Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Estos son mis principios. Si no le gustan…tengo otros” Julius Henry Groucho Marx.

¿Quién sabe por qué me acordé de Jorge Luis Borges que no Borgues cuando leí el resultado de la contienda interna del PAN por la presidencia del partido? Como todos los interesados o medianamente enterados sabemos el licenciado Gustavo Madero derrotó al L.E. Ernesto Cordero con un margen relativamente amplio, mas de diez puntos cuando se habían contabilizado el 94% de las casillas, lo que dio lugar a que el candidato perdedor reconociera deportivamente el triunfo de su adversario. Pero…me acordé de Borges, cuando le preguntaron su opinión sobre la guerra de las Malvinas, que sarcásticamente dijo: “Es un pleito entre dos calvos por un peine” y no por menospreciar al peine, sí porque Madero es medio calvo y Cordero, ¡qué remedio!, es un político de medio pelo, perdedor y en política mexicana ese estigma cuesta mucho trabajo superarlo.

A propósito de enchiladas platicaba esta tarde con dos amigos enterados y al día en los intríngulis de la política y coincidían en la apreciación de que los partidos políticos mexicanos carecían de las grandes figuras de pensadores, filósofos, estudiosos político-sociales que dieran rumbo y sentido a las propuestas partidistas, a sus necesarias transformaciones y adecuaciones a un mundo cambiante. Esto no es exclusivo ni privativo de Acción Nacional, sino una aparente constante en el panorama político nacional. Parece privar en el medio político un espécimen mas pragmático que ideológico que responde a las características o necesidades de la sociedad contemporánea, mas preocupada por la consecución y conservación de bienes materiales, que por los valores que, pudiéramos llamar, sin ánimo de polémica, del espíritu. (Whatever that means).

La búsqueda de la obtención del poder y mantenerlo a toda costa ha propiciado que las declaraciones de principios, sus plataformas de acción y sus acciones cada vez se encuentren mas cercanas, mas semejantes, menos radicales y por supuesto mas flexibles de manera que entre las plataformas antaño irreconciliables de dos partidos ahora haya tanta cercanía que, si no fuera por los colores uno terminaría por concluir que se trata del mismo partido.

Grandes pensadores fueron los que fundaron el Partido Acción Nacional, con una ideología democrática con un pensamiento nacionalista y mas identificado con una visión genéricamente conocida como de derecha. Pero también grandes pensadores, grandes ideólogos se encontraban en la gestación y definición de otros partidos políticos. El Partido Nacional Revolucionario, después Partido de la Revolución Mexicana y finalmente Partido Revolucionario Institucional heredó, por no decir expropió los principios de revolución mexicana que le vinieron bastante bien durante el siglo XX, hasta que finalmente de inanición o de repetición, ¡quién lo sabrá!, se desmarcó de aquella o por decirlo en una expresión muy gráfica que estuvo en boga: “se bajó del caballo”.

En la primera mitad del siglo pasado tuvo lugar una interesantísima polémica ideológica entre dos intelectuales de polendas que personificaban dos concepciones del mundo y de la vida: el espiritualismo cristiano y el materialismo dialéctico. Antonio Caso y su antiguo alumno Vicente Lombardo Toledano fundador del Partido Popular, luego Partido Popular Socialista. La polémica caló hondo en todos los sectores de la sociedad, a pesar de que no existía ni Facebook o Twitter, o quizás por eso, (tengo entendido que en uno y otro medio de comunicación llamados genéricamente redes sociales, no se permite expresar más de una idea por texto y la mayoría de las veces ninguna). La polémica dicen, se extendió a las plazas; las universidades; las iglesias; la Cámara de diputados; los sindicatos, los partidos y, desde luego, los medios de comunicación para lo cual entonces se requería tener ciertas habilidades de lectura de comprensión. La polémica representó el choque entre las fuerzas progresistas y las conservadoras confrontándose para definir el rumbo futuro del país. Caso sostenía posiciones que venían bien al superado porfirismo, opuestas a la Revolución Mexicana que habría de ser refundida como una unidad y no como la multitud de revueltas intestinas que en realidad fue, por la acción legitimizadora de Lázaro Cárdenas, el caudillo que dotó finalmente de unidad ideológica a la revolución.

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de ideología? Una ideología, dice la enciclopedia, es el conjunto de ideas sobre la realidad, sistema general o sistemas existentes en la práctica de la sociedad respecto a lo económico, lo social, lo científico-tecnológico, lo político, lo cultural, lo moral, lo religioso, etc. y que pretenden la conservación del sistema (ideologías conservadoras), su transformación (que puede ser radical y súbita, revolucionaria, o paulatina –ideologías reformistas–), o la restauración de un sistema previamente existente (ideologías reaccionarias). El término ideología al parecer fue utilizado y propagado por Destutt de Tracy en una obra de título memorable, por supuesto, Mémoire sur la faculté de penser en 1796), y en principio la caracterizaba como la ciencia que estudia las ideas, su carácter, origen y las leyes que las rigen, así como las relaciones con los signos que las expresan.

Ya en pleno siglo XIX, Karl Marx, sostuvo que la ideología es el conjunto de las ideas que explican el mundo en cada sociedad y que esto está determinado en función de sus modos de producción, relacionando los conocimientos prácticos necesarios para la vida con el sistema de relaciones sociales; esta relación con la realidad productiva es tan importante como mantener esas relaciones sociales, la ideología por una parte explica los sistemas sociales en los que se da alguna clase de explotación, y por otra parte legitima ese estadio para evitar que los oprimidos perciban su condición de opresión. En el prólogo a su libro Contribución a la crítica de la economía política Marx dice: El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.

Quizás esa concepción marxista le dio al concepto de ideología un cierto perverso sentido. Se percibió como un engaño al pretender legitimar un estado de cosas dándole una apariencia digerible cuando en realidad solo hacía prolongar la explotación del hombre por el hombre. El siglo XX se proclamó como el siglo de las ideologías pero ya en 1960 el sociólogo estadounidense Daniel Bell publicó el libro “El fin de las ideologías”, que tuvo un impacto notable. Denunciaba el agotamiento de las grandes ideas políticas que habían marcado la historia del mundo occidental. Desde su perspectiva, se estaba revelando que la política empezaba a plantearse en términos mucho más pragmáticos, tanto por parte de los ciudadanos como por los políticos. El hecho de que ahora importan mas los resultados que las ideas lo confirmaría. ¿Será?

Yo seguiré extrañando a un Carlos Castillo Peraza, a un Jesús Reyes Heroles o a un Vicente Lombardo Toledano.

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