Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Jueves 29 de agosto de 2019, Parque “Alberto Romo Chávez”. Parte baja de la octava entrada… Generales de Durango y Rieleros de Aguascalientes se enfrentan en el último partido de la temporada, aparte de que los locales llegan a este compromiso con la espada de Damocles que significa el anuncio de venta del equipo, y su posible ubicación en otra plaza, y desde luego con otro nombre… ¿Será posible semejante despropósito?

Parte baja del octavo rollo… En el segundo los Generales anotan dos carreras por la vía del cuadrangular. Entonces Gabriel Castañeda grita por antepenúltima ocasión ante el micrófono de la 92.7 F.M.: “La pelota va viajando… La pelota vuela, vuela, vuela. Y la pelota está del otro lado de la barda. Rieleros acorta distancia en la cuarta, con su primer “vuela, vuela” de este juego. Evidentemente semejante marcador permite abrigar la esperanza de que los ferroviarios le den la voltereta al juego.

Parte baja de la octava entrada. El señor Raúl Santos Silva, burrero de cabecera del “Romo Chávez”, ese personaje que se ha convertido en un icono del béisbol, va de un lado a otro, con su altísima altura y vocerrón; con su optimismo desbordado y sus muletas, y arenga al respetable en favor de los locales. Deja su puesto en la azotea de la caseta de los Rieleros, donde están una sirena montada en un diablito, al que se ha adosado un bate, su silla de ruedas y la hielera habilitada como recipiente de los burros –chicharrón, bistec a la mexicana, etc.- Va y, no sin trabajos, se monta sobre la caseta de los visitantes y encara a quienes están en esa zona del estadio, e inicia una porra. Luego regresa a su lugar y hace lo propio.

Toca turno en la caja de bateo a Carlitos Rodríguez, que recibe base por bola. Le sigue Eliezer Ortiz, al que tocan tres bolas malas. El público se anima y silba, grita, el burrero hace sonar su sirena; el lanzador duranguense está descontrolado. ¿En qué pensará? ¿Cómo saldrá de esta? Luego de una pausa el joven se pone firmes, se inclina ligeramente, los ojos clavados en el bateador. Recibe la señal del receptor, asiente e inicia el giro que impulsará la pelota hacia el home, desde donde Ortiz la manda al fondo, en un doblete que pone a Rodríguez en la antesala, y al propio Ortiz en la segunda. No hay out. El estadio se cae a aplausos, gritos y la infaltable sirena del burrero.

Sigue en el orden al bate el venezolano Danry Vásquez, que también recibe base por bola. “Se llenó el cuarto de máquinas; el andén está lleno”, exclama Gabriel Castañeda. Viene Richy Pedroza, que al segundo lanzamiento tira un batazo elevado hacia el jardín izquierdo. La  fanaticada se anima y se manifiesta. La blanquita cae en la manilla del jardinero, quien la lanza con asombrosa precisión hasta el home, en donde es sacado Rodríguez, que infructuosamente ha jugado al pisa y corre. De puro fregadazo se hacen dos outs.

¡Chin, mano!, manito, manopla… Y luego ya no hay nada con qué bajar la amargura que la jugada provoca. ¡Se acabaron las cervezas! Ante la inminente conclusión del juego los cubeteros ajustan las cuentas, cobran lo bebido, y se disculpan: “Es que no esperábamos tanta gente, don”. ¡Hombre! ¡Ahora es cuando más se necesitan las muertitas!, nomás para darle húmedo cauce a las emociones de este final.

Pues sí. No esperaban tanta gente, y es que a lo largo de la temporada las entradas fueron pobres, por mucho 2×1 en los boletos; por muchas muertitas al 2×1, tanto rubias como oscuras. Nada fue suficiente para atraer al respetable al parque, y menos con la mala temporada que hizo el equipo… Hasta que se anunció la venta de la novena, el pasado 29 de julio. Entonces sí comenzaron a ganar partidos; series. ¿Ya para qué?

Como en la canción de los perritos, de los tres embasados que tenía, ahora sólo me queda uno. Toca turno a Michael Wing, que envía a la redondita en fácil elevado al jardín derecho, y se acabó el octavo rollo. La parte alta de la novena pasa sin mayores contratiempos, y así, señoras y señores, llegamos a la parte baja de la última entrada. En la caja de bateo entra en acción Marc Flores, que saca del parque la pelota, y los Rieleros se acercan 3 a 2. Viene a batear Saúl Soto, que recibe base por bola. Las porras van y vienen, dado que a final de cuentas las bases vuelven a llenarse. Pero esto no evita la debacle: se produce un nuevo out en home, y una jugada de doble play fulmina a los rieleros. Se acaba el juego, se acaba la temporada, ¿se acaban los Rieleros?

De inmediato el campo de juego se ve invadido por la gente. Los ferroviarios se concentran en su caseta y la gente se acerca, a aplaudirles. Salen a relucir los teléfonos móviles, que devienen en cámaras fotográficas. A la gente se le une un mariachi, que en un alarde de creatividad interpreta La pelea de gallos.

Esta celebración me recuerda una canción de Joan Manuel Serrat, “Por las paredes”, por aquello de “Mil años hace que el sol pasa, pariendo esa curiosa raza que con su llanto hace un panal. Y de su sangre y su derrota, día de fiesta nacionalMe acordé por esto que dice de hacer de la derrota una fiesta nacional, que en este caso es local, porque esto parece la improvisada reunión alrededor de la caseta rielera, como si el equipo lo mereciera porque, qué raro que el desempeño de la primera vuelta y parte de la segunda fueran para el olvido, pérdida tras pérdida, y sólo cambió la situación cuando se anunció la venta. ¡De repente el equipo se volvió de los buenos! ¿Y la camiseta, la mística, el honor, la afición, el blablabla? ¿Dónde quedó todo eso?

En fin. “Toca la marcha, mi pecho llora, adiós señora, yo ya me voy”. ¡Chin, mano! Ahora que lo pienso; ahora que escribo estas líneas, me pregunto si al final el mariachi habría interpretado Las golondrinas. Pero no me quedé, ¿para qué? (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).