Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

La huelga ferrocarrilera estalló a medio día del 25 de febrero de 1959. Cesaron las labores y los trabajadores abandonaron el taller, no sin colocar banderas rojinegras en las puertas. Mientras lo hacían en la entrada principal, llegó un piquete de soldados del X Regimiento de Caballería, que montó sus armas y estableció una tienda de campaña para iniciar labores de vigilancia, esto con el fin de evitar actos de sabotaje en los bienes nacionales, y quizá también para intimidar a los rieleros insurgentes.

En el asta bandera del edificio de la sección dos, en la avenida Madero, se izó una bandera rojinegra que permaneció ahí durante 34 horas.

Sin embargo, el movimiento fue rápidamente declarado inexistente por las autoridades de la Secretaría del Trabajo (unas dos horas después de estallada), y en la madrugada del día siguiente el inspector federal del trabajo, apoyado por el ejército, entregó las instalaciones del taller a los superintendentes de talleres y de la división centro, señores Rafael Rodríguez Familiar y Alberto Romo Chávez, respectivamente, éste último el lanzador de beisbol cuya meritoria carrera deportiva lo hizo acreedor a que el parque de pelota lleve su nombre.

En sesión celebrada la tarde del 25, los trabajadores acordaron seguir en huelga hasta no recibir instrucciones de sus dirigentes nacionales. En tanto el Sr. Ángel Venegas Ahumada, secretario general de la sección dos, recomendó prudencia a fin de evitar la violencia, que sólo serviría a los intereses del gobierno para reprimir el movimiento.

El día 26 este diario publicó un desplegado firmado por los dos superintendentes en el que se anunciaba que, en vista de que la huelga había sido declarada inexistente, los obreros debían regresar a trabajar antes de las 13.05 hrs., porque de otra forma perderían el trabajo y sus derechos.

Un día después, las ocho columnas de este diario proclamaban: Júbilo en Aguascalientes. Los chorreados volverán a su trabajo en la maestranza.

El contrato había sido firmado y los trabajadores se reunieron en la exedra de la Plaza Principal para celebrarlo. Hubo oradores y la música de un mariachi y de la banda de guerra de la sección dos. Por si las dudas, las cantinas y los expendios de licores fueron cerrados, seguramente por órdenes superiores.

El Heraldo de Aguascalientes publicó una nota en la que se decía que “los ferrocarrileros pasaron ayer de la incertidumbre a la más honda alegría al arreglarse el asunto definitivamente en forma para ellos por demás favorable y obteniendo el máximo, ya que la empresa había ofrecido de acuerdo con sus posibilidades lo más que podía”.

A las 9:30 hrs. del día 27 los obreros regresaron a sus labores acompañados de grupos de mariachis, y como la casa de fuerza estaba muerta, la mayoría se dedicó a recorrer las instalaciones acompañados de música.

Permítame, clemente lector, citar extensamente una nota publicada por este diario, que me parece retrata de manera muy nítida el clima festivo de esas horas. Y dice: “Se improvisaron en cada uno de los departamentos agasajos que los mismos obreros organizaron, principalmente los de fundición, donde se pusieron varias mesas. Se invitó a las oficinistas y hermanados brindaron con sidra por el triunfo.

No faltaron los oradores, los poetas que recitaron, y las mujeres que acompañadas de mariachis entonaron canciones típicas y que recibieron vivas y aplausos.

Luego, a la salida de las 3:00, un grupo de trabajadores saliendo por Vázquez del Mercado, fueron por diversas calles acompañados de mariachis, gritando vivas a Vallejo y mueras a diferentes personas con los que están resentidos”.

En rigor el trabajo no se reanudó sino hasta el turno de la tarde, cuando fue posible revivir la casa de fuerza, aparte de que toda la mañana y el medio día fue de celebraciones. El domingo uno de marzo un grupo de rieleros viajó a San Juan de los Lagos a darle gracias a la Virgen por la forma en que se había resuelto el conflicto…

Bien mirados estos acontecimientos, podría concluirse que aquello era demasiado bueno y había sucedido demasiado rápido, así como para ser verdad, de tal manera que todo el mundo en ese momento hacía cuentas alegres, sobre todo por el pavor que nos da; el horror, de que se nos rompa esta idea llevada y traída de la “tierra buena de la gente buena”.

Los obreros del riel habían hecho una demostración de fuerza, y ahora tocaba al gobierno hacer lo propio, y lo hizo de manera contundente, así como para que a nadie le quedaran dudas de quien tenía el poder.

Luego de la firma del nuevo contrato colectivo de trabajo, el 26 de febrero de 1959, los obreros ferrocarrileros regresaron al trabajo, aunque algunos, difícil precisar el número, tardaron en hacerlo, por temor a ser represaliados, en vista de su pública negativa a secundar el movimiento insurgente.

Con el correr de los días se puso de manifiesto que el contrato no era tan bueno como muchos habían creído en un primer momento, de tal manera que pronto renació la agitación. Pero independientemente de esto, los rieleros se dieron una pausa para recibir en el taller, con serpentinas y confeti, a la gentil candidata a reina de la feria sanmarqueña, Licha de Lara, cumpliendo de esta forma con una añeja tradición.

La semana del 23 al 29 de marzo de 1959, semana santa de aquel año, fue determinante para el desarrollo del movimiento que los obreros ferroviarios del país estaban llevando a cabo. Los trabajadores volvieron a parar el miércoles 25, ahora en solidaridad con sus pares del Ferrocarril Mexicano, y lo siguieron haciendo en los días subsecuentes, incrementando el tiempo de paralización de labores.

Entonces la opinión pública se volvió contra ellos, y en especial contra el dirigente nacional, Demetrio Vallejo; las críticas de lo que se consideró como un exceso no se hicieron esperar.

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