Luis Muñoz Fernández

En los últimos treinta años se ha hecho evidente que la comprensión integral de estos temas [los problemas de nuestro tiempo] requiere ni más ni menos que de una concepción radicalmente nueva de la vida. Y, de hecho, esta nueva comprensión de la vida ya está apareciendo. En la vanguardia de la ciencia contemporánea ya no vemos el universo como una máquina compuesta de partes elementales. Hemos descubierto que en última instancia el mundo material es una red de patrones indisociables formados por relaciones; que todo el planeta es un sistema viviente único que se autorregula. La visión del cuerpo humano como una máquina y la mente como una entidad separada de él está siendo reemplazada por la que ve no sólo el cerebro, sino el sistema inmunológico, los tejidos e incluso cada célula como un sistema cognitivo viviente. La evolución ya no se concibe como una feroz lucha por la existencia, sino como una danza de cooperación en la que la creatividad y la aparición constante de la novedad son las fuerzas que la conducen. Y con el nuevo énfasis en la complejidad, las redes y los patrones de organización, está emergiendo una nueva ciencia de los atributos.

 

Fritjof Capra y Pier Luigi Luisi. The systems view of life. A unifiying vision,2014.

La respuesta a las dos interrogantes que se plantea el doctor Leonardo Viniegra –“¿qué hace posible y/o impulsa los cambios perpetuos, las sucesiones de los vínculos y sus trayectorias de desarrollo? y ¿cómo explicar la sintonía siempre asombrosa de los organismos con las condiciones y circunstancias del medio ambiente?” – es en buena parte la interiorización del entorno, de la que ya hemos mencionado en las partes anteriores de este escrito y a la que el doctor Viniegra se refiere con estas palabras:

La “interiorización del entorno” se plantea como una nueva forma de comprender el proceso vital, como el objeto de conocimiento específico de este proceso y como núcleo explicativo de los acontecimientos vitales. La interiorización esclarece por qué los vínculos [con el entorno] se suceden y se relacionan unos con otros, siguen trayectorias únicas en cada ser vivo que se manifiestan en el crecimiento, el desarrollo y la maduración. Es la interiorización la que da cuenta de la conservación a lo largo de la ontogenia de esa pasmosa sintonía y congruencia del organismo con su medio ambiente. El incesante proceso de interiorización determina las formas como se actualizan las facilitaciones, predisposiciones e inclinaciones y el curso de transformaciones que siguen acorde a las condiciones, circunstancias y situaciones privativas y cambiantes de cada individuo. […] Ya he adelantado y sustentado que la complejidad de los vínculos se acrecienta conforme el componente psicosocial se hace más ostensible y prominente [como en los seres humanos], lo que le confiere a éstos una multiplicidad creciente, que se expresa en la gran variedad de formas diferenciadas que presentan y en la multitud de aspectos, facetas, matices y sutilezas que comportan.

Los dos elementos indisociables y sincrónicos de la interiorización del entorno son la percepción/asociación (momento o proceso de interiorización incesante de los tipos, modos y variantes de los vínculos con los objetos significativos del medio ambiente y su relación con lo previamente interiorizado) y la integración (incorporación constante de las asociaciones al ser de cada organismo). En este proceso extraordinariamente dinámico, el organismo y el medio se modifican mutua y constantemente y de una manera extraordinariamente sutil. Modificaciones que cambian incluso las mismas formas de interacción entre el organismo y el medio:

Al detenernos a observar, y sobre todo, a reflexionar, sobre lo que ocurre durante el crecimiento, desarrollo y maduración de los seres vivos, nos podemos percatar que cada paso identificable de ese devenir implica la aparición de facilitaciones que van, por así decirlo, perfeccionando las formas de interacción; dicho de otra manera, la interiorización de lo precedente hace posible que lo subsecuente sea una mayor aproximación de esa perfección, así, una forma de interacción desaparece irreversiblemente cuando la nueva, con más posibilidades de consumación exitosa, surge. […] Significa que madurar es efecto de una historia de interiorizaciones de las contingencias vividas, que aflora en comportamientos cada vez más eficaces no sólo por su pertinencia, sino primordialmente porque se adelantan a los acontecimientos que están por suceder. Más aún, madurar es “crear las situaciones propicias” para el tipo y modo de interacción de que se trate, situaciones que no son preexistentes o que se encuentren de antemano, sólo cobran existencia para el individuo maduro que las percibe y actúa en consecuencia.

Ante una propiedad del proceso vital tan sorprendente y, yo diría, difícil de entender, el doctor Viniegra se pregunta lo siguiente: “¿Cómo calificar a esta propiedad de los seres vivos que, por aproximaciones sucesivas, van creando situaciones de interacción cada vez más propicias para su consumación (configuradas en cada episodio a partir de renovados alcances perceptivos), que implican el perfeccionamiento progresivo de comportamientos altamente facilitados, consecuentes con las circunstancias, cuya característica es adelantarse a lo que suele ocurrir y provocando que los acontecimientos de interacción subsiguientes sucedan de cierta manera, en el tiempo y en el espacio, incrementando las posibilidades de consumar la finalidad implicada en la interacción?

Se responde así: “Designaré a esta propiedad absolutamente privativa de la vida como anticipación que de modo condensado se puede expresar de la manera siguiente: lo que se anticipa son formas de interacción subsiguientes, con mayores posibilidades de consumación, que relevan a las precedentes que desaparecen”. Y redondea con lo siguiente:

Con la “anticipación” se completa la especificación del proceso de interiorización del entorno que, aunque se trata de un ir y venir incesante y simultáneo y que, en sentido estricto, no tiene principio y término, con propósitos de clarificación y exposición me he visto obligado a hablar de episodios de interiorización ubicando su inicio en la “asociación” de las contingencias significativas de las situaciones concretas de interacción que reconfiguran la composición de los vínculos, lo que va acompañado de manera sincrónica de la “integración” que incorpora lo asociado a las entrañas del ser viviente, interiorizando las nuevas configuraciones de los vínculos, lo cual provoca que algunas facilitaciones, predisposiciones e inclinaciones (las potencialidades) se “actualicen” de cierta manera manifestándose en la “anticipación”: ampliación y/o intensificación de determinadas posibilidades perceptivas de los objetos que acompañan a la modificación de comportamientos haciéndolos más eficaces por su fluidez, oportunidad y pertinencia, todo lo cual implica que las formas precedentes de interactuar con esos objetos se extinguen y, simultáneamente, se despliegan las formas renovadas de interacción, reiniciando otro episodio de interiorización.

Lo que para una mente analítica dominada por el paradigma DRSE hace muy difícil comprender la anticipación –¿Cómo puede anticipar (adivinar) lo que está por venir un animal no humano? ¡Qué disparate! – es que no se trata de un elemento aislado del resto de los episodios de la interiorización. Las anticipaciones forman parte una serie de ciclos encadenados e indisociables de actualización de las potencialidades del organismo sin un principio y un final, de modo que el organismo que se anticipa ahora ya no es exactamente el mismo de la anticipación precedente.

Los ciclos continuos de la interiorización del entorno y de anticipación deben entenderse como un refinamiento (ajuste) sucesivo de las interacciones del organismo con el medio que hace posible la maduración de aquel y la consumación óptima de sus actividades vitales básicas: la preservación de la integridad, la nutrición, la reproducción y la convivencia con los iguales. Según el doctor Viniegra, la anticipación es la cualidad más distintiva del proceso vital.

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