Luis Muñoz Fernández

Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación. […]

El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

Esta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad.

Bertrand Russell. Autobiografía, 1967.

En El buen vivir: ¿cuidado de la salud o proyecto vital. Segunda parte (Boletín Médico del Hospital Infantil de México, 2016), el doctor Leonardo Viniegra define el sentido de la vida como “las razones profundas e íntimas donde se genera el anhelo de vivir de cierto modo y la motivación para actuar en consecuencia. Algunos ejemplos son: formar una familia, personas apreciadas, pasión por el conocimiento, satisfacción laboral, persecución de metas, profesar una religión, luchar por determinados ideales y valores o apoyar a los que lo necesitan”.

Toma como guía al filósofo y matemático inglés Bertrand Russell (1872-1970), cuyo sentido de la vida fue la pasión por el conocimiento, “donde captó la interdependencia de subjetividades en la consecución de un mundo mejor y reconoció en la dignidad lo más elevado y universal de los valores implicados en el ascenso de la condición humana”. A ello dedicó su proyecto vital.

El doctor Viniegra plantea esa lucha por la dignidad más allá de su significado actual, que la reduce a lo material e individualista, para convertirla progresivamente en un proceso de carácter cognitivo, colectivo e interminable (las negritas son mías):

  1. a) Robustecerla con los valores implicados en la superación espiritual, intelectual y moral de la condición humana: el plano de la dignidad profundizada y altruista.
  2. b) La búsqueda de tal dignidad al ejercer formas inéditas de libertad, aproxima a modos elevados de convivencia: vínculos de cooperación, sinergia y solidaridad que conducen a la autogestión colectiva de condiciones y circunstancias de vida: el plano de la dignidad liberada y autodeterminada.
  3. c) Iluminarla con una conciencia esclarecida del proceso vital global, como matriz generadora de todas las formas de vida –incluida la humana– en su permanencia y evolución. Implica la revaloración de la vida en su conjunto y la lucha por la dignidad de otras formas de vida: el plano de la dignidad esclarecida.
  4. d) Así, los proyectos vitales generarían modos de vida comunitarios colaborativos, constructivos, satisfactorios, deliberativos, desafiantes y en armonía con el ecosistema planetario: el plano de la dignidad sublimada (DS).

Lo expresado en esos cuatro puntos se considera peligroso para el control social del sistema dominante, que fomenta el individualismo, la masificación y la pasividad para mantener su poder y oponerse al progreso verdadero del género humano.

Las condiciones prevalecientes en la actualidad no sólo obstaculizan los proyectos vitales basados en la dignidad sublimada, sino que fomentan “la desigualdad, el abuso, el individualismo y la competencia que son condiciones y formas prominentes de interacción entre las personas, los grupos y los estratos sociales”:

La lucha por la dignidad colectiva en su connotación del “bien vivir”, basada en el respeto como principio de interacción y convivencia, enfrenta enormes obstáculos para avanzar en un mundo desigual que se resquebraja, lo cual no obsta para el surgimiento constante de diversidad de organizaciones que defienden los derechos humanos de los desfavorecidos en diferentes aspectos y promueven legislaciones que los fortalecen. Estas organizaciones, si son portadoras de intereses genuinos y no un señuelo de los buenos negocios, sólo pueden prosperar con una determinación a toda prueba y con un compromiso sentido como ineludible, lo cual lleva aparejado el desarrollo y maduración en los participantes de otros atributos y cualidades que fortalecen las relaciones interpersonales como la empatía, la generosidad, la reciprocidad, la honestidad o la perseverancia (antídotos de la simulación omnímoda que prevalece) (las negritas son mías).

Queda claro que la lucha por la dignidad colectiva debe ser necesariamente un proyecto colectivo (sólo lo comunitario es trascendente) que, además, tiene un requisito indispensable:

… la condición “sine qua non” para que la búsqueda de la dignidad colectiva sea fructífera y viable, y no mera ilusión, es que su desarrollo sea una búsqueda del conocimiento para arribar a una “conciencia esclarecida y crítica” acerca del sí mismo y del orden imperante; en otros términos, la lucha por la dignidad no es una ocurrencia espontánea, es el punto de llegada de otro tipo de educación basada en la crítica que, como aventura del conocimiento compartida, aprende a reconocer, priorizar y actuar por lo que juzga más elevado de la condición humana; es reveladora de una conciencia habituada a la introspección reflexiva, que pone en duda (base de sustentación de la auténtica crítica) las creencias y supuestas verdades incuestionables que predominan en los distintos ámbitos de la experiencia colectiva. Cuando esta búsqueda cognitiva llega a constituirse en un imperativo vital para los participantes, reordena y redimensiona las prioridades de vida que encuentran su lugar jerárquico en este bogar a contracorriente.

Curiosamente, según lo señala Viniegra, labores cuya esencia es la interacción de subjetividades, que son claramente propicias para impulsar la lucha por la dignidad colectiva, como la práctica del magisterio o la atención de la salud, se ven condicionadas por el sistema dominante para operar como medios de control social “que favorecen la sujeción, la manipulación, la pasividad, el individualismo y hasta la degradación (con muchas excepciones notables e infinidad de matices), casi siempre en contra de los deseos genuinos de sus ‘promotores’. Las instituciones educativas y sanitarias lejos de ser vanguardia en la sublimación de la dignidad colectiva, contribuyen decisivamente a mantener el statu quo”. Y una advertencia de gran relevancia:

Quizá el mayor obstáculo para arribar a una conciencia crítica son los medios masivos de manipulación (falazmente llamados de información o comunicación), que como mecanismos de control de las conciencias, propios de los poderes que gobiernan el planeta, proyectan una realidad fabricada, supuestamente objetiva e inexorable, al difundir u ocultar acontecimientos según convenga, o propalar versiones justificativas del orden imperante o condenatorias de los insumisos o adversarios. Lo anterior inculca en las mentes inermes de los receptores, con avasallante insistencia, los temores paralizantes, los prejuicios irracionales, las creencias sin sustento, las falacias encubiertas o las ilusiones vanas en turno, que son clave en el mantenimiento de la desigualdad en las relaciones sociales, que perpetúan el ‘statu quo’ y fomentan el individualismo.

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