Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Los técnicos le llaman reingeniería al hecho de hacer los ajustes necesarios a un aparato administrativo, disminuyendo personal y reduciendo los costos de operación, pero otorgando los mismos servicios y, de ser posible, mejorándolos. En otras palabras, se trata de hacer más eficiente la administración con menos recursos.
En días pasados, la autoridad educativa dio a entender que, a partir de los primeros días de este año, 2017, algunas subdirecciones del Instituto de Educación se transformarán en departamentos o en subdepartamentos. Aunque no se dice que es para reducir los costos de operación, se infiere que esta “reingeniería” es con este fin, toda vez que un departamento tiene menor costo que una subdirección o una dirección. Sin embargo, la medida sería insuficiente y equivocada. Insuficiente, porque sería pírrico el ahorro por tres o cuatro cambios que se hagan y sería equivocada porque el Instituto de Educación lo que requiere, no es cambiar tres o cuatro subdirecciones, sino transformar y reducir la enorme carga administrativa que genera su actual estructura organizativa. La dirección general, las direcciones de área, las subdirecciones, los departamentos y todas las oficinas que integran el organigrama del IEA son altamente burocráticos, en detrimento de la atención académica de los estudiantes de educación básica y media superior. Y por si no fuera suficiente, esa burocracia, de las oficinas centrales, empantana el quehacer de las unidades regionales y de las escuelas, al ocupar gran parte de su tiempo en el llenado de papeles, con datos redundantes y estériles, que afectan la atención sustantiva de la educación.
Las zonas de educación básica que, originalmente, fueron creadas para vertebrar, académicamente, la educación básica, mejorar la supervisión escolar y elevar los aprendizajes de los alumnos, hoy están convertidas en unidades regionales que, en los últimos años, han servido para dos cosas: una, para llevar a las escuelas y traer de ellas enormes cargas de papelería y dos, para llevar a cabo proselitismos políticos en turno, en perjuicio de la educación de los niños, los adolescentes y los jóvenes. Por eso no debe extrañar a nadie que en toda evaluación que se aplica en las escuelas, los alumnos muestran severas deficiencias en sus aprendizajes. Y lo mismo sucede con los programas federales como escuelas de calidad (ya desaparecidas) y escuelas de horario ampliado, por citar dos ejemplos. Las escuelas de calidad y las de horario ampliado se volvieron tan sólo en trámites administrativos para conseguir dinero, sin que nadie se preocupe ni ocupe en mejorar la calidad de la educación. Se ha dejado que las escuelas, por sí mismas, hagan lo que puedan.
Es en estos asuntos descritos donde se debe hacer una profunda reingeniería o una revolución educativa; reingeniería o revolución para que la dirección general, las direcciones de área, las subdirecciones y los departamentos, del organigrama del IEA, se ocupen, esencialmente, de lo pedagógico, de lo académico; es decir, del aprendizaje de los alumnos; y que dejen una o dos instancias (con apoyos tecnológicos) que se encarguen de lo estrictamente necesario en materia administrativa. De igual manera, las unidades regionales (si aún justifican su existencia) deben transformarse en centros que promuevan, de cerca, mejores aprendizajes en las escuelas. El actual Gobierno del Estado prometió que, al día siguiente de tomar posesión del cargo, se notarían los cambios en materia educativa. Pues, uno de los primeros cambios, que todos esperan, es la reducción de la burocracia (que asfixia todo intento académico) para que en las oficinas centrales, en las intermedias y en las escuelas, impere la pedagogía y la gestión de aprendizajes, es decir, la calidad educativa.
Si los ejes del programa educativo de esta administración, han de ser calidad educativa, equidad en los servicios, convivencia democrática, uso de tecnologías, gestión escolar, transparencia y rendición de cuentas; pues bien, para que pueda operar un programa, con este bosquejo, se necesita, primero, una profunda reestructuración organizativa del IEA para darle funcionalidad en lo que es su razón de ser: otorgar educación de calidad; de no ser así, se armará un castillo sobre piso de arena movediza. Y los tiempos ya no están para simulaciones ni para que las escuelas se muevan por inercia.