COLUMNA CORTE1ª Función
“MAZE RUNNER: CORRER O MORIR” (“THE MAZE RUNNER”)
Mientras un servidor veía estas película, no dejaba de atosigarme una sensación incómoda de cierto desasosiego. ¿Sería el hígado encebollado que ingerí hace tan sólo un par de horas o sería un malestar asociado con la cinta que visionaba? Entonces, conforme avanzaba la trama de este filme, llegó a mí una epifanía con la fuerza del dólar frente al peso: mi desagrado por esta fiebre que han pescado los estudios de Hollywood por adaptar todo texto que se etiquete “para jóvenes adultos” no se basa en un proceso de disociación generacional o un repudio gratuito ante historias de inaudita banalidad e intrascendencia, sino a su descarada naturaleza derivativa, pues hasta ahora no se ha generado ninguna historia bajo esta tendencia que resalte por su originalidad o desapego a las formas narrativas convencionales. ¿Crepúsculo? Una imitación desabrida y rosa de los ya insufribles romances vampíricos escritos por Anne Rice hace décadas. ¿Los Juegos del Hambre? Refrito de la nipona “Battle Royale”, pero sin la divertida hiperviolencia y mucha más azúcar argumental para engordar la obesa y flácida percepción de los hijos del Facebook. ¿Divergente? Cualquier relato sobre futuros distópicos escrito durante los últimos 80 años que se les ocurra. Y ahora “Maze Runner”, hijo putativo de “El Cubo” y secuelas, pero con toneladas de angustia adolescente, lo que no representaría ningún problema si ésta se mostrara con honestidad y sin tapujos, pero para ello requeriríamos a Larry Clark (“Kids, vidas perdidas”) en la silla del director, genuina anatema para cualquier estudio y sus esbirros de marketing. La cinta abre con Thomas (Dylan O’Brien) y su violento arribo a “El área”, una despejada zona natural rodeada de colosales muros. Amnésico y con breves destellos de su vida pasada, se suma a una comunidad de jóvenes ignorantes del porqué fueron sustraídos de sus hogares y depositados ahí y organizan su cotidiano a partir de sus habilidades, pues unos siembran y recolectan, otros cocinan y otros corren como gacelas para tratar de resolver el misterio detrás de dicho muro, el cual oculta un portentoso laberinto que los incomunica y guarda las pistas sobre su destino. Éste cambia de forma constantemente y al igual que el laberinto de la mitologías griega, es resguardado en su interior por monstruos que en nada se parecen al fabulado minotauro, sino a unas aberraciones genéticas que los chicos han tenido a bien denominar, por razones no muy claras, “Penitentes”. Thomas desea conocer los secretos del laberinto y las circunstancias lo orillarán a aventurarse en la fatídica maraña de muros y recovecos junto a un grupo de muchachos al que se ha apegado. Alianzas se definen y brotan los traidores de rigor mientras se escabullen por los oscuros pasillos hasta encontrar una respuesta a su situación, la cual encuentran, pero no de la forma que pensaban. La trama avanza sin complicación alguna, es decir, sin sorpresas o giros de tuerca ingeniosos, pues los personajes son caricaturas a la Hanna Barbera, donde los buenos lo son porque llevan el gen de la bondad, los malos igual y a las víctimas (porque las hay) sólo les falta un cartel en la espalda que las identifique como tal. Los elementos que componen la trama son conjeturables hasta el hastío e incluso un espectador casual a este tipo de espectáculos puede pronosticar los eventos sin equivocarse. Un producto más para el consumo de los púberes -mercado meta a fin de cuentas- que, con el paso de los años, madurarán y les dirán a sus hijos con mejillas sonrojadas que éste era el entretenimiento y escapismo de principios del Siglo XXI.

2ª Función
“LÍBRANOS DEL MAL” (“DELIVER US FROM EVIL”)
Un agente policial neoyorquino (Eric Bana), devoto esposo y padre de familia, ve su cordura a prueba cuando comienza a investigar una serie de asesinatos que involucran ciertos componentes bizarros, como una mujer que arroja a un pequeño infante a la jaula de los leones en el zoológico o un misterioso encapuchado con rasgos extraños y sangre en el rostro que aparece en ciertas escenas del crimen. En el proceso se suma un sacerdote especializado en exorcismos que trabaja para la policía (Edgar Ramirez) y que le revela al oficial la genuina naturaleza detrás de este violento furor: los sujetos están poseídos. Todo conduce a un grupo de soldados que se contactaron con una entidad demoniaca mientras estaban de tour por Medio Oriente y ahora esparcen el mal en la Gran Manzana. Ahora, el policía y el cura deben aliarse para resolver el caso y salvar sus almas, pues están en la mira de las fuerzas sobrenaturales. La más reciente cinta del especialista director Scott Derrickson (“El exorcismo de Emily Rose”, “Siniestro”) es su obra más fallida, pues se nota un especial cuidado por desarrollar atmósferas interesantes y espacios ominosos y los personajes e incluso la trama queda en segundo plano, muy descuidados y sin mayor empeño. Todo queda en la mera rutina e incluso los sustos no son tales, pues se recurre al infantil y ya aborrecible recurso de espantar mediante golpes sonoros estridentes sin explorar el genuino suspenso que este relato, al parecer basado en acontecimientos reales, pudo suscitar. Bana no deja de lucir incómodo con su personaje y Ramírez sobreactúa de lo lindo. Un par de momentos eficaces (una secuencia con leones) y la relajada interpretación del comediante Joel MacHale en un papel secundario son lo más destacado en una cinta prototípica y muy estándar. El título debe referirse a los riesgos de toparse con filmes como éste.

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