Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

Ya en otras ocasiones he escrito en este espacio sobre el padre Jorge Hope Macías, y por desgracia ahora no tengo nada nuevo que aportar, pero si le dedico esta entrega de mi columna es porque el 25 de junio pasado se cumplieron 10 años de su muerte y porque me parece que se trata de uno de esos personajes que no deben ser olvidados.
Me acuerdo de cuando lo entrevisté, en julio de 2003. En ese tiempo trabajaba yo en la redacción de una historia de la Romería de la Asunción, que él imaginó, tomó de la mano y condujo en sus primeros pasos.
Gracias a aquellas grabaciones puedo recordar su voz; su pronunciación exacta, su dicción culta y elegante, como de locutor de radio de los de antes. Me acuerdo de sus largas pausas, como si a partir de mis cuestionamientos, fincados en la consulta de periódicos de la época, evocara él en su mente los acontecimientos, las noches luminosas del 15 de agosto, las tamboras de los danzantes, el aroma de la pólvora convertida en efímera luz, los cascos de los caballos de los charros trepidando en la Avenida Madero, y quizá alguna frase del también desaparecido e inolvidable periodista Mario Mora Barba; algo así como “lentamente se ha ido dispersando la multitud. La calle está llena de papelillos multicolores. El cielo está oscuro, pero cada uno de los que presenciamos la Romería, llevamos dentro del pecho una estrella”; quizá recordara algo de esto… En fin, que digo que a mis cuestionamientos el padre guardaba un silencio, buscando honrar la precisión.
Su padre, un minero de origen escocés, vino a trabajar a Estados Unidos, a la American Smelting & Refining Company (ASARCO), que en la agonía del siglo XIX montó aquí la Gran Fundición Central Mexicana, en el poniente de la urbe de los manantiales. Luego de estar una temporada en Chihuahua, el papá vino a trabajar a Zacatecas y, según me informa su sobrina, Dolores Ramírez Gordillo, se matrimonió con la señorita María Macías Fernández, de Villa García, Zacatecas. Cuando se conocieron era ella “estudiante de una normal que muy delicadamente le decían Colegio de Niñas”.
Nacido el 19 de mayo de 1923, ingresó al seminario a los diez años, en 1933, y fue ordenado sacerdote en febrero de 1948 por el tercer obispo diocesano, José de Jesús López y González. Los 10 años que transcurrieron entre 1937 y 1946, Jorge Hope, el seminarista, los pasó en el seminario estadounidense de Montezuma (sic), Nuevo México, establecido por el episcopado de los Estados Unidos para apoyar a su homólogo mexicano durante el conflicto religioso de los años 20; la última de nuestras guerras de religión, y administrado por sacerdotes de la Compañía de Jesús.
Muy probablemente este organismo recibió a la crema y nata de los aspirantes al sacerdocio de México; aquellos que en las etapas iniciales habían destacado. Supongo que en el joven seminarista se amplió en su visión de las cosas, que indudablemente se reflejaría en su práctica sacerdotal, no sólo por la calidad de la formación recibida, sino también por la posibilidad de conocer a otros seminaristas, procedentes de otras latitudes del país.
Ahí se relacionó, por ejemplo, con el enorme actor Ignacio López Tarso, con quien mantuvo una cálida, aunque distante relación, a lo largo de toda la vida. Me acuerdo también que para un aniversario de la capilla cuya construcción impulsó en Jardines de la Asunción, organizó un festival artístico que contó con la participación de personajes como Carmen Montejo y Humberto Cravioto.
Para su época, su práctica sacerdotal fue poco ortodoxa. Para él el culto era un medio, y no un fin, y en todo caso su labor se encaminó a la promoción de las personas; a su enriquecimiento. De aquí que publicara una revista literaria, escribiera una columna en El Sol del Centro (“Cajón de sastre”), y de cuando en cuando participara en programas de radio, a más de realizar un sinfín de actividades no directamente relacionadas con el rito.
En esta dimensión artística, compuso una canción que corrió con cierta fama, y que fue una especie de himno de un programa de radio de trascendencia nacional. Me refiero a Así es mi tierra.
La canción dice: “Así es mi tierra: morenita y luminosa, así es mi tierra: tiene el alma hecha de amor. Así es mi tierra: abundante y generosa, ¡ay!, tierra mía, cómo es grato tu calor. Así es mi tierra: tiene el pecho adolorido, así es mi tierra: disimula su dolor. Así es mi tierra: sufre amor y canta olvido, ¡ay!, tierra mía, cómo es grato tu calor. Sus alboradas tan llenas de alegría, sus serenatas tan propicias al amor. Así es mi tierra: flor de melancolía, ¡ay”, tierra mía, cómo es grato tu calor.”
El padre Hope escribió la letra, y la ofreció a Ignacio Fernández Esperón, “Tata Nacho”, uno de los imprescindibles de la música popular del siglo 20, quien le compuso la música.
En los años setenta fue un personaje muy principal en elconflicto que enfrentó a una parte del clero diocesano con el obispo, un personaje con pretensiones de monarca absoluto, y que el Vaticano resolvió de manera equívoca, provocando la desilusión de muchos, y la migración de algunas cabezas visibles, que asumieron cargos de importancia en otras organizaciones eclesiales.
No así el padre Hope, que permaneció aquí contra viento y marea. El ostracismo a que se le condenó fue tal, que durante una época se vio obligado a trabajar en una empresa embotelladora, en el área de personal, según me informó María Teresa Macías Díaz Infante, en vez de vivir de su ministerio.
En ocasiones, cuando se cometen injusticias pretendemos consolarnos diciendo que “todo cae bajo su propio peso”, o que “al final la historia pone a cada quien en su lugar”, etc. Pienso en el padre Hope y me parece que éstas y otras frases no son sino un buen deseo; una visión romántica.
Por eso es preciso insistir con el padre Hope, a fin de que su trayectoria y ejemplo sean debidamente conocidos y reconocidos. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).