David Reynoso Rivera Río.

Hace ya cuatro meses, aboqué mi columna semanal al tema de la meritocracia partidaria. A grandes rasgos me permito resumir las tres perspectivas bajo las cuales se puede llegar a entender la meritocracia en los partidos políticos para el otorgamiento de candidaturas; en primera instancia, la meritocracia consiste en permanecer en cierto instituto político por tantos años como sea posible, es decir, para ellos las candidaturas deberían y deberán ser otorgadas a todos aquellos que cuenten con el historial más largo de años al servicio de un partido político.

De igual manera, hay quienes creen que la meritocracia consiste en la cantidad de puertas tocadas y colonias recorridas, lo cual resulta ser una postura más que respetable ya que encuentra su justificación en la propia operación política de un partido. Finalmente, existe la perspectiva que relaciona a la meritocracia con la capacidad intelectual y el oficio político apto para cada puesto de elección popular e incluso para cada cargo dentro de los diversos rubros de la administración pública.

El Partido Revolucionario Institucional, se ha caracterizado por marcar las reglas escritas y no escritas de la política mexicana; derivado de ello, hace unos días demostró su gran oficio político como partido y su propia transformación tras intensos periodos de reflexión sobre la crítica y la autocrítica de sus prácticas, sus militantes y sus gobiernos, para dar una nueva esperanza al sistema político mexicano.

Fue así que el pasado lunes 27 de noviembre, José Antonio Meade Kuribreña renunció a su pulcra trayectoria como servidor público para anunciar que buscaría la candidatura presidencial por el aludido instituto político. Lo anterior podría parecer algo cotidiano e inclusive ad hoc al “manual” de la sucesión presidencial que durante sexenios había tenido vigencia; sin embargo, lo sorprendente aquí resulta ser que el propio José Antonio Meade Kuribreña no es militante del partido en mención, sino que únicamente se define como simpatizante.

El hartazgo ciudadano por los partidos políticos se ha convertido en una constante que a su vez ha generado un nicho de oportunidad para que otros actores políticos impulsen “candidaturas independientes” sin independencia y únicamente bajo el argumento ideológico de ir en contra de la mafia del poder y combatir la corrupción de los partidos políticos, mismos que han demeritado la figura tan noble que en ocasiones podría significar.

Aunado a todo lo anterior, el PRI ha respondido de manera efectiva y propiciado un candidato ciudadano a través de la re-definición del término MERITOCRACIA. Otorgándole su confianza a un ciudadano intachable como José Antonio Meade que se caracteriza por una amplia trayectoria académica y profesional, considerándolo por ende idóneo para continuar con la transformación de nuestro país; sin embargo, el reto no termina ahí.

Se avecinan también los procesos para la designación de candidatos a senadores y diputados, en los que la ciudadanía espera que ese nuevo concepto de meritocracia logre permear en la selección de los mejores hombres y mujeres para cada cargo en concreto. Sólo así, podremos entonces afirmar que se han eliminado las lacerantes viejas prácticas y que existe un verdadero cambio ideológico, así como un auténtico avance en la consolidación del México que anhelamos.

Correo: davidreynoso@sapiensiuventus.com

Twitter: @davidrrr

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