Carlos Reyes Sahagún / Cronista del Municipio de Aguascalientes

Debería seguir hoy con el tema que he venido desarrollando en las últimas semanas, el fantasma que recorrió Aguascalientes en los días del movimiento ferrocarrilero de 1958-59, o escribir sobre el Dos de octubre, ¿no se olvida?, o sobre el ya próximo centenario luctuoso del pintor Saturnino Herrán. También tendría que contarle de los fastos que hemos vivido Armida mi esposa junto con algunos miembros de la Corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana en Aguascalientes con motivo de los 75 años de la organización; del día extraordinario en que comimos con el chelista Carlos Prieto y la escritora Silvia Molina.

Debería contarle de todo esto, ahora que las imágenes y las voces de estos días permanecen frescas en mi mente pero, discúlpeme, esclarecido lector, no puedo dejar pasar el hecho de que el próximo sábado esta columna cumplirá 15 años de hacerse presente cada lunes ante sus ojos y su espíritu y eso, señora, señor: es algo digno de celebración.

Por lo pronto la efeméride invita a la reflexión a propósito, no sólo de la naturaleza de la crónica, sus objetivos, etc., sino, sobre todo, de la crónica que se hace en Aguascalientes, tanto en medios escritos como radiofónicos y televisivos; de la manera como las instituciones gubernamentales u otras organizaciones se involucran con esta actividad, o dejan de hacerlo, etc.

Por mi parte me siento muy agradecido con El Heraldo de Aguascalientes por la hospitalidad que me ha brindado durante estos tres lustros. Agradezco, por ejemplo, poder escribir sobre lo que quiero, lo que considero valioso y me gusta. No recibo línea de ninguna especie, aunque soy receptivo a sugerencias de mis lectores, que en ocasiones he seguido.

Y sin embargo, esto tiene su lado discutible. Entiendo, por ejemplo, que hay temas que nunca he tratado, entre que porque no he podido, o porque no he sabido cómo entrarle. Me encantaría, por ejemplo, escribir sobre el nuevo Aguascalientes, el que se alza en las periferias, y en particular hacia el oriente, la vida en todos esos lugares que son noticia cuando son mala noticia, porque ya ejecutaron a uno, encarcelaron a otro, etc.; lugares que ni siquiera sé donde quedan. ¿Valdría la pena escribir sobre toda esa gente? ¿Sobre los que viven en lomas de Notre Dame, en Mirador de las Culturas, etc.? Yo creo que sí, pero antes habría que conocerlos, tratarlos, visualizarlos.

Me gustaría escribir sobre la cultura juvenil –cultura en un sentido muy amplio–; sobre la vida nocturna, los pepenadores, las taquerías; sobre los pirruris de los centros comerciales; los mercados; los trabajadores, sus rutinas de vida, etc. Entiendo mis sesgos y mis limitaciones, esta mezcla de educación, cultura y edad, que determinan mi visión de las cosas; de la ciudad y, por tanto, mi escritura, y las acepto, a veces no sin una dosis de coraje y decepción.

Sin duda uno de los principales obstáculos que debo enfrentar es la falta de tiempo. La imposibilidad, por ejemplo, de pasar una mañana en Villas, o en Cumbres, y entrar a la tienda de la esquina para echar plática con el don del negocio, y así enterarme cómo está el asunto en aquellos lares, y pescar algún tema de interés para una auténtica crónica. Esto siempre y cuando el don se ponga de modo entre despacho y despacho del abarrote.

Pero aun con todas estas limitaciones que he señalado, también sucede que se me amontonan los temas y tristemente termino haciéndolos a un lado o, como hacen los diputados con los proyectos de ley que no les convienen y/o interesan, los mando a la congeladora, esto por la inclemente falta de tiempo.

Le ofrezco un solo ejemplo. Como usted sabe, soy Cronista del Municipio de Aguascalientes, investido por el H. Cabildo de la capital el 20 de diciembre de 2013. Entonces, por esta razón intento concentrarme en este municipio, pero luego resulta que a mí, todo lo que sea Aguascalientes, me interesa, me encanta.

Teniendo en cuenta lo anterior le comento que un día de estos mi amigo Abdón de Cosío me invitó a la fiesta del Santo Cristo indígena milagroso. Fuimos, mi siempre fiel compañera; mi esposa Armida, y yo, a la fiesta. Tomé fotografías, grabé sonido ambiente e hice entrevistas. ¿Y? Nada, a la congeladora, porque todo ese material hay que procesarlo para poder publicarlo, pero casi de manera invariable el tiempo me gana; me rebasa, y otros asuntos más inmediatos reclaman mi atención.

En fin. Que se acaba el espacio pero no la cuerda, así que debo cortar. La verdad es que querría hacer algo especial para celebrar a esta quinceañera, no sé: echar cuetes, traer a la Banda Municipal a que interprete Las Mañanitas al pie de mi ventana, mandarme hacer en la Plaza de Santo Domingo un reconocimiento firmado por la presidenta municipal por la labor realizada; algo que rompa la rutina de estas líneas semanales.

En fin, que a lo largo de estos años; de todos los años, el impulso ha sido el mismo, vigente y vital: la certeza de que el cronista es un personaje que trae una lamparita –su conocimiento, su estudio, su experiencia– con la que anda alumbrando personas y cosas, lugares, historias que considera valiosas y que ama; cosas que lo emocionan, y que las ilumina para que otras personas las vean y también las amen. Finalmente, en todo esto está el amor por su objeto de atención y de estudio: la ciudad, el estado; la Suave Matria. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).