“Lamento no tener la dignidad de Ricardo Montalbán, la clase de Dean Martin o el sentido del humor de Bill Cosby. Lo que SÍ tengo es el corazón de un león”. B. R.

Burt Reynolds, al igual que Clark Gable, nunca fue un actor de compromisos dramáticos. Su sonrisa socarrona, su disposición altanera y el culto que le rendía a su propia hombría no le daban cabida a las lágrimas en su desempeño histriónico. Y eso le quedaba perfecto, pues no necesitaba probar nada, más que su solo engreimiento y arrollador carisma bastaban para embolsarse a un público que aprendió a adorar a este actor a fuerza de una personalidad adecuada a su tiempo, mezclando la postura viril de un Kirk Douglas con un toque de actitud acre y sardónica. Con o sin mostacho, Reynolds terminó por acrisolar el sentir de una era donde él, como héroe de la película, se permitía dosis de amoralidad para amoldarse a una sociedad norteamericana que transitaba entre el idealismo y la bancarrota emocional en esa mítica era de desencanto conocida como los 70’s, para después cimentar su efigie como paladín de la era Reagan mostrándose más como un hijo de la ideología ochentera gringa libre de compromisos pero atada a su ideología con personajes que no necesitaban morteros o ametralladoras para aniquilar al enemigo, pues bastaba con que abriera la boca.
Varias son las cintas que legó a la cultura pop, dejando mella en jóvenes espectadores como su servidor quienes disfrutábamos cómo su acidez discursiva aniquilaba a sus adversarios mientras derretía los corazones dentro y fuera de la pantalla con esa sonrisa semicubierta por aquel vello facial, como una máscara que no le permitía aparentar felicidad completa, sólo mostrando lo que él quería que viéramos. Y si bien su cuota de películas malas es alta (“Carrera de Locos” y secuela, “Mis problemas con las Mujeres”, “Paternidad”, “Ciudad ardiente”, “Malone”, “Policía y medio”, “Todos los perros van al cielo” y un prolongado etcétera), éstas poseen cualidades que emuladores de su estilo como Bruce Willis o Dawyne Johnson jamás tendrán, comenzando por la desenfadada naturaleza de sus relatos al punto que las cintas parecen saberse malas, pero disfrutan siéndolo en aras de ponerse a los pies de un público que sólo busca ser entretenido con humor guarro, autos destrozados y balaceras gratuitas. Pero cuando Burt se comprometía a proyectos de calidad, la situación viraba vertiginosamente en ‘U’, como si fuera perseguido por un obeso sheriff en las áridas carreteras del sur norteamericano. Aquí, Reynolds brilló como un faro que guió a sus seguidores hacia filmes y actuaciones poderosas. Entre ellas destacan:
“NAVAJO JOE” (1966) – Entre la epidemia mediterránea por producir westerns liderada por Sergio Leone y sus míticas películas, surgió esta maltrecha joya de aspecto deslucido pero historia absorbente sobre un nativo americano que lleva por nombre el título del filme buscando vengar la masacre de su pueblo por forajidos caucásicos. El compromiso de Burt Reynolds en el papel protagónico es indudable y las violentas imágenes, así como el extraordinario y estridente tema a base de gritos de Ennio Morricone la han transformado en una básica de culto.
“AMARGA PESADILLA” (1972) – Un enfrentamiento entre las maneras civiles de los urbanistas norteamericanos y la brutalidad natural de los rednecks al margen del american way of life. El director John Boorman comanda a un grupo de excursionistas burgueses (que incluye a Reynolds, Ned Beatty, Jon Voight y Ronny Cox) en una travesía por los salvajes senderos de Cahulawassee, hasta que un grupo de campesinos endogámicos les hace ver su suerte. Sellada en la memoria queda el duelo de banjos donde queda claro el sesgo entre estos dos mundos y la frase “chilla como puerco”, la cual aún produce escalofríos una vez descubierto su contexto.
“DOS PÍCAROS CON SUERTE” (1977) – Este es el momento donde Burt Reynolds logra la consagración definitiva en el gusto popular al encontrar en el personaje de “Bandido” el punto tonal interpretativo que estuvo buscando, mostrándose como un encantador traficante de alcohol quien encuentra a la chica de sus sueños en la forma de una aguerrida Sally Field y su perfecta némesis en el fenomenal Jackie Gleason como el imparable y malapata sheriff Smokey, persiguiéndolo por todo Texas mientras atestiguamos el nacimiento del slapstick automovilístico que causaría furor la siguiente década, algunos proyectos incluso protagonizados por el mismo Reynolds. Habría secuelas, aunque inferiores al no poder recuperar la cualidad de zeitgeist cultural que posee esta jocosa barrabasada.
“HOOPER” (1978) – Siendo ya un joven veterano en este punto, Reynolds decide elaborar una cómica reflexión sobre su oficio poniéndose en la piel de Sonny Hooper, un experimentado doble de acción que comienza a sentirse superado por un joven colega llamado Ski (Jan-Michael Vincent), generando una batalla generacional que sirve a su vez como catarsis para el propio actor quien comenzaba su acople a una nueva generación. Una vez más el director y ex hombre de piedra Hal Needham (“Dos pícaros con suerte”) lo conduce en esta mordaz y entretenida batalla generacional.
“BOOGIE NIGHTS: JUEGOS DE PLACER” (1997) – Después del desprestigio que significó su participación en diversas películas de dudosa calidad durante los 80’s, logró la resucitación actoral de la mano de uno de los directores más brillantes de la modernidad: Paul Thomas Anderson. “Boogie Nights” no sólo transfiguró diversas herramientas de la narrativa cinematográfica estadounidense a la par de inspirar a varios creativos para replicarlo, además encontró un beneficio mutuo con la participación de Reynolds en una de sus mejores actuaciones como un pornógrafo que es más patriarca que explotador sexual, ya que el veterano actor dota de credibilidad al argumento con su magnífica interpretación a la vez que se ve retado por la lírica técnica de Anderson, dando un resultado irrepetible e imperdible.
Descansa en paz, Burt Reynolds. El Bandido por fin fue alcanzado por algo más rápido que una patrulla de condado.
Nota: Varias de las cintas mencionadas se encuentran a la renta en la Videoteca del Centro Cultural Casa Jesús Terán.

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