Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“Hay que ser laicos, pero también tolerantes”

Pastor Andrés Manuel López Obrador

El Excmo. y Rvdmo. José Ma. de la Torre Lozano, obispo de Aguascalientes, que de salud goce, suele decir que una constante de la sociedad moderna es que las personas, propiciada en buena medida por la moda del “new age”, queremos una religión a la carta. Una religión en la que cada uno decidamos qué nos conviene y qué no, qué aceptamos y qué rechazamos, en qué creemos y de qué descreemos. Esto, por supuesto, puede resultar muy cómodo pero apartado del dogma, de la práctica y de las enseñanzas de la Iglesia, y seguramente un camino expedito para alejarse de la comunidad religiosa.

Por eso no pueden resultar menos que extraños, grupos como el llamado “Católicas por el derecho a decidir”, porque por supuesto tienen todo el derecho a decidir, sólo que si deciden ser católicas deben cumplir las enseñanzas de la Iglesia. Si no las cumplen no pueden seguir siendo católicas. Así de sencillo. Yo no puedo, en el contexto de la Iglesia Católica y supongo que en el de ninguna religión, decidir por mí mismo qué parte de sus enseñanzas me convienen y cuáles rechazo. O por mejor decidir, si elijo sólo una parte de su doctrina y abjuro de otra, voluntariamente me colocaré fuera del ámbito de esa religión, y está bien, si esa es mi voluntad, lo que no puede ser, es querer repicar y andar en la procesión.

El presidente Andrés Manuel López Obrador ya había evidenciado su vocación de Pastor. Desde la campaña, su discurso del Buen Ejemplo y sus sermones sobre el perdón, ponían de manifiesto su esqueleto religioso, aunque una cosa son las creencias y otra el cumplimiento de los derechos y las leyes, como dijo la ministra Olga María del Carmen Sánchez Cordero de García Villegas, cuando votó en la Suprema Corte en favor de despenalizar el aborto. Quizás por ello, o simplemente por la ingenuidad, o por la ilusión, uno esperaba que sólo fueran expresiones coloquiales y de alguna manera metafóricas, ¡pero no!, resulta que el Presidente se cree a pie juntillas aquello de que lo que atares en la tierra, atado quedará en el cielo y lo que desatares en la tierra, desatado quedará en el cielo. Más que eso, sus actitudes son de pontífice: el puente entre lo terreno y la justicia, entre la mentira y la verdad, entre lo fifí y la equidad, y él, la encarnación de los valores perennes, y de paso el árbitro final de cualquier discrepancia.

Mientras sólo parecían ocurrencias, salidas más o menos chistosas, recursos para no tomar el toro por los cuernos, no pasaban de ser actitudes pintorescas a las que nos tuvo acostumbrados Vicente Fox, pero a medida que han transcurrido los días, el mesianismo del Presidente de la República ha ido in crescendo, y se ha manifestado desde la descalificación “prensa fifí”, hasta la homilía “seamos laicos pero tolerantes”, hasta el menosprecio de los datos duros “yo tengo otros datos”.

Dos acontecimientos recientes me parece que son prueba de esa actitud presidencial que, desde luego tiene una explicación popular: “el que no tiene y llega a tener, loco se quiere volver” y otra que tiene que ver con el funcionamiento endocrino. El poder, la sensación del poder libera testosterona y otras hormonas asociadas. No es infrecuente que los gobernantes sucumban a esa mezcla de estupefacientes que sólo los caracteres muy templados pueden soportar y superar: la adulación, la zalamería, la tentación del adanismo, y desde luego el pecado original: la soberbia, que no pocas veces se oculta en la apariencia de una pretendida sencillez y austeridad franciscana.

Hace unos días la comunidad artística y cultural en torno al Palacio de Bellas Artes, puso el grito en el Parnaso. El foro principal del Palacio, con todo y telón de cristal, y con los ecos de Revueltas, Moncayo, Chávez, Callas, Celibidache, y tantos otros, se había facilitado para un homenaje al líder religioso de una de las más florecientes, extrañas y retardatarias iglesias evangelistas, aunque parece ser que el evangelio principal no es el de Jesús de Nazareth, sino el del líder en turno,  actualmente Jesucristo Naason Joaquín García, Iglesia del Dios Vivo Columna y Apoyo de la Verdad «La Luz del Mundo», con presencia en los cinco continentes, orgullosamente mexicana, aunque se haya tenido que tomar prestadas algunas enseñanzas de la Biblia y desde luego su simbolismo como el protolibro.

Guardadas las debidas proporciones es algo así como que los, todavía muchos, seguidores del Padre Maciel, hubieran contratado Bellas Artes para hacerle una ceremonia religiosa de desagravio.

Los grupos más liberales, juaristas incluidos, entre los cuales muchos sospechan que el presidente López Obrador no es un auténtico juarista liberal, sino un conservador encubierto, pidieron la cabeza de los dueños de la cultura en el país, o de perdida de las de las Bellas Artes. Quizás sea exagerado, pero seguramente nadie vería con buenos ojos un concierto en beneficio del obispo Onésimo Cepeda o del abad Whilhelm Shullenberg, los gobiernos habían mantenido la sana distancia y aunque haciéndose de la vista gorda se permitían y practicaban evidentes actos de culto público, no es lo mismo San Juan Diego que Jesucristo Naason, aunque sepamos que por su confesión religiosa el presidente López Obrador no cree en la Guadalupana, menos en “Juan Dieguito, el más humilde de mis hijos”.

En la mañanera López Obrador no sólo minimizó el hecho, sino que de plano dijo, si violaron la ley que ofrezcan una disculpa. Tan, tan.

El otro hecho es la renuncia de Germán Martínez a la dirección del IMSS. La jauría a sueldo que ya inició la persecución recuerda al “Alazán Tostado”, Gonzalo N. Santos: sólo el de adelante sabe a qué le ladra, pero nadie, menos Germán Martínez, por lo pronto, puede renunciarle impunemente al Pastor Andrés Manuel López Obrador.

No sólo el tlatoani, sino el monopolio del Verbo. ¡Dios nos libre!

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