Luis Muñoz Fernández

Al definir y limitar al indio en la manera en la que lo hemos hecho, expresamos también una definición y una limitación que nos son propias. Al poner el indio bajo la tutela de nuestra generosidad y de nuestra inteligencia supuestamente superior, lo que precisamos de hecho es nuestra propia inhumanidad, nuestra propia ceguera ante los valores humanos. En efecto, ¿de qué manera queda el indio definido y cercado por la relación que le hemos impuesto? Su existencia en la reserva –algo así como la existencia de un huérfano en un asilo– lo aproxima a la inexistencia, en la medida en que ello resulte posible sin llegar a su aniquilación total. Me doy cabal cuenta de que esta afirmación despertará inmediatas protestas. El indio no está confinado en su reserva: tiene otras opciones. Es libre de asumir su papel, de salir a mejorar su suerte, de hacerse humano. ¿Cómo? Vaya, por supuesto, uniéndose a nosotros, haciendo lo que hacemos, demostrando inteligencia para los negocios y habilidad norteamericana, acumulando dinero e integrándose a nuestra sociedad de gente próspera. Generosidad ejemplar, la nuestra.

Thomas Merton. Ishi, 1979.

La tragedia del indio americano es inmensa, casi indescriptible y, sin embargo, similar a tantas y tantas historias de cínico abuso de quienes, de acuerdo a cánones arbitrarios que esgrimen los que tienen la sartén por el mango, anulan la dignidad de aquellos a los que consideran diferentes. Son esos “otros” cuya mera existencia es una afrenta insufrible para los que mandan en lo político, lo económico o lo espiritual: las tres caras del poder que, solas o en contubernio, oprimen, invisibilizan y exterminan.

Como ya señalaba en la primera parte de este escrito, entender a quienes provienen de una cultura distinta a la nuestra es muy difícil. En la peregrinación de Edward Dorn y Leroy Lucas para conocer a los indios shoshonis se describe el encuentro con un anciano de esta tribu que ejemplifica muy bien la dificultad para conocer el interior del otro:

Descripción de su mirada: “Los animales muy viejos tienen un velo similar sobre los ojos, una intimidad a la que es imposible acceder desde el exterior”. Y sin embargo, mantiene una “presencia” que agobia, junto con toda la espantosa indiferencia de una vida que ha terminado por extinguirse al cabo de cien años de pobreza, de “un hombre llegado al más absoluto final”.

¿Qué piensan los indios sobre su triste condición? Hay testimonios de la percepción de sí mismos como la declaración de Clyde Warrior, un indio ponca al que se le prohibió expresarla públicamente, recogida también en The Shoshoeans (1967), el libro de Dorn ilustrado con las fotos de Lucas:

Me llamo Clyde Warrior y soy un indio ponca de Oklahoma, sin mezcla de sangre. […]

Soy un hombre joven, pero tengo la edad suficiente para haber visto cómo se aceleró este proceso en lo que llevo vivido. Ésta ha sido la experiencia de la juventud indígena: ver a nuestros mayores reducidos a la impotencia e incapaces de tratar con el mundo moderno. Aquellos miembros de nuestra generación que tienen cierta comprensión de la vida moderna han debido llegar a ella mediante experiencias habidas fuera de nuestras comunidades natales. El oprobio de la vida del indio, y supongo que, en general, el oprobio de la vida de los pobres en los Estados Unidos de hoy, es la impotencia de aquellos que están “fuera”, pero que sin embargo se ven coaccionados y manipulados por el mismo sistema que los excluye.

Prometimos transcribir las palabras de Alce Negro, hombre santo y curandero de los indios lakotas oglalas y a ello dedicaremos los siguientes párrafos. Palabras que podemos leer completas en Alce Negro habla. Historia de un sioux, de John G. Neihardt (Capitán Swing, 2018).

Para los indios americanos obtener “una visión”, es decir, una revelación o iluminación espiritual, era parte esencial de su crecimiento personal. Alce Negro obtuvo una gran visión que, cerca del final de su vida, deseó compartir a través del poeta Neihardt con las futuras generaciones. Así lo explica al principio de su exposición:

Amigo mío, cumpliendo tu deseo te contaré la historia de mi vida. Si fuera solo la historia de mi vida creo que no la contaría, pues, ¿qué es un hombre para que le dé tanta importancia a sus inviernos, por mucho que le encorven como una recia nevada? Muchos otros vivieron y muchos otros vivirán esa misma historia para acabar siendo no más que hierba en las colinas.

Lo que es sagrado, lo que es bueno de la narración, es la historia de toda vida, la de nosotros, los bípedos, compartiéndola con los cuadrúpedos y los seres alados y todas las cosas vegetales; pues son hijos de una sola madre y su padre es un solo Espíritu. […]

Pero ahora que puedo vislumbrarlas [todas las cosas vividas] como desde una cumbre solitaria, sé que fueron la historia de una visión portentosa que le fue concedida a un hombre demasiado endeble como para darle buen uso; la de un árbol sagrado que debió prosperar en el corazón de un pueblo con flores y alegres pájaros, y que ahora se ha marchitado; y la del sueño de unas gentes que perecieron en la nieve ensangrentada.

En relación a la última línea, vale la pena señalar que Alce Negro fue herido y sobrevivió a la tristemente célebre Masacre de Wounded Knee (Dakota del Sur), ocurrida el 29 de diciembre de 1890, cuando el 7º Regimiento de Caballería asesinó a tiros de fusil y cañonazos al menos a 150 (algunos dicen que 300) sioux lakota, una buena parte de ellos mujeres y niños, cuyos cadáveres quedaron tirados en la nieve. Lo que de aquel vergonzoso hecho dijo Alce Negro, citado por Dee Brown en el párrafo final de Enterrad mi corazón en Wounded Knee (Turner Noema, 2012), fue lo siguiente:

No supe entonces cuánto se había perdido. Cuando miro atrás desde las alturas de mi senectud, vienen a mí todavía las imágenes de las mujeres y niños asesinados, amontonados y dispersos por la escarpada garganta. La escena horripilante se me ofrece tan vívida como entonces. Y me doy cuenta, ahora, de que algo más murió también en aquel barro sangriento y fue enterrado luego por la tormenta. Allí acabó el sueño de un pueblo. Era un hermoso sueño. Y yo, a quien tan gran visión se concedió en la juventud…, ya me ves ahora como un viejo digno de compasión que nada hizo, pues se ha roto el collar de la nación y las cuentas se han dispersado. No queda ya simiente alguna y el árbol sagrado ha muerto.

En su gran visión, arrebatado por una nube hacia el cielo cuando tenía nueve años –algo parecido a lo que le ocurrió al profeta Elías del Viejo Testamento–, Alce Negro es testigo de un consejo de seis ancianos inmemoriales que le otorgan los poderes de dar la vida, de sanar, de defender a su pueblo y destruir a sus enemigos. Una visión holística en la que todos los seres humanos están unidos al mundo natural.

Volviendo a lo acontecido hace algunos días en Washington, donde un grupo de escolares blancos, felicitados después por Donald Trump, se burlaron de un anciano indio que cantaba, danzaba y tocaba el tambor, recordé las palabras de Éric Vuillard en su Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill (Errata Naturae, 2015): “En aquella época, cualquier papanatas podía fundar una ciudad, llegar a general, a hombre de negocios, a gobernador, a presidente de los Estados Unidos; tal vez aún sea así”. ¿Alguien todavía lo duda en este 2019?

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