COLUMNA CORTESu nombre probablemente no resuene con la potencia debida en los pasillos donde mora el glamuroso brillo de los monstruos sagrados de Hollywood o siquiera tintiné una nota referencial en la memoria colectiva de la población cinéfila mundial, pues Dick Smith nunca barajó la tentativa de la inmortalidad cultural. ¿Cómo considerarlo siquiera, si sus ambiciones juveniles no sobrepasaban una habitual meta laboral como dentista o incluso zoólogo? Pero su nombre alcanzó un grado icónico involuntario justamente al permanecer en el anonimato, ya que su consigna no era la gloria mediante su rostro o apellido, sino crear para otros las leyendas que ahora permanecen cinceladas en la historia del cine como sus creaciones, las cuales aún fulminan la capacidad de asombro de cualquiera que se deje seducir por tan deslumbrante legado. Pues verán, Dick Smith fue el maquillista que le enseñó a toda una industria cómo transportar las fantasías e inmanentes entelequias a una fascinante realidad captada en 35 mm, y al procrear imposibles seres de leyenda, él mismo se transformó en una.
Richard Emmerson Smith (“Dick” para sus amigos y el resto del mundo) nació en Larchmont, Nueva York, el 26 de junio de 1922, canalizando sus esfuerzos académicos en la Universidad de Yale para transformarse en un disciplinado médico ortodoncista, hasta que un fortuito libro sobre maquillaje teatral cambió su perspectiva para siempre. Viéndose seducido por el sigiloso arte de la transformación facial, Smith comenzó su aplicación en las puestas teatrales de su alma mater, hasta conseguir trabajo como jefe de maquillistas en la entonces incipiente estación televisiva NBC, donde de forma autodidacta comenzó su profundización, estudio y experimentación en el medio. Con el paso de los años, su oficio comenzó a trascender y en 1965 publicó un libro titulado “Dick Smith’s Do-It-Yourself Monster Makeup Handbook”, en realidad una compilación de suplementos aparecidos en la entonces imparable publicación “Famous Monsters Of Filmland”, auspiciada por su fundador y estimado colega Forrest J. Ackerman. El texto fue un éxito de ventas, colocando el nombre de Dick Smith entre los aficionados al cine fantástico, pero esto era tan sólo una endeble chispa de celebridad comparado a lo que vendría.
En 1970, Smith logró ver por fin su sobrecogedora capacidad con el látex, la gomaespuma y la pintura en pantalla grande con “Pequeño gran hombre” (Arthur Penn, E.U.), desacralizante y oscuro western donde le fue comisionada la titánica tarea de transformar a su protagonista, Dustin Hoffman, en un hombre de 121 años. El resultado fue contundente y Smith pasó de ser tan sólo una referencia de culto, a alguien a quien se le podía encomendar lo imposible. Y eso fue exactamente lo que ocurrió durante los tres años siguientes con su trabajo en dos filmes que redefinieron la naturaleza del filme norteamericano durante la década de los setenta y alcanzaron un estatus de hitos cinematográficos: “El Padrino” (Coppola, 1972, E.U.) y “El exorcista” (Friedkin, E.U., 1973). En la primera, su desempeño se focalizó en despojar de artificios el asesinato en celuloide y llevarlo a un mundo real y natural; mientras que en la segunda, una orgía de pavorosos efectos especiales aterrorizó al mundo entero cuando Smith puso a prueba la resistencia del público mediante una serie de calistenias demoníacas nunca antes vistas y que fijarían un estándar a seguir hasta la fecha. Dick Smith había puesto el oficio de maquillista en un punto alto y de respeto y la página jamás dio vuelta atrás. Sus aportaciones a otros filmes de renombre como “Taxi Driver” (Scorsese, E.U., 1976), “Maratón de la muerte” (Schlesinger, E.U., 1976), “El francotirador” (Cimino, E.U., 1978), “Estados alterados” (Russell, E.U., 1980), “Scanners” (Cronenberg, Canadá, 1981) o “Amadeus” (Forman, E.U., 1984) sólo cimentaron su pasmosa habilidad para moldear la realidad a su antojo, cual deidad desquiciada y retorcida, y valorar las infinitas posibilidades que sobre la narrativa y la construcción de personajes puede tener el arte del maquillista.
Rick Baker (“Un hombre lobo americano en Londres”, “Hombres de negro”), su más famoso y aventajado pupilo, comentó en alguna ocasión que si alguien merece un Óscar, ése era Dick Smith. La Academia atendió a su sugerencia y en 2011, el maestro del prostético y los efectos especiales recibió un premio especial que honraba su ilustre carrera. Tal vez para muchos de quienes aplaudían mientras subía al estrado a recibir con humildad su presea, no tenían ni idea de quién se trataba, pero indudablemente en algún punto de sus cinéfilas vidas habían encarado alguna vez su trabajo o el de alguno de sus múltiples alumnos, como Stan Winston o Greg Cannom, una suerte de progenie maquiavélica que sólo tenía en mente la conquista del imaginario colectivo. Y su padre Dick Smith, recientemente fallecido, sólo sonreía, en las sombras de un anonimato mainstream, pues si bien su nombre no resonaba en los pasillos de los monstruos sagrados de Hollywood, su inmortalidad ya se aseguraba en otros monstruos, aquellos que moran en la memoria y el deleite de quien ama el 7º arte y que jamás, jamás se irán.
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