COLUMNA CORTEEn la teología cristiana, el nombre de quien promueve y practica la desarticulación de todo precepto evangélico sobre la moral, el recato y la pureza suele ser “Anticristo”, la figura por excelencia de la antítesis divina que suponemos debe administrar nuestros actos conscientes e inconscientes, estableciendo una clara paradoja sobre aquello que, según el contexto geográfico donde se ubique, determina los lineamientos sobre lo “Bueno” y lo “Malo”, concepciones maniqueas abandonadas al arbitrio de la jefatura clerical de turno. Pero en el cine, donde las fronteras doctrinales suelen borrarse según la habilidad perceptual de quien la ejecute en su momento, las cosas no suelen ser tan fáciles, pues la pluralidad de discursos permite que cada historia pueda colocarse en un camino cuya ruta lleve tanto a la complacencia consuetudinaria como a la más desparpajada subversión, pasando por puntos medios que, a su vez, destilan nuevos puntos de inspiración. Entonces ¿Cómo podríamos denominar al adversario de los cánones de celuloide que, usualmente, padecen de una irrevocable tendencia hacia el decoro y la carencia de impacto en el quebradizo estado de la colectividad gracias a Hollywood y sus huestes, cuya fidelidad ya la quisiera un predicador dominguero? Pues el “AntiDisney”, desde luego. Y es aquí cuando entra Ralph Bakshi ¿Qué no había oído hablar de él? Bueno, para su remedio, he aquí esta columna sobre un creador que canalizó su poder creativo al versátil y dúctil medio de la animación donde puso de manifiesto, a través de procaces y obscenos ejercicios satíricos de vociferaciones sociológicas, que los dibujos animados y los dejos perversos que ya asomaban, pero que nunca se exploraron respecto a las relaciones asexuadas entre ratones antropomórficos, jamás fue exclusividad de las febriles mentes de quienes siempre sospecharon la naturaleza sexual de un pato con traje de marinero y de la sospechosa virginidad vitalicia ( o, aquello que Mattelart y Dorfman expusieron en su divertido libro “Para Leer al Pato Donald”).
Ralph Bakshi (1938- )fue un verdadero hijo de su tiempo, con un trasfondo histórico digno de una película de Wes Anderson (nació en Israel, su familia emigró a Nueva York debido a la Segunda Guerra Mundial y creció en los lúgubres confines afroamericanos de Foggy Bottoms, integrándose a las rutinas y caló del ghetto negro, donde tuvo un privilegiado asiento de primera fila en el desenvolvimiento de la segregación racial y la ignorante condición de las minorías de la Tierra de la Libertad, aprendizaje urbano que aplicaría a posteriori en sus filmes). Como muchos sujetos sometidos a un opresivo ambiente, su evasión consistió en desempeñarse en alguna actividad de singularidad artística, impulsado por su fascinación en las ondas de choque provocadas por los beatniks y el jugoso jazz de Duke Ellington. Al percatarse de su habilidad para el dibujo, y siendo admirador de los dibujos animados de la Warner Bros., decidió incorporarse en las crecientes filas de animadores independientes que trabajaban a maquila para diversos estudios cinematográficos. Su experiencia y dedicación en la manufactura de personajes de caricatura fueron esenciales para purgar las carencias existenciales y desencanto hacia la doble moral de su patria adoptiva que lo embargaban, así que los universos alegres y melódicos que ayudaba a diseñar mediante su pericia en el trazo que guardaba detrás de colorida faz un hastío hacia la cultura del contentismo post-Roosevelt y el pay de manzana, un desahogo creativo que alternaba, a su vez, con la adoración que sentía por la figura femenina, tanto dentro como fuera de las hojas de papel.
Su empeño por independizarse de los gigantes de oropel en Los Ángeles culminó en la creación de su propio estudio y algunas series animadas famosas de los 60’s, como “Robin Hood en el Espacio” (un servidor se declara fan incondicional de tan limitada estéticamente, pero rica discursivamente serie de ciencia ficción) y la ya inmortal adaptación que hiciera sobre “El Hombre Araña” en 1967 con el tema musical que ha perdurado hasta la fecha. Mas sería su incursión en pantalla grande lo que patentizaría tanto su línea idiolectica como las intenciones plásticas que deseaba presentar a un público tan desilusionado del sistema con un estilo de animación no tan pulido o estilizado que sus contrapartes felices de Hollywood, mancillando los preceptos impuestos por el monarca Disney sobre la convivencia grata y azucarada entre personajes cantantes de cuentos de hadas y soportes de una ideología vencedora a fuerza de bombazos. La cinta: “Fritz, El Gato” (1972), una adaptación al ácido cómic de Richard Crumb donde el felino del título vive la nihilista vida de un sibarita hedonista en un Nueva York de literal fauna decadente y, para ese momento, muy actual. El filme quebrantó una serie de tabúes y se consolidó como un éxito financiero rotundo, logrando un fenómeno similar al de “Garganta Profunda” donde su revisión constituía no sólo un acto de rebelde anticonformismo sino una confrontación con los aspectos y valores predeterminados por Tom y Jerry. Un nuevo autor en el terreno de la animación lograba dejar huella en la cultura pop y ahora este semita lograba manosear todo lo que el Torá le prohibió alguna vez que hiciera.
Su carrera se bifurcó hacia dos puntos integrales: aquellas cintas de contenido meramente urbano donde sus personajes cuestionan y contrastan los paradigmas de la comunidad norteamericana machacada por el Watergate y la nostalgia batida ante el declive del imperio americano (“Heavy Traffic”, “American Pop”, Coonskin”) y aquellas que explotan su afición hacia la literatura mitológica y que ofrecen un silogismo contundente sobre el imperativo escapismo de su creador (“El Señor de los Anillos”, “Hechiceros”, “Fuego y Hielo”) que a su vez han logrado colarse en las filas de los clásicos modernos.
Bakshi ha abandonado la dirección y creación de proyectos animados y su profana presencia comienza a hacer falta, sobre todo ahora que un éxito taquillero animado sólo puede encontrarse en ambiciosas reposiciones en 3D de proyectos añejos o adaptaciones nacionales de personajes ajenos a nuestra idiosincrasia. Plegarias a un Anticristo cuyo mejor acto de destrucción fue el derribar traumas sociales.
Nota: Las cintas mencionadas se encuentran a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán
Correo: [email protected]