Por J. Jesús López García

El Movimiento Moderno en sus inicios radicales se planteó como la antítesis fundamental de las tradiciones, es decir, las anteriores a la Revolución Industrial. La confianza optimista y casi ciega en el progreso fue uno de los factores que suscitaron en los maestros modernos un arrogante desprecio por todo aquello que comprendía el pasado: atraso técnico, desigualdad social, estatismo histórico; desde luego lo anterior sólo era una perspectiva muy sesgada pues los planteamientos compositivos e intelectuales de la modernidad arquitectónica -y de la modernidad en general-, estaban bien enraizados en el racionalismo clásico de antecedentes griegos y latinos.

Fueron muchos los intentos por realizar utópicas ciudades modernas a costa de demoler, sin más, toda huella del ayer: Le Corbusier (1887-1965) en Bogotá, Colombia, proponía derribar todo para partir de una «tabula rasa» -una página en blanco- para una ciudad no renovada, sino totalmente nueva; Josep Lluis Sert (1902-1983) propuso lo mismo para La Habana. Afortunadamente ninguno de estos planteamientos -que no fueron los únicos de esa naturaleza por parte de esos dos arquitectos, ni por parte de muchos otros más, en todo el mundo-, se llevaron a cabo.

La utopía urbanístico-arquitectónica moderna no llegó a fraguar, ya que el común de la gente, no intentó siquiera dejar parcialmente su pasado, ni inmediato, ni común con el resto de su entorno social. El desencanto con el progreso técnico a partir de la destrucción moderna del mundo, que se manifestó brutalmente con dos guerras mundiales y el resto de conflictos bélicos de devastación masiva que proliferaron en el siglo XX, contribuyó también al apaciguamiento de los arquitectos modernos en sus propuestas radicales. Le Corbusier abandonó su purismo inicial y se retractó en parte de su manifiesto programático para una arquitectura moderna, particularmente de sus cinco puntos: plantas libres soportadas por pies derechos manifestados en columnas, ventanas horizontales, fachadas libres y terrazas jardín, que aunque caprichoso, denotaba la implementación de un canon simple encaminado a homologar las construcciones actuales; en lugar de ello realizó en su fase siguiente -después de la 2a Guerra Mundial- edificios con planos curvos y alabeados, muros de grosores diferentes, vanos de diversas dimensiones, y siendo ateo confeso, dos edificios magistrales reservados al credo católico: la Capilla de Ronchamp entre 1950 y 1955, y el Convento de La Tourette en 1957.

La Escuela Moderna se decantó en varias vertientes, siendo su seguidora formal la tendencia tardomoderna derivada del llamado Estilo Internacional. Otras facetas anteriores ya habían mandado a segundo plano la personalidad homogeneizadora de la internacionalización y prefirieron adaptarse a su entorno geográfico particular tal y como aconteció con Alvar Aalto (1898-1976) en Finlandia o Luis Barragán (1902-1988) en México. Con la austeridad de la posguerra el llamado «brutalismo» en Inglaterra no mostraba objeciones al presentar sus materiales y procesos de manera explícita –como ejemplo tenemos la obra de Alison (1928-1993) y Peter Smithson (1923-2003)– por lo que en algo se regresaba al tono formal del Arts and Crafts de fines del siglo XIX y principios del XX.

Entre todo ese cuestionamiento a la modernidad canónica, se comenzó a desarrollar una tendencia por volver a la tradición como fuente de conocimiento, soluciones o simple inspiración. Esa posmodernidad, como se ha dado en llamarle, al igual que la modernidad a la que cuestiona, posee múltiples líneas de desarrollo, desde el historicismo más bien abstracto, a la imitación simple de formas de un pasado remoto, hasta la aparente ruptura deconstructivista. Los primeros modelos posmodernos de abstracción historicista son edificios que llaman poderosamente la atención, que a pesar de tomar como modelos a la tradición, la reinterpreta de una manera, que creó algo nuevo.

En nuestra ciudad acalitana, transitando por la calle Melchor Ocampo, particularmente en el número 155, puede el transeúnte encontrar una finca realizada en un lote de buen frente y escasa profundidad, que los arquitectos Jesús Martín Andrade Muñoz y Rafael González Marmolejo se dieron a la tarea de diseñar y levantar. Es una construcción en ladrillo visto con algunas aplicaciones en azulejo de vivo color rojo, vanos verticales -como los de la tradición- en un plano alineado a la banqueta. Se trata de una casa realizada en los años ochenta que no rehuye su posmodernidad pero aun hoy en día continúa fresca y al mismo tiempo conserva su aire novedoso dentro de su manera discreta de abrevar en fuentes tradicionales. Es contemporánea digna de algunos de los edificios de James Stirling (1926-1992) en Gran Bretaña o de los de Mario Botta (1943- ) en Suiza; no hace una parodia del pasado, empleando columnas, frisos o elementos clásicos de manera innecesaria, integra el ya tradicional ladrillo con perfiles metálicos en una composición colorida y casi lúdica.

Son múltiples las ocasiones en que la soberbia contemporánea nos hace descalificar edificios del nuestro pasado inmediato por no corresponder a lo que creemos debe plantearse para el momento actual. Este edificio es una buena ocasión para abandonar la presunción y aceptar que la tradición y la modernidad admiten buenas interpretaciones desde múltiples enfoques contemporáneos.