Luis Muñoz Fernández.

¡Pinche india!, tronó el actor bigotudo, “barbicerrado” y blanco de cutis en un raro momento de sinceridad. Lo suyo fue exponer abiertamente la razón por la que en las telenovelas encarna con tanta naturalidad al patrón, al capataz o al macho alfa del rancho o de la hacienda. Pese a sus inútiles intentos por deslindarse de sí mismo, quedó retratado para la posteridad con un “flashazo” que de paso iluminó esa parte sombría de nuestro mexicano ser que sólo mostramos abiertamente cuando estamos en confianza.

No he encontrado una mejor descripción de este fenómeno que la que nos ofrece el escritor e historiador Federico Navarrete:

El racismo mexicano es como sacarse los mocos con el dedo: una costumbre que practicamos siempre de manera vergonzante y que negamos con ahínco en caso de que alguien nos la achaque. Y como hacemos con los parientes, amigos o colegas a quienes sorprendemos hurgando sus fosas nasales, también aprendemos a hacernos de la vista gorda y a mirar a otro lado cuando alguien a quien respetamos incurre en acciones o dichos discriminatorios.

Aparentemente distinto del racismo, que hoy es políticamente incorrecto, en nuestro medio campa a sus anchas el clasismo. En realidad, los dos son indisolubles y suelen recaer en la misma víctima morena y pobre a la que encima se le echa en cara su falta de ambición para ascender en la escala social. No es tan simple: en una sociedad donde lo que importa es la cuna, el dinero y las relaciones, las oportunidades para la movilidad social del “naco”, por muchos méritos que tenga, son escasas.

¿Habrá alguna relación entre el racismo y la violencia cotidiana? Navarrete cree que sí:

Una de las causas por las que hemos tolerado la atroz espiral de muerte y violencia que nos ha rodeado en los últimos años han sido los perjuicios racistas que nos dividen y que han vuelto invisibles en vida, y por lo tanto también prescindibles, “asesinables” y “desaparecibles”, a la mayoría de nuestros compatriotas.

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