Luis Muñoz Fernández

El concepto Gaia fue formulado como una hipótesis científica por James Lovelock en la década de los sesenta. Se originó en su trabajo para la NASA sobre experimentos para detectar vida en Marte. La idea se publicó en artículos científicos en la década de los setenta y en un libro: “Gaia: una nueva visión de la vida sobre la Tierra” (1979). La esencia del argumento de Lovelock es que la Tierra puede entenderse como un solo sistema viviente en el que los componentes tradicionalmente considerados “no vivos” (como el ciclo de desgaste de las rocas) son importantes para los componentes tradicionalmente considerados vivos, mientras que éstos son importantes para los componentes “no vivos”. De acuerdo a la hipótesis Gaia, las interacciones y retroalimentaciones entre ambos componentes han mantenido las condiciones apropiadas para la vida durante miles de millones de años, a pesar de los desafíos medioambientales como el inalterable calentamiento del Sol que, de otro modo, hubiese hecho a la Tierra inhabitable. Una buena analogía del norteamericano Lewis Thomas es que la Tierra es como una sola célula, o, como dijo un alumno de la bióloga Lynn Margulis, “es la simbiosis vista desde el espacio”.

 John y Mary Gribbin. Él sabía que tenía razón. La vida incontenible de James Lovelock, 2009.

Antes de la aparición de la vida en la Tierra, las condiciones en las que existía la materia inerte es lo que el doctor Viniegra denomina el orden fisico-químico, caracterizado por la presencia de moléculas relativamente simples y pequeñas entre las que se daban reacciones químicas breves y contingentes.

Estas condiciones fueron cambiando a lo largo de vastísimos periodos de tiempo hasta que se formaron moléculas más complejas y de mayor tamaño, que dieron lugar a cadenas de reacciones químicas cíclicas cada vez más estables y entrelazadas, lo que dio paso a combinaciones moleculares que originaron compuestos cada vez más complejos. Estos compuestos sufrieron ciclos incesantes de degradación y reconstitución, que es lo propio de los seres vivientes. Esto es lo que marca“el momento” en el que apareció el orden biológico:

El paso decisivo entre lo no viviente y lo viviente fue el desarrollo integrado y entrelazado de ciclos de reacciones que se suceden sin interrupción con cierta independencia y autonomía del estado físico-químico imperante –a lo largo de centenares de millones de años–, que originaron formas de ensamblaje, acoplamiento, interacción y renovación constante de macromoléculas de complejidad creciente que derivaron en organizaciones (las células más primitivas), cuyo patrón de movimiento molecular de enorme complejidad originó un nuevo orden: el biológico.

El orden biológico no sólo representó un cambio cualitativo respecto al orden físico-químico, sino también un profundo cambio cualitativo (complejidad creciente), caracterizado por propiedades diferenciadas que le proporcionaron al orden biológico cierta autonomía en relación a las condiciones predominantes en el orden físico-químico. Además, el orden físico-químico en la Tierra ya no volvió a ser el mismo, pues los seres vivos –el orden biológico– lo transformaron completamente y hoy es ya imposible saber cómo fue originalmente. Pretender que es posible reproducir en un laboratorio, siquiera aproximadamente, las condiciones primigenias de la Tierra en el momento de la aparición de la vida sólo es, en el mejor de los casos, un buen deseo, cuando no una expresión de ingenuidad y/o soberbia más, fruto del reduccionismo que hoy impera en el ámbito científico.

El orden biológico asumió el control sometiendo y transformando al orden físico-químico. Esta propiedad mediante la que un orden que aparece somete y transforma al orden previo es lo que Leonardo Viniegra llama recursividad subordinante: “principio explicativo del proceso vital con respecto a la complejidad creciente, donde lo más reciente o último en aparecer tiene efectos retroactivos sobre lo precedente, supeditándolo y reorganizándolo bajo la nueva lógica ordenadora que ha hecho su aparición”.

A nivel global, la aparición del orden biológico cambió el destino al que se abocaba inexorablemente la Tierra –en palabras de Viniegra, bajo el imperio del orden físico-químico se dirigía hacia un estado estacionario e inerte de un planeta en equilibrio– para llevarlo al de una nueva entidad regida por la vida que ha estudiado y propuesto con claridad meridiana un químico tan peculiar y revolucionario como James Lovelock:

No es que la persistencia de condiciones especiales favorables de la superficie de la Tierra –atribuibles a una situación cósmica privilegiada– hayan permitido y sigan permitiendo el desarrollo y evolución de la vida en ella (la Tierra), sino que es la vida en su conjunto, la cual, al desarrollarse y evolucionar, ha determinado el desarrollo y evolución de las condiciones propicias para ella (la vida) sobre la Tierra.

Para Lovelock, desde la aparición de los seres vivos, la Tierra ya no puede disociarse en un planeta de atmósfera, rocas y agua por un lado y el barniz viviente tridimensional de la biósfera por el otro, sino que es en sí misma un superorganismo al que le ha dado el nombre que usaban los antiguos griegos para referirse a la madre Tierra: Gaia. Y añade el doctor Viniegra:

Si estamos de acuerdo con la teoría Gaia, la cual sostiene que la vida en su expresión jerárquica más elevada es una propiedad privativa del conjunto de todas las formas de vida que “acondicionan su planeta” para permanecer, prosperar y evolucionar, también coincidiremos en que el medio ambiente propio de cada organismo está constituido, en lo fundamental, por los otros seres vivos –en su infinita diversidad– con los que coexiste y se interrelaciona en un tiempo y en un espacio determinados y por los componentes físico-químicos exteriores con los que interactúa, que han sido configurados por la presencia de la vida (composición de gases atmosféricos, las características del clima, de la salinidad de los océanos, de la acidez, humedad y fertilidad de los suelos, etcétera).

La evolución indetenible de los seres vivos en la dirección de una complejidad creciente fue el terreno propicio para la aparición de un tercer orden en el movimiento vital: el orden psico-social, indisociable del orden biológico y que está presente tanto en las plantas (más de lo que Viniegra admite en su texto, a la luz de los descubrimientos más recientes de Stefano Mancuso y otros) y, sobre todo, en los animales:

El ingrediente psicosocial de las relaciones selectivas con el medio ambiente, corresponde con todo aquello donde está implicado, por un lado con el movimieto psíquico: la afectividad, el intelecto y/o la volición y por el otro con la socialización con sus formas de expresión: comunicación, conviviencia, organización colectiva. Cabe aclarar que lo psíquico y lo social no existen disociados, sino entrelazados, interdependientes…

Es obvio que en el extremo del orden psicosocial, en esta evolución hacia la complejidad, aparece el ser humano que, con su presencia y actividad –entiéndase cultura en su sentido más amplio subordina y transforma los órdenes físico-químico y biológico.

También es inevitable reconocer que estas ideas del doctor nos infunden un profundo sentimiento de reverencia hacia todo lo vivo y el orden físico-químico que lo hizo posible. Ojalá lo tomemos en cuenta para intentar frenar –no sé si aún pueda revertirseel acelerado deterioro planetario que estamos provocando.

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