Josemaría León Lara Díaz Torre

El siglo XIX fue decisivo para la consolidación como nación del México independiente; pues no solamente la continua invasión extranjera ponía en juego el reconocimiento internacional del país, también la siempre mal entendida lucha entre liberales y conservadores. Y es precisamente durante aquella época, que Antonio López de Santa Anna, probablemente el personaje más odiado de la historia patria, gobernó en once ocasiones cambiando de ideología a conveniencia.
La memoria del General Santa Anna, sin duda alguna ha sido durante décadas objeto de polémica; más cabe aclarar que muchos de los juicios que se han hecho hacia su persona y vida política, han caído en lo injusto y alguno que otro en lo absurdo. Pero como diría un popular dicho mexicano: “no es culpa del indio, sino de quien lo hace compadre”; pues la itinerante presencia de su “alteza serenísima” en la presidencia, se debió en gran medida al clamor popular y a las condiciones coyunturales del momento.
Ya habrá otra ocasión para analizar en este espacio, la figura del entonces llamado dictador; por ahora basta con hacer énfasis en el que quizá sea el legado más importante que dejó en herencia al pueblo mexicano. A la fecha, la inmensa mayoría de los mexicanos conoce la letra de nuestro Himno Nacional, mismo que con gran orgullo es entonado tanto en actividades cívicas como deportivas; pero que muy pocos saben que tiene su origen en la época santanista.
En la educación primaria generalmente se nos enseñan los nombres de Francisco González Bocanegra y de Jaime Nunó, autor de la letra y compositor de la música del Himno, respectivamente. También se nos enseña que fue interpretado por primera vez en 1854, pero generalmente, es omitida la parte en que se le da crédito al gobierno de Santa Anna, por tener la iniciativa que dio pie a su creación.
A lo largo de su existencia, el Himno Nacional Mexicano ha sido víctima de diversos cambios, atendiendo a las condiciones sociopolíticas que afrentábamos como nación en cada momento en particular. Tal es el caso de la relegación de algunas estrofas que mencionaban a Don Agustín de Iturbide por el Plan de Iguala, o al mismo Santa Anna como el “héroe inmortal de Zempoala”.
También nuestro himno, se ha visto envuelto en una especie de mito, que en la actualidad mucha gente sigue dando por un hecho, información completamente falsa. Probablemente estimado lector, en algún momento llegó a escuchar que nuestro himno es el más bonito del mundo, ganándole inclusive a “la Marsellesa”. Pues esto no es otra cosa que una mentira repetida en tantas ocasiones que se convirtió en verdad. Ya que después de una entusiasta investigación, no encontré ningún órgano internacional que sirva como juez, para determinar qué país tiene el himno más hermoso.
Por último, la versión legal, incluida en la Ley Sobre Escudo, La Bandera y el Himno Nacionales (1984), incluye únicamente cuatro estrofas, de los diez originales, más el coro o estribillo. Y fue precisamente hace 74 años, durante la presidencia de Don Manuel Ávila Camacho, fue que por medio de un decreto se hiciera oficial su enseñanza y uso.

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