Por Itzel Vargas Rodríguez

El pasado jueves ha pasado a la historia por el terrible dolor que el sismo de 8.4 grados Richter ha dejado en los mexicanos.
Ya son cerca de una centena de personas fallecidas en los estados de Oaxaca, Tabasco y Chiapas, y las pérdidas materiales son incontables.
Un evento de esta magnitud ha mostrado con el paso de los días, diversas aristas, unas positivas y otras, no tanto por desgracia.
Podemos destacar la capacidad de reacción del jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera y del presidente de la República, Enrique Peña Nieto, para emitir mensajes oficiales de acción a minutos de haber ocurrido el sismo, cosa que por allá en el terremoto de 1985 no ocurrió, y que fue en su momento sumamente criticado.
Sin embargo, la imagen de una actriz y cantante primera dama del estado de Chiapas, haciendo una frívola aparición a modo de novela, abrazando a los afectados, llorando e incluso, diciendo que no estaba “lo suficientemente peinada o bonita” pero que en esas condiciones no le importaba, ha sido un acto que le ha costado una dura crítica a la gestión del gobernador de ese estado, Manuel Velasco.
Y como ellos, han sido varios los personajes tanto políticos como de la esfera televisiva, los que, con el fin de levantar sus número de popularidad o rating, han exagerado en mostrar sus caras tristes, tomarse la foto… y ya. Prácticamente estamos hablando que las acciones, la ayuda, han sido difíciles de rastrear porque son más de 2 millones de personas los afectados y las actividades que exige en el día a día la política (como tomarse la foto, firmar acuerdos, prometer cosas), pues no es válida ni muchos menos justificable. Lo que sigue exigiendo un momento como éste, es justamente un plan real de ayuda.
Muy loable por su parte, la solidaridad de la gente mexicana que con poco o mucho ha tratado de aportar alimentos o dinero para que pronto llegue ayuda a las zonas afectadas.
Se han colocado ya muchos centros de acopio en el país, pero cierto es, que aún con todos los esfuerzos, hay mucha desconfianza en conocer si realmente la ayuda llegará, se mandará la comida, o qué se le hará al dinero que instituciones como el mismísimo Senado han pedido depositar a cuentas bancarias.
Porque claro, una Presidencia que ha sido marcada por tener en juicio político a la mayoría de los gobernadores pertenecientes al partido en el poder, y un Senado o una Cámara de Diputados que por sus excesos salariales (que incluso, han elevado este año) pues no inspiran mucha confianza como para hacer uso de dinero público en esta lamentable catástrofe.
La impopularidad, la mala percepción pública, el descrédito hacia las instituciones… le está costando muy caro a todos y su solución no radica en un plan comunicacional bonito para un informe, sino en todo un trabajo estratégico durante varios años para que nuevamente sociedad y gobierno cooperen cercanamente y con mutua confianza.
El pilón: Nos bastaba vivir esa desgracia y desconfiar de que la ayuda llegue a los estados, pero los mismos políticos se han encargado de causar mayores enojos e indignación como respuesta al sismo. Casos mediáticos concretos: un desatinado comentario del Presidente al destacar que en Chiapas (uno de los estados con mayor población indígena) también había “güeritos”. Otro caso concreto, la reacción tan arrastrada del Gobierno de Chiapas para ayudar a la gente, abrazándolos, brindándoles un café, un pan, un féretro para los muertos y un mensaje conciliador del Gobernador… todo en paquete… ¿Y qué pasa con todas aquellas casas destruidas?
En resumen: un esperado acto de solidaridad de los mexicanos ante este hecho, pero una serie de desafortunadas reacciones por parte de la clase política que indignan, no ayudan y hasta estorban. Lo que nos hace pensar, ¿Cuánta capacidad se tiene para reaccionar ante eventos así?
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