Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

El próximo secretario de Educación, Esteban Moctezuma Barragán, en varios foros y declaraciones ha insistido que la próxima administración pondrá en marcha un programa especial para la revaloración del magisterio. Lo que hace suponer, cada vez más, que se retomarán varias ideas de Carlos Salinas de Gortari y de Ernesto Zedillo, quienes en 1992 hicieron lo propio para revalorar al magisterio a través del Acuerdo Nacional  para la Modernización  Educativa. Será cuestión de analizar con detalles el diseño y la instrumentación del anunciado programa para contrastarlo con el de la Modernización.

Como en los años 90, hoy Moctezuma Barragán considera que el magisterio está minusvalorado o desprestigiado socialmente y que por estos motivos no hay avances en materia educativa. De manera que, según la lógica del próximo gobierno, si se hace lo necesario para devolverle el prestigio, el crédito, la buena fama, la autoridad, el renombre, el lustre, el respeto; o en otras palabras, si se logra una revaloración del magisterio, entonces la educación mexicana alcanzará los más grandes avances, que es lo que se ha perseguido en las últimas décadas. Pero no se sabe, a ciencia cierta, cómo se están diagnosticando las causas que provocan el desprestigio o el descrédito de los maestros, para poder actuar en congruencia; como tampoco se sabe bajo qué acciones y estrategias se revalorará al magisterio; tan sólo, de manera simplista, se dice “vamos a revalorizar al magisterio”.

Mientras no se den a conocer los mecanismos para revalorar la función de los maestros, se puede especular y anticipar que por decreto no es posible devolverles el prestigio o la buen fama que, durante algunos tiempos, gozaron ameritados maestros y maestras de México; como tampoco se les puede reintegrar el renombre o el lustre con incrementos salariales u otorgándoles sendos diplomas. Decían honorables maestros, “el prestigio de un maestro, no es una graciosa concesión de nadie; el prestigio de un maestro se conquista a diario enseñando con amor, pasión y eficacia, a los niños; tratando con respeto a los padres de familia; y formando con responsabilidad una sociedad que el país requiere”. Esto es, la admiración y estimación de un maestro se construyen en la escuela, en el salón de clases; logrando que los alumnos aprendan efectivamente lo que les ha de servir para resolver los problemas reales de su vida presente y futura; así como también el respeto y la gratitud se edifican entregándoles buenas cuentas a los padres de familia. De tal forma que la verdadera valoración social de los maestros la conceden los niños, los padres de familia y la sociedad entera, cuando reconocen un trabajo educativo perseverante y eficiente.

En tal virtud, los maestros de Oaxaca, de Chiapas, de Guerrero y de Michoacán (que son los que más están exigiendo la revaloración); bien harían en abandonar las calles y la beligerancia, y meterse a los salones para atender a los niños, dar sus mejores clases académicas, para que los propios niños y sus padres les den el reconocimiento por su labor pedagógica. Como también harían bien todos aquellos maestros que reniegan de su trabajo, del horario, de los niños, de los padres de familia, de la evaluación y de todo aquello que representa un reto pedagógico. Educar es un reto y una oportunidad para formar a los mexicanos que establece la Constitución; así como también la evaluación docente es un reto y una valiosa oportunidad para demostrar, a propios y extraños, el pleno dominio pedagógico y de conocimientos que se tienen para enseñar con calidad.

El reconocimiento y el prestigio, pues, están en manos de las maestras y los maestros; habrá que conquistarlos. La revaloración magisterial es merecimiento, es consecuencia de una labor que se realiza con tenacidad y no una graciosa concesión.