Josemaría León Lara

El oficio de payaso, quizá uno de los más antiguos del mundo, ha sido siempre disfrutado por chicos y grandes, además de ser visto en esencia como mero entretenimiento, no deja de ser una válvula de escape mediante la cual la sociedad logra, aunque sea por un instante, apartarse de la realidad.

Las artes escénicas interpretadas con maestría, demuestran que el ingenio y la imaginación pueden provocar sentimientos de toda índole hasta en la persona más fría y miserable; pero “los que saben”, dicen que el mejor payaso del mundo es quien además de robar las carcajadas de su auditorio también puede hacerlos llorar. Supongo que ha de ser muy difícil manipular la atención del público para llevarlo desde la felicidad hasta la amargura.

Es muy delgada la línea de la comedia entre lo inocente y lo vulgar, así como entre la fantasía y la realidad. Es aquí dentro de esta dicotomía, donde la realidad va más allá y se convierte en surrealismo; tal es el caso de la vida política mexicana.

Recordando uno de los casos más emblemáticos del argumento que presento, es la historia de un ciudadano habitante de la delegación Itztapalapa en el Distrito Federal: Rafael Acosta Ángeles, alias “Juanito”. Quien en el año dos mil nueve fue electo como jefe delegacional de la mencionada demarcación capitalina, para al poco tiempo “renunciar” al cargo.

El caso de “Juanito”, demuestra que la democracia de hecho funciona, puesto que un perfecto desconocido y títere de la “izquierda mexicana”, ganó la Jefatura Delegacional de un territorio demográficamente inmenso, puesto que cuenta con 1’815,786 habitantes (de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2010 efectuado por el INEGI), es decir, una población superior a la que habita en el estado de Aguascalientes.

Ahora, en el dos mil quince, no nos deberíamos sorprender que después de los comicios electorales del siete de junio una historia parecida pudiera repetirse y superar la fantasía de “Juanito”. Me refiero a las candidaturas en puerta de ciertos personajes, donde pareciera que se tratara de una broma macabra.

Como precandidato independiente a la Alcaldía de Guadalajara (la segunda ciudad más grande del país), desde hace un par de semanas comienza a sonar el nombre de Guillermo Cienfuegos Pérez en fórmula con su hijo, tal vez en primera instancia el nombre no parece fuera de lo ordinario, pero en realidad estamos hablando del payaso Lagrimita y su hijo Costel. Al menos públicamente ambos han reconocido oficialmente su condición de payasos, demostrando que al menos tienen el coraje de maquillarse y vestirse como tal todos los días y no aparentar algo que no son.

Otro es el caso del ídolo de las masas, el héroe oriundo de Tepito: Cuauhtémoc Blanco. Quien se ha registrado como precandidato a la alcaldía de la Ciudad de Cuernavaca por medio del Partido Social Demócrata (¡cualquier cosa que eso signifique!).

También se hablaba de la posible candidatura del actor Carlos Villagrán mejor conocido como Quico, quien se rumoraba sería candidato en el estado de Querétaro, especie que ya fue desmentida por el propio comediante, argumentando su condición de apolítico y que su profesión es hacer reír a la gente; al menos en este caso se visualiza un poco de cordura.

La propuesta planteada por estos nuevos emprendedores al mero estilo de la política mexicana, debe de retirar esa venda que cubre la supuesta falta de memoria tanto política como histórica, puesto que no es ninguna novedad que luminarias del mundo del espectáculo decidan incursionar en las mieles del poder, recordamos nombres como Silvia Pinal, Carmelita Salinas, Irma Serrano “La Tigresa” y más reciente la ex senadora de la república, María Rojo.

Solo quedaría dejar un pensamiento al aire, puesto que parece que en México tiene mayor credibilidad un payaso que da las noticias que un periodista con saco y corbata, y replicando esta idea, en la política probablemente un futbolista y un payaso tengan más apoyo y confianza por parte del electorado mexicano.

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@ChemaLeonLara

 

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