Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Hoy, el centésimo aniversario del fallecimiento del pintor aguascalentense –mexicano- Saturnino Herrán. La muerte izó su negra bandera triunfal en el mástil de su vida el 8 de octubre de 1918, y proclamó su inútil y despiadado triunfo sobre los ojos y las manos del artista.

Perdóneme la tontería; el absurdo, inteligente lector, porque el tema no admite discusión alguna, pero ante este hecho no dejo de preguntarme como es posible que un personaje como Herrán haya muerto a los 31 años, cuando probablemente todavía tenía mucho que pintar; mucho que darnos. ¿No sería que la vida debiera cuidar a los más valiosos de entre nuestros hombres y mujeres; preservarlos? Hacer esto con aquellos que nos ofrecen cosas valiosas, que con su obra contribuyen a construirnos como personas; cobijarlos para que sigan brindándonos lo que podría considerarse como un espejo de nuestra humanidad; ese lago de agua límpida en cuya superficie podemos contemplarnos.

Cegó la parca el aliento vital del artista, su poder de crear imágenes, darles forma y color; luz y movimiento, pero no pudo con su obra, que sigue viva.

Manuel Gómez Morín, un personaje al que los políticos mexicanos deberían leer, entre otros textos escribió en 1926 uno breve, enunciativo, que tituló con una fecha: 1915. En él hacía referencia al año en que, con la derrota de la villista División del Norte, por fin cesó la violencia generalizada ocasionada por la revolución, y comenzaba un largo proceso de reconstrucción nacional, ahora determinada por la visión de los triunfadores.

Gómez Morín recuerda aquel grupo de intelectuales que se formó a fines del porfiriato, que fue conocido como el “Ateneo de la Juventud”, una serie de personajes que “alzaron la bandera de una nueva actitud intelectual”, pero que fue efímero. Y sin embargo en 1915 se formó alrededor del filósofo Antonio Caso, otro grupo, integrado por discípulos de este y del literato Pedro Henríquez Ureña.

Este nuevo grupo, que fue conocido como el de “los siete sabios”, buscaba en la reflexión una explicación de lo que ocurría. Dice el autor de 1915: “En el inolvidable curso de Estética de Altos Estudios y en las conferencias sobre el Cristianismo en la Universidad Popular, estaban González Martínez y Saturnino Herrán y Ramón López Velarde y otros más jóvenes.  Todos llevados allí por el mismo impulso.

En esos días, Caso labraba su obra de maestro abriendo ventanas espirituales, imponiendo la supremacía del pensamiento, y con ese anticipo de visión propio del arte, en tono con las más hondas corrientes del momento, González Martínez recordaba el místico sentido profundo de la vida, Herrán pintaba a México, López Velarde cantaba un México que todos ignorábamos viviendo en él.”

Saturnino Herrán pintaba a México… La frase es luminosa; fantástica, y está cuajada de significado. Deténgase un instante en ella; saboréela, y fíjese que no dice que Herrán pintara hombres y mujeres, en el trabajo, en actitud de adoración, en la contemplación, en la diversión, o en sensual pose, la mayoría de ellos gente del pueblo, aguadores, albañiles, gente anónima. No, no dice eso Gómez Morín, sino que pintaba a México, como si de esta forma creara de nueva cuenta al país, ahora bajo nuevos preceptos, distantes de los que animaron a la generación anterior de artistas plásticos, creadores de imágenes heroicas, míticas, paisajísticas, etc.

Aquí me permito afirmar; tendré la temeridad de decir que una obra plástica, o literaria, o musical; una obra de teatro o un montaje dancístico, más allá de su dimensión estética; más allá de la simple y pura contemplación gozosa, tiene el poder de otorgarle sentido a las cosas a que se refiere, y en esa medida las crea.

Desde luego México existía antes; mucho antes de Herrán, evidentemente, pero su obra, y la de López Velarde, Manuel M. Ponce, y otros, contribuyó a modificar nuestra visión de ese México; nuestra comprensión del país. Por eso a Herrán se le considera uno de los pilares del nacionalismo artístico mexicano. En este sentido, Herrán no es sólo; no fue, un pintor más. El aguascalentense abrió un sendero que él y otros siguieron después.

Gómez Morín sitúa a Herrán pintando a México en 1915. Por su parte Mauricio Tenorio Trillo, en su libro “Hablo de la ciudad”, informa que Herrrán participó en la exposición pictórica organizada en la Academia de San Carlos con motivo de las celebraciones del centenario de la independencia, en 1910.

La muestra se caracterizó por la inclusión de obra traída de otras regiones del mundo, Japón, España, y en cuanto a la representación local, dice Tenorio, estaba el “nuevo arte mexicano”, en donde convivieron obras de Herrán, Diego Rivera y José Clemente Orozco. En efecto, este autor afirma que fue aquella una exposición en la que “las corrientes artísticas convencionales del siglo XIX se amalgamaban con influencias impresionistas-(pregunta, me pregunto: ¿fue Herrán un pintor impresionista?)-, indigenistas, figurativas y modernistas, desde las esculturas más bien tradicionales de Fidencio Nava, a las primeras pinturas innovadores de Saturnino Herrán”, Orozco y Rivera. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).