Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Uno se pregunta una pregunta paradójica ¿en cuánto tiempo pasaron treinta años? La respuesta de Perogrullo no nos satisface, a menos que sepamos quien era Perogrullo, y una vez conocido tampoco nos satisfacerá y este escribidor consciente de su voluntario anacronismo dispone por hoy, dejar con la recanija duda al amable lector, con la promesa sin arras de que la próxima semana si tienen la mala fortuna de encontrarse con esta columneja, o la osadía de buscarla pese a las consecuencias, sabrán con pelos y señales de aquel señor. De lo que no hay duda es de que, como decía mi mamá en una cuarteta ripiosa, pero que me parecía simpática antes de colocarme en el supuesto: Las canas salen de ganas/ la arruga saca de duda/ pero el pelo en la oreja/ ni duda deja.

Y es que 30 años después los egresados de la primera generación de licenciados en Derecho de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, me convidaron sin resabios y obviamente sin rencores, a compartir junto con otros compañeros maestros que, sin duda no hicieron igual daño, a festejar, ¡vaya que había razón!, de tres décadas de ejercer la profesión de abogado, (todos tarde o temprano requeriremos uno, aunque sea en el juicio final). Decía Antoniorrobles, (aquel simpático escritor español), que es completamente falso que el tiempo transcurra igual en todos los momentos, así como también es falso que transcurra igual para todos. Una misma lectura puede durar una eternidad para el que no le encuentre el gusto y deslizarse en un tobogán para el que, atrapado por el escritor se somete a su encanto. La espera de las vacaciones cuando niño se alarga soporíferamente y treinta años para atrás, transcurrieron en una exhalación.

La ceremonia de conmemoración a la que fuimos previamente notificados en tiempo y forma, habría de celebrarse en primera convocatoria constituyéndose el quórum legal con quienes asistiesen. El recinto declarado oficial para el efecto fue la flamante Sala de Juicios Orales del Departamento de Derecho. Eso ya nos dio mala espina, bueno, no digo que a todos, pero sí a algunos de los mas suspicaces entre los que me encuentro. Dije para mis adentros: esto seguramente será un enjuiciamiento por lo que hicimos o dejamos de hacer en su formación de abogados. El jurado lo formaron los egresados, excepto dos, uno que se acomodó en el lugar del acusador y otro que formó parte del tribunal. El fiscal estaba prevenido en su lugar y se retorcía los dedos como disfrutando anticipadamente la acusación, la sentencia y el castigo. Siendo la hora en el lugar anunciado dio comienzo oficialmente el procedimiento, sólo que, el fiscal abjuró de su función y empezó a encontrar virtudes en lo que fueron faltas, aciertos en los múltiples errores, abundancia en lo que fue escasez, pero justo es decirlo apreció la buena voluntad donde hubo buena voluntad.

Sin duda de todas las virtudes la gratitud es la más gratificante y si ésta se da en el marco del rencuentro, que nos permitió revivir en el transcurso de la ceremonia y luego en la cena que completó el festejo, la personalidad, genio y figura, de cada uno de los integrantes y la sintalidad, (que apreciamos siempre los maestros) que es la “personalidad” del grupo, tanto mejor. Ese (este) primer grupo lo constituyeron un puñado de esforzados, bien dispuestos, generosos, aplicados, entusiastas y no pocas veces latosos “alumnillos de indias”. Todos estábamos aprendiendo.

La ocasión fue propicia para las remembranzas, y lamentablemente no estuvimos todos los que fuimos, pero si fuimos todos los que estábamos. Al pase de lista, los ausentes, otra paradoja, fueron los más presentes, Romero, Osuna, Becerra y Sifuentes, que quién sabe qué prisa tuvieron y se adelantaron en quemar esta etapa; por los maestros se evocaron al “padrecito”, al “compañerito”. No faltaron las anécdotas, los falsos testiciertos, y uno que otro infundio mal fundado que sin embargo salpimentaron todos y cada uno de los momentos de la convivencia. Como debería ser y así fue, Efrén González Cuellar a quien los demás pueden llamar Don Efrén, presidió el festejo presidiendo también el tribunal que se completó con el representante del Departamento de Derecho. Aguantar callado fue la consigna y sin embargo, como bien se señaló por el fiscal, Efrén quizás aguante, pero, hasta donde es sabido (y se sabe mucho de él) nunca se ha quedado callado. Además, hay que reconocerlo para que algunos tengan a quien echarle la culpa, fue factor determinante junto con Gonzalo González para que yo iniciara una carrera magisterial que aún no termina, y que si el tiempo lo permite y la Autoridad no dispone otra cosa, continuará a mediano plazo.

En los señalamientos de los responsables y copartícipes de la creación de la carrera, hubo algunas omisiones más por desconocimiento o mala memoria que por intencionalidad. Sin duda habría que recordar y así se hizo en la sobremesa, a Enrique Sevilla Flores quien impulsó la idea originalmente y que, lo hubiera hecho en el Instituto Mendel, de no ser porque el Dr. Alfonso Pérez Romo, con esa sensibilidad que es el sello de la casa, promovió con simpatía su arranque en la UAA, a Felipe Martínez Rizo, que no sólo no se opuso sino que hasta colaboró en la creación de la exposición de motivos y en el plan de estudios, a Héctor Valdivia Carreón, a Jesús Aguilar Sánchez, a Antonio Javier Aguilera García, todos brillantes juristas, cada quien en su trinchera: en el foro, en el bufete, en la judicatura, en la cátedra, y quizás algún otro que olvido, y que contribuyeron a definir el perfil de un abogado culto, conocedor, comprometido con la sociedad pero fundamentalmente con la justicia.

Vaya con mi agradecimiento, a mis jóvenes colegas, este articulejo entre burlas y veras, con un final que va, muy de veras: Decía Jellinek, que la Justicia es para el Derecho, como la estrella polar para el marino, nunca se alcanzará plenamente pero siempre habrá de orientar su derrotero.

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