Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Hoy resulta que es lo mismo

ser derecho que traidor,

ignorante, sabio, chorro,

generoso, estafador.

Todo es igual; nada es mejor;

lo mismo un burro que un gran profesor.

Tango Cambalache de Enrique Sánchez Discépolo.

Cariacontecido, malhumorado, triste y acongojado, me pesa en el alma, o en ese hálito vital que llaman alma, haber creído todo el complot armado para desprestigiar y acusar a un pobre minero desvalido que ha luchado, como lo hizo en su momento su padre, por la reivindicación de los derechos de sus compañeros explotados hasta la silicosis, afortunadamente Don Napoleón perseguido cruelmente por el gobierno mexicano, no tuvo que recurrir al asilo o protección política, sino que el gobierno de Canadá le concedió en su momento el estatus de “residente” y luego el de ciudadano, porque gracias a sus ahorros como minero, logró acreditar tener los ingresos necesarios y la solvencia suficiente para ser sujeto de la nacionalidad canadiense, aunque su fervor patriótico y su espíritu de sacrifico lo han orillado a regresar a México, ahora desde la trinchera invulnerable del fuero senatorial para seguir luchando por las causas de los desprotegidos. ¡Loor al benemérito Napoleón!.

Claro que es difícil sobreponerse a un ataque sistemático en el que se involucran los sentimientos mas rastreros y perversos, con tal de borrar a los enemigos políticos que, son blancos vulnerables para ser mancillados, desprestigiados, deshonrados…Afortunadamente en las campañas políticas se muestran también gestos generosos, de misericordia, de perdón, aún a los mas ruines delincuentes, o a las ovejas descarriadas que, como el hijo pródigo, regresan al redil. Para muestra la magnanimidad de un presunto gobernante que anticipa la amnistía, aunque esta corresponda solamente al poder legislativo, que eventualmente podrá aplicarse a miembros de la llamada delincuencia organizada, que ante la evidente falta de empleo de que se duele nuestro país, han tenido que sobrevivir no sólo ellos, sino que además han creado fuentes de empleo que, por añadidura han permitido ingresos de divisas como resultado de su visión comercial.

Pero en fin, de todo hay en la viña del Señor. Me sorprendió también la declaración desfachatada de una señora política, que difícilmente podría ser objeto concupiscente, que renunciando o pidiendo licencia al cargo de elección popular que actualmente ocupa en la “capirucha”, públicamente pidió perdón a los vecinos de la circunscripción que “gobernaba” por no cumplir su palabra, pero, se entiende que lo hacía por un valor superior: tratar de asegurar un escaño (¿se dice así?) en el Senado de la República porque la fecha de caducidad de su actual función estaba por cumplirse. Sacrificarse por la comunidad es un gesto valeroso que, lamentablemente no siempre es comprendido. Es peccata minuta que a fuer de seguir defendiendo los intereses populares no cumpla sus compromisos que, pudiera ser una de las razones por las que la ciudadanía le otorgó el voto. Cumplir la palabra suena tan anticuado como una máquina de escribir Remington, en esta era de todo efímero, todo desechable, todo fungible. No pasa nada, la memoria es corta y mas, ¡quién sabe por qué!, cuando de actividades políticas se trata. Es tan corta que el principio sacrosanto defendido durante casi un siglo de “sufragio efectivo, no reelección” se transformó sin que haya cundido ninguna muestra aparente de inconformidad en “¿sufragio efectivo? ¡no!, ¡reelección!”. Particularmente la “clase política” como pomposamente se autonombran algunos, está de plácemes, ya no tendrán que hacer machincuepas para saltar de una cámara a otra, de un puesto a otro, en una palabra de una “chamba” a otra, para cumplir fielmente con el apotegma del “Tlacuache” Garizurieta: “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.

Se cuenta de Groucho Marx que una de sus frases favoritas era “Estos son mis principios, y si no le gustan…¡tengo otros!”. La frase de este otro Marx se ha puesto de moda. En el léxico político mexicano se acuñaron varias expresiones para señalar despectivamente a una persona que cambiara de filiación política tan fácilmente como cambiar de chaqueta, “chaquetero” le llamaban y era una afrenta, se le marcaba como persona falto de convicciones, no digno de confianza, incapaz de mantener lealtad a una persona o a una causa. También se usa o se usaba la expresión “maromero” y recuerdo que en burla, a un mas o menos destacado político que se refugió en la dirección de un periódico, le llamaban por su habilidad para cambiar de bandera “Maromas y Maromas” aludiendo a sus apellidos “Ramírez y Ramírez”. Otra expresión popular muy ilustrativa es la de llamar “chapulines” a los que van brincando de un bando a otro, especulando con las condiciones y aprovechando los vaivenes para buscar una mejor posición política. Yo prefiero llamarles “hombres corcho”, aunque obviamente también hay “mujeres corcho”.

Me queda claro que la expresión “hombre corcho” resulta anfibológica y que podría dársele una caracterización etílica. Hombre corcho aquel que se la vive pegado al pico de la botella, pero no, no va por allí. Un corcho flota y su rumbo cambia según cambia el viento, según cambien las corrientes y no opone ninguna resistencia, si sube la marea, sube; si baja la marea, baja; si sopla el viento de la izquierda va hacia la derecha; si el viento sopla desde la derecha va a la izquierda. Como el reyecito del inolvidable cuento de Saint Exupery, que nadie le desobedecía porque siempre ordenaba lo que el otro quería hacer. Así, el hombre corcho nunca se equivoca porque siempre va hacia donde le lleva la corriente.

Francis Fukuyama publicó  el controvertido libro “El fin de la Historia y el último hombre” en 1992, en el que sostiene la idea de que la historia humana como lucha entre ideologías ha concluido, ha dado inicio a un mundo basado en la política y economía de libre mercado que se ha impuesto pragmáticamente a las creencias, ideologías o teorías. Parece que nuestros políticos, la “clase política” han suscrito la tesis de Fukuyama, con las ideologías han muerto las convicciones, han sucumbido los valores y han desaparecido las banderías. ¿Qué nos queda? El agandalle, y ahora, ¿Quién podrá defendernos? Ni el Chapulín Colorado, porque, obviamente, también es “chapulín”.

 

 

[email protected]                  facebook  jemartinj                    twitter  @jemartinj