Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Concluyo ahora con esta serie, dedicada a recordar el movimiento ferrocarrilero de 1958-59.

En su edición del viernes 27 de marzo, viernes santo, El Heraldo de Aguascalientes publicó lo siguiente: Comienzan a definirse dos corrientes en la población. Una, que simpatiza con el movimiento y acepta los paros … La otra corriente, en franco disgusto condena, no a los trabajadores ferrocarrileros, sino a los dirigentes de izquierda que los están llevando a terrenos peligrosos porque, dice el hombre de la calle, el gobierno no va a seguir tolerando indefinidamente los desplantes de estos líderes que comprometen a elementos ajenos a determinadas consignas y maniobras raras. Quienes así se expresan son la mayoría.

El viernes santo de aquel año, 27 de marzo en la mañana, mientras en los templos los sacerdotes recorrían la vía dolorosa del Calvario, el ejército tomó posiciones en torno a las instalaciones ferroviarias, aunque limitándose a vigilar con el fin de evitar desórdenes, en tanto el agente del Ministerio Público Federal y el inspector federal del trabajo comenzaron a levantar actas, anunciando la aplicación de sanciones penales y contractuales en contra de los paristas. Además fue abierta una averiguación previa.

El sábado 28, los acontecimientos se precipitaron. Ángel Venegas Ahumada, secretario general de la sección dos, trató infructuosamente de impedir la salida del tren No. 7, que fue forzada por el ejército, rompiendo un bloqueo de magnitud nacional. Desde días antes muchos trabajadores se habían atrincherado en la sede sindical de la avenida Madero, a donde llegó un piquete de soldados a montar guardia, permitiendo la salida de quienes quisieran, pero impidiendo la entrada a todo aquel que lo pretendiera.

Este fue el preludio de la represión. Esa noche, en la apertura de la gloria, luego del dolor del viernes santo y el silencio del sábado santo, la sección dos fue decapitada. Algunos dirigentes, como Venegas Ahumada y Rodrigo Cervantes, fueron aprehendidos y llevados a la Cárcel de Varones, en la calle Colón (los eufemismos son posteriores), en tanto otros, como Eudoro Fonseca y Humberto Reyes, desaparecieron. La acusación por la que debieron responder fue la terrorífica y etérea disolución social.

La noche del domingo 29, en pleno regocijo por la resurrección de Cristo, el edificio de la sección dos fue desalojado por el ejército. De manera ordenada y sin incidentes, unos 400 trabajadores abandonaron el local, cuyas puertas fueron selladas. Por otra parte, elementos del X regimiento de caballería disolvieron los grupos que se habían formado en la avenida Madero y calles adyacentes, dedicándose posteriormente a realizar vigilancia por las calles de la ciudad, en un virtual estado de sitio. En los días siguientes no se permitirían reuniones públicas, y un par de intentos fueron abortados por las fuerzas del orden, de nueva cuenta sin incidentes.

Descabezado el movimiento, con el ejército patrullando las calles, los trabajadores comenzaron a responder al llamado de sus superiores, de regresar a sus labores, so pena de ser cesados y sus derechos desconocidos. Venegas y otros directivos no sólo terminaron en la cárcel. Además fueron destituidos como líderes sindicales y cesados de su empleo.

De la nada surgió una nueva dirigencia sindical, encabezada por Manuel Trujillo Miranda, que inició contactos con las superintendencias, buscando regularizar el funcionamiento de la empresa. Durante prácticamente todo el mes de abril, y teniendo como fondo las músicas de San Marcos, los gritos de “¡nadie más!” del manipulador de la ruleta, las risas de los niños en los volantines, etc., la empresa, apoyada por las fuerzas federales, y aprovechando el clima de intimidación que se había generado en contra de los trabajadores, cesó a centenares de ellos, que habían participado en las movilizaciones, o que por alguna razón resultaban incómodos, aunque en los meses posteriores la mayoría de ellos fueron readmitidos.

Y colorín, colorado, este movimiento se ha acabado. Los trabajadores del riel no volvieron a levantar cabeza. Recuperaron la pérdida de su dignidad, y de ser la vanguardia de los trabajadores de Aguascalientes, poco a poco se fueron rezagando, hasta convertirse en la retaguardia y extinguirse, como quien sale de la historia por la puerta trasera, vergonzosamente, como vergonzoso fue el cierre del taller.

Pero eso sí: siguieron perteneciendo al PRI, sonando las matracas, llevando silbatos de locomotora a la Plaza de Armas y haciéndolos sonar en los actos de campaña de toda clase de candidatos, golpeando a opositores, etc.

La corrupción regresó -quizá no se había ido-, encarnada en la venta de plazas, el robo de materiales, los sueldos pagados pero no trabajados, los viajes gratis, etc.

El presidente López Mateos realizó un par de visitas a Aguascalientes, la primera de ellas los días 22 y 23 de febrero de 1961, casi dos años después de los hechos a que me referí.

El Ejecutivo federal llegó a la ciudad por la carretera a San Luis. Uno de los primeros actos de su visita tuvo lugar en la Plaza de Armas. Para llegar a ella debió atravesar las vías del ferrocarril, y con ellas, la puerta del taller.

He aquí un fragmento de la crónica del idílico encuentro entre los ex rieleros insurgentes y su represor, publicada en este diario el 23 de febrero de 1961: “A la altura de la vía, el Presidente, que iba de pie, recibió en los oídos la aclamación unánime de los trabajadores ferrocarrileros de Aguascalientes. La locomotora N de M 1507 soltó al viento las alegrías de su silbato, mientras en su musculosa estructura, se sostenían decenas de rieleros, en ropa de trabajo, que agitaban manos y pañuelos.

Ese momento no lo olvidará el Jefe del Ejecutivo federal, que a su vez, saludaba con la mano a la gente sencilla que se agolpaba por doquiera para verle. En la ruta las aceras lucían los tres colores. De los balcones se descolgaban traviesos papelillos, señal inequívoca de fiesta popular.

Las porras de los “chorreados”, se sucedían una a otra, los vimos con su cachucha, overol y pañuelo rojo, anudado al cuello, convertidos en alma del saludo”.

¡Caray! -por no decir peor; mucho peor- ¡Qué triste cosa es la desmemoria; qué lamentable! (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).