El Heraldo de Aguascalientes

Reciclaje de espacios fabriles

Por J. Jesús López García

Tras el impacto sobre los medios de producción y la economía norteamericana conocida como La Gran Depresión o Crisis del 29, que se prolongó hasta los años treinta del siglo pasado muchas naves y espacios dedicados a la industria tales como talleres, fábricas, almacenes y terminales de transporte, entre otros, alojados en zonas urbanas a veces no muy alejadas del centro de las ciudades -cuya expansión había sido frenada durante el fin de la crisis económica-, quedaron abandonados. Embargos, pagos de deudas o simplemente la escasa utilidad que la producción en esos sitios dejaba la actividad productiva dejaron a sus contextos una gran cantidad de edificios solos, peligrosos para la seguridad pública y poco atractivos para el sector inmobiliario por la demasiada oferta de edificios en mal estado para readaptarse a su actividad inicial o asimilar nuevas actividades.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, con una economía a la alza, un país ávido de negocios y con una industria de la construcción a punto de detonar de manera explosiva, en Estados Unidos comenzó a gestarse un movimiento de contracultura totalmente urbano, producto de la crítica a los factores sociales y económicos que de alguna manera habían sido los que propiciaron la violencia de dos guerras mundiales, y que en ese momento se estaban reajustando a la nueva realidad de la naciente era atómica de la Guerra Fría entre los bloques capitalista y comunista.

Muchos de los jóvenes que se habían quedado en su casa siendo muy chicos para ir al combate-aunque después les correspondería participar en la Guerra de Corea y a otros más en la de Vietnam-, concebían de manera crítica un mundo menos hipócrita y más solidario. En Estados Unidos nació el movimiento de los beatniks -de «beat» latido en inglés y la terminación «nik» haciendo referencia al primer satélite orbital soviético nombrado sputnik como alusión a la era espacial y marca de la segunda mitad del siglo XX.

En Europa, movimientos similares recrearon de alguna manera la vida comunitaria de su contraparte norteamericana tomando mucho de la escuela cínica del filósofo griego Diógenes. Dentro de ello, la producción de arte corrió a lo largo de la efervescencia intelectual. De esas generaciones surgieron escritores como el poeta Allen Ginsberg (1926-1997) o Jack Kerouac (1922-1969), movimientos como la Internacional Situacionista o ideólogos políticos que desafiarían los rígidos sistemas económico-políticos de ambos bloques y que en el año 1968 hicieron cristalizar sus ideas en los movimientos de la Primavera de Praga, de los universitarios en París, Estados Unidos, México y demás partes del mundo donde se buscaba desatar las correas que ceñían la libertad de pensamiento o económica de la ciudadanía.

Si lo anterior era una ilusión o no, es asunto de otra historia, sin embargo en lo que toca a las ciudades y a la arquitectura, precisamente ese espíritu libertario y de comunidad horizontal de intelectuales y artistas que  ya no vivían a la vera de un mecenas o de la protección de los aparatos culturales del Estado, comenzaron primero en Estados Unidos y luego en Europa, a tomar los viejos inmuebles industriales abandonados como sede de su actividad en una libertad creativa que buscaba romper con los cánones establecidos y en un entorno de convivencia comunitaria.

De esta manera, para lo anterior, los enormes recintos libres fabriles eran lo ideal: gran espacio a bajo costo -cuando no eran ocupados sin más-, en zonas fuera de la regulación oficial de uso de suelo. Además, no podía haber discurso intelectual mejor: del mundo industrial que de alguna forma abanderado por el progreso había eclosionado en la bancarrota de muchas naciones y en el advenimiento de la guerra mecanizada, surgía ahora desde su infraestructura caduca y abandonada una alternativa totalmente contraria avocada a la producción cultural y a la discusión no sistematizada de ideas diferentes.

En los años sesenta, ya patente este movimiento urbano y retomado por grandes artistas como Andy Warhol (1928-1987) que bautizaría a su propio estudio y ambiente de creación como The Factory, La Fábrica, por el mismo motivo, no era otra cosa más que hacer eco a algo que ya estaba ocurriendo desde hacía una década.

Las naves industriales o sus satélites dedicados al almacenamiento o a talleres menores, son espacios que pueden ser reciclados –reutilizados- de maneras muy versátiles. Los primeros en hacerlo, juntaban en esos medios vivienda y lugar de trabajo -como en los talleres preindustriales- de ahí vienen los ahora muy esnobistas «lofts». Pero esa adaptabilidad ha llegado a ser más extensiva. El Museo Dia: Beacon, de arte contemporáneo en Nueva York, es el que cuenta con más espacio en el mundo y no era otra cosa más que la fábrica de galletas de la marca Nabisco; algo similar es nuestro Macro Espacio para la Cultura y las Artes en los talleres del ferrocarril.

En Aguascalientes se presentan algunos edificios que a pie de vía servían como almacenes hasta hace unos treinta años, en espera de una reutilización más inventiva que el demolerles para hacer uso de un predio vacío.