David Reynoso Rivera Río

Tras una breve y merecida pausa, me permito regresar a este espacio con posterioridad a uno de los acontecimientos más relevantes en la vida de nuestro país. Lo anterior, producto de los comicios y la jornada electoral que se celebraron el pasado domingo, mismos que determinaron el rumbo de nuestra federación a través de la elección del próximo presidente de los Estados Unidos Mexicanos y la integración de las dos cámaras que conforman el H. Congreso de la Unión.

El resultado por todos conocido, nos indica la primera ocasión en la que es electo un presidente proveniente de un partido de izquierda y con tendencias mayoritariamente socialistas. Andrés Manuel López Obrador será nuestro próximo presidente y ello no implicará vivir en un país sumiso o parecido a los modelos que plantean en la actualidad paises como Venezuela; sin embargo, sí implicará que como sociedad civil ejerzamos correctamente nuestro más grande poder ciudadano, denominado exigencia.

Lamentablemente el resultado de esta elección es producto del hartazgo ciudadano hacia la clase política que abusó durante tantos años de muchos privilegios. Es por ello, que la ciudadanía ha votado en contra del sistema político y sin analizar realmente el perfil, las propuestas y la viabilidad de las mismas que fueron presentadas por los candidatos.

Resulta incomprensible que ese voto de odio hoy permita que Aguascalientes vaya a tener una curul en San Lázaro y un escaño en el Senado, ocupados por personas que jamás presentaron plataforma ideológica o legislativa alguna, si no que han sido electos por la mera inercia del voto hacía Andrés Manuel y por el descontento ciudadano hacia los partidos tradicionales.

Tendremos un Congreso de la Unión sin precedentes, que remontará a la época del hiperpresidencialismo mexicano en el que el partido hegemónico al que tanto se criticaba hacía y deshacía. Lo anterior, representa uno de los puntos más álgidos en la conformación del anhelado Estado de Derecho por el que hemos venido luchando, ya que tendremos un Congreso a merced del Poder Ejecutivo y no podemos ser omisos ni dejar de comprender que ello implicará también la injerencia de la conformación y designación de puestos estratégicos en el Poder Judicial Federal. Montesquieu y todos los grandes pensadores e ideólogos políticos que creyeron y diseñaron la división de poderes estarían revolcándose en su tumba al ver como lo único que hemos generado es un disfraz y no un auténtico sistema de pesos y contrapesos.

Con independencia de que estemos a favor o en contra de la voluntad mayoritaria que ha electo a Andrés Manuel López Obrador, hoy tendremos que atener a nuestra más alta tarea de responsabilidad ciudadana en la que trasformemos por completo nuestro entorno. La corrupción y la impunidad no van a desaparecer con la llegada de un nuevo presidente, sino con la transformación completa de nuestro sistema político en la que entendamos que no se trata de votar por los partidos, sino por las personas y la capacidad-viabilidad de sus propuestas.

Mientras tengamos legisladores y congresos débiles o sumisos, el país seguirá padeciendo este cáncer que ningún personaje mesiánico podrá erradicar y mientras tengamos jueces y magistrados sometidos a sistemas de designación en los que no se obedezcan criterios de capacidad y conocimientos, no encontraremos tampoco la meritocracia que tanto anhelamos.

El voto es un instrumento que dota de herramientas a ciertos personajes para el apoyo y la consolidación de políticas públicas; sin embargo, nuestro país requiere un cambio en la mentalidad de todos sus ciudadanos. Dicho cambio solo será posible si comenzamos a exigir a nuestros gobiernos, si dejamos de pensar que vivir en el asistencialismo es una opción y si comenzamos por entender que no van a existir sistemas de educación, salud y/o transporte de calidad, mientras incumplamos con nuestras obligaciones y/o evadamos el pago de impuestos. Únicamente así comenzaremos una verdadera transformación como nación.
El Partido Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucional tienen la titánica labor de convertirse en una verdadera oposición, de replantear sus propios esquemas en los que los caciques y los grupos  han creído que la designación de candidatos es una muestra de músculo político. Ahora, los candidatos deberán ser perfiles que convenzan y trasciendan, perfiles que obedezcan a verdaderos criterios de meritocracia y dejar atrás las viejas prácticas que hoy ponen en peligro su existencia como partidos y además ponen en peligro el propio funcionamiento de un sistema político mexicano que pueda entender la pluralidad de ideas y partidos bajo el respeto de sus ideologías.

Acción Nacional deberá dejar el oportunismo político de sus alianzas que no representan de ninguna manera un apego a esa ideología de derecha, mientras que el Partido Revolucionario Institucional deberá permitir que esos principios tan bellos de la social-democracia permeen en sus cuadros, en sus proyectos, sus políticas públicas y sus iniciativas de ley. De esta manera podremos entonces convivir en un sistema político mexicano que permita la convergencia e interacción de tres ideologías (izquierda, centro y derecha) por el bien de un país tan plural.

Serán años importantísimos para el porvenir del país y no dudo que el proyecto de nuestro presidente electo pueda llevarnos a ser ese gran país que anhelamos; sin embargo, como ya lo he venido mencionando, nosotros como sociedad tendremos que transformar nuestro rol y entender que el cambio no sólo está en el gobierno, sino que requiere un cambio integral en nuestro actuar y nuestra mentalidad.

Informémonos, seamos más exigentes, aprendamos más, eduquemos mejor a nuestros hijos y sepamos elegir a nuestros mejores gobernantes, votando por la persona y no por el partido.

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Twitter: @davidrrr

 

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