluidos.

Como todo artículo de este tipo, “sí son todas las que están, aunque no están todas las que son”. Algunas son de sobra conocidas, como Marie Curie o Rita Levi-Montalcini, pero me parece que la mayoría de las seleccionadas en este artículo son poco afamadas e incluso desconocidas, por lo menos para mí.

Sus biografías, resumidas en lo esencial en este artículo de una forma que me parece admirable, contienen no sólo los hechos relevantes que las convirtieron en investigadoras de altos vuelos y las enormes trabas que superaron multiplicando el valor de su trabajo científico, sino algunas frases con sus ideas y pensamientos.

Al leer todo ello no he dejado de conmoverme y, en varias ocasiones, he sentido una gran indignación, una necesidad apremiante de reparación ante las injusticias que sufrieron y que se siguen reproduciendo en nuestros días. ¡Cuánto le debemos a las mujeres como ellas y a otras muchas más cuyos nombres y logros jamás conoceremos!

Aunque lo mejor es leer cada una de las 24 biografías del artículo, lo que a más de alguno lo impulsará a profundizar en el personaje a través de nuevas lecturas y pesquisas, quisiera compartir por este medio algunas de las palabras que más me han impresionado y emocionado. La selección no puede ser imparcial, pues existe un sesgo de afinidad con las ideas en ellas expresadas y un espacio limitado para transcribirlas, lo que no les resta un ápice de su inmenso valor. Empecemos con Wang Zhenyi (1768-1797), poetisa, matemática y astrónoma china –nótese que vivió sólo 29 años– y que desde el siglo XVIII nos interpela con estas palabras:

Hay que creer que las mujeres son lo mismo que los hombres, ¿no estás convencido de que las hijas pueden ser también heroínas?

Las mujeres tienen que luchar contra la discriminación de su sexo y conocen de primera mano el valor de la persistencia. No hace mucho que, en medio de la angustia, un amigo muy cercano y ferviente creyente me decía: “Dios nos lleva a buen puerto a pesar de los vientos contrarios”. Muchas de estas mujeres reseñadas, creyentes o no, mostraron una fe inquebrantable, un tesón invencible por seguir adelante a pesar de los duros obstáculos. Con su ejemplo, nos enseñaron a no renunciar a nuestros más caros ideales. Así nos lo hace ver Grace Hooper (1906-1992), militar y experta en computación estadounidense:

Si es una buena idea, continuad y llevadla a cabo. Es mucho más fácil pedir disculpas que conseguir el permiso necesario.

La capacidad casi exclusivamente femenina de realizar varias tareas al mismo tiempo la encarnó muy bien Hedy Lamarr (1914-2000), actriz e inventora austriaca, considerada en su tiempo como “la mujer más hermosa de Europa”, que tuvo el mérito (y no es poco) de ser la primera en simular un orgasmo en el cine (“Éxtasis”, 1933, dirigida por Gustav Machaty). Cansada del férreo control al que era sometida por su marido, escapó a los Estados Unidos, donde desarrolló su carrera de actriz e inventora. Gracias a ella, hoy gozamos de los beneficios del wi-fi, elemento de comunicación inalámbrica sin el que no podemos concebir nuestra vida actual. Su visión de futuro queda expresada en las siguientes palabras:

La esperanza y la curiosidad sobre el futuro me parecían mejores que lo seguro del presente. Lo desconocido siempre fue tan atractivo para mí… Y todavía lo es.

No siendo una cualidad exclusiva de las mujeres, en la entrega sin reservas y la solidaridad con los más necesitados son maestras indiscutibles. ¡Tenemos tanto que aprender de ellas! Wagnari Maathai (1940-2011), bióloga, política, activista ecologista y feminista, nació en Kenia. Fue la primera mujer africana en recibir el Premio Nobel de la Paz (2004). Nos dice el artículo sobre ella: “El día que Maathai murió, por un cáncer de ovarios, había más de 47 millones de árboles plantados gracias a su impulso y la idea de que la lucha por el planeta en el que vivimos es la suma de muchas pequeñas batallas”.

De todas las palabras de las científicas incluidas en el artículo de El País, las de Wagnari Maathai son las que más me han conmovido, en especial porque en este mundo actual en el que se valora tanto la competencia entre los seres humanos, justificándola con la distorsión de las ideas de Darwin sobre “la supervivencia de los más aptos” (que no son los más fuertes y poderosos, como lo demostró muy bien Piotr Kropotkin a principios del siglo XX), es necesario enaltecer el valor superior de la solidaridad:

Los seres humanos pasamos tanto tiempo acumulando, pisoteando, negando a otras personas. Y sin embargo, ¿quiénes son los que nos inspiran incluso después de muertos? Quienes sirvieron a otros que no eran ellos.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com

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