Luis Muñoz Fernández

Nuestra afirmación principal es que el pensamiento biológico sobre la herencia y la evolución está pasando por un cambio revolucionario. Lo que está emergiendo es una nueva síntesis que desafía la versión centrada en el gen del neodarwinismo que ha dominado el pensamiento biológico los últimos cincuenta años.

Los cambios conceptuales que están teniendo lugar se basan en el conocimiento de casi todas las ramas de la biología, aunque en este libro nos enfocaremos en la herencia. Discutiremos lo siguiente: hay herencia más allá de los genes, algunas de las variaciones hereditarias no ocurren al azar, cierta información adquirida se hereda y el cambio evolutivo puede deberse tanto a la instrucción como a la selección.

Estos enunciados pueden resultar heréticos para cualquiera al que se le ha enseñado la versión darwiniana de la teoría de la evolución, en la que la adaptación ocurre mediante la selección natural de variaciones genéticas aleatorias. Sin embargo, se basan firmemente en nuevos datos y nuevas ideas.

 Eva Jablonka y Marion J. Lamb. Evolution in four dimensions. Genetic, epigenetic, behavioral and symbolic variation in the history of life, 2014.

 De la comprensión de lo que es la vida, el proceso vital, dependen numerosos aspectos cuya importancia e influencia modelan nuestra propia existencia. Por ejemplo, lo que entendemos como salud y enfermedad y, consecuentemente, el conocimiento médico y el tipo de práctica de la medicina dependen de ello. De ahí la enorme importancia de la aportación que Leonardo Viniegra ha hecho al escribir y publicar de su propio peculio Penetrando el proceso vital: más allá de la adaptación, el azar y la selección natural. Teoría de la interiorización del entorno y la anticipación: una mirada a través de la complejidad (2012).

Sus efectos todavía no se perciben porque vivimos inmersos en el paradigma de la disyunción, reducción, simplificación y exclusión. También porque se trata de una obra de gran extensión y profundidad que, como uno de esos platos soberbios y suculentos que exigen una digestión pausada y prolongada, invita a múltiples relecturas y análisis y espera pacientemente el momento propicio en el que el peso de sus argumentos y el número de las evidencias que los sustentan venza la resistencia del statu quo.

No está solo en el empeño, como ya se ha mencionado en partes previas y puede verse en el epígrafe, pero una obra como la del doctor Viniegra requiere una mente abierta, la audacia de soltar las amarras abandonando la cálida seguridad del puerto y la valentía de aventurarse en mares más o menos desconocidos. Para el que esto escribe, es la confirmación de que algunas de sus intuiciones e inconformidades no andaban tan erradas. Es, en cierto modo, un consuelo que invita a persistir pese al poco eco en quienes prefieren recompensas más seguras, contantes y sonantes.

¿Qué es lo que para el doctor Viniegra define la naturaleza del proceso vital? Se trata de la interacción organismo/medio, lo que, de entrada y entre muchas otras cosas, tiene enormes repercusiones, porque en el momento presente el énfasis abrumador en el individuo (y no en su interacción con el medio), esa ceguera para ver la interconexión e interdependencia de todo lo viviente, nos está llevando al abismo y poniendo en grave peligro la vida planetaria en su conjunto.

Leonardo Viniegra hace que apartemos la mirada que de manera obsesiva mantenemos enfocada en los genes, para dirigirla a una serie de mecanismos y elementos que explican mucho mejor el devenir vital:

Nuevamente aquí nos enfrentamos con la idea de aceptación general de que “la verdad está en los genes”; es obvio que la enorme mayoría de las modificaciones en la regulación epigenética heredables, que pueden implicar cambios en las interacciones, en las funciones y aun en las estructuras, no dejan huella en la composición de nucleótidos del genoma; el que la molécula de ADN, por su estabilidad, su preservación en el tiempo, su exactitud replicativa y su disponibilidad única para el escrutinio, sea “la joya” de la biología molecular, no significa que sea el protagonista o el sujeto de la evolución, sólo es un testigo discontinuo de los acontecimientos.

Leyendo el párrafo anterior, no puedo evitar relacionar la idea de que el gen “sólo es un testigo discontinuo de los acontecimientos” con el papel otorgado a los fósiles en la paleontología. Como los genes, los fósiles también están disponibles para su escrutinio y aunque se ha reconocido desde hace tiempo que constituyen un registro incompleto, ¿será que aquí también estamos obsesionados con descubrir y estudiar nuevos fósiles cuando pudiesen ser, como los genes, sólo testigos discontinuos del acontecer evolutivo? Y aceptando lo anterior… ¿cuál o cuáles pudiesen ser los mejores objetos de estudio para acercarnos a la verdad de la evolución de la vida en la Tierra?

La selección natural, como mecanismo dominante (por no decir único) de la evolución según lo propuso Charles Darwin, ha dominado el pensamiento biológico desde hace décadas, reforzada con la incorporación de la herencia genética y la mutación aleatoria como fuente de variación en lo que se conoce como nueva síntesis, teoría sintética o síntesis neodarwinista.

Esta visión de la vida se ha extendido a ámbitos distintos de la biología misma, dando un supuesto “sustento científico” a ideologías (el darwinismo social) cuya puesta en práctica ha provocado grandes tragedias como las políticas eugenésicas llevadas a cabo primero en los Estados Unidos y luego en la Alemania nazi. La idea de la supervivencia del más fuerte impulsa la rivalidad, la competitividad, tan en boga hoy, por encima y en detrimento de la solidaridad, que nos es más necesaria que nunca. Sólo por ello valdría la pena empaparse en el pensamiento de Leonardo Viniegra.

Las ideas biológicas del doctor Viniegra, centradas en la teoría de la interiorización del entorno y la anticipación (que intentaremos explicar en la siguiente parte de este escrito) como procesos fundamentales de la mencionada interacción organismo/medio, emerge como un impresionante fresco en el que se plasma la infinita complejidad de las cambiantes relaciones que unen a todos los seres vivos.

Redes extraordinariamente tupidas que, debido precisamente a su complejidad, pocos se habían atrevido a estudiar en su integridad, prefiriendo el enfoque analítico de los procesos vitales por ser más sencillo y, por lo que se ve, extraordinariamente productivo desde el punto de vista económico. Basta recordar las inmensas ganancias de la industria farmacéutica a partir de la explotación de cada molécula considerada significativa en alguna enfermedad crónica.

El panorama que nos presenta Leonardo Viniegra, a contracorriente del pensamiento biológico predominante, destaca la importancia de los vínculos entre los seres vivos. Conexiones englobadas bajo el concepto de relaciones simbióticas, tanto si benefician ambas partes (mutualismo), como si se beneficia una sin perjudicar a la otra (comensalismo), o se beneficia una en perjuicio de la otra (parasitismo).

La importancia de los lazos de interdependencia entre los seres vivos, que nos recuerda en cierto modo lo propuesto a finales del siglo XIX y principios del XX por el naturalista y anarquista ruso Piotr Kropotkin, es cada vez más evidente. El doctor Viniegra expone el ejemplo de las micorrizas, relaciones simbióticas entre un hongo y las raíces de una planta, “donde el primero obtiene hidratos de carbono y vitaminas, y la segunda minerales y agua”. Y revela un dato asombroso: “entre el 90 y 95% de las plantas superiores presenta micorrizas, de ahí que se consideren necesarias, sombiosis obligadas sin las cuales no se pueden satisfacer los requerimientos de agua y minerales de la planta para su supervivencia y permanencia”.

Las plantas superiores dependen de los hongos y nosotros de las plantas superiores. No se necesita ser biólogo para captar de inmediato la enorme trascendencia de estas relaciones. Sin ellas, simple y llanamente, no existiríamos. Dependemos de los otros y los otros dependen de nosotros. Yendo un poco más lejos, me atrevería a decir que la división entre nosotros y los otros es ficticia.

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