Por J. Jesús López García

Una pregunta frecuente es la relativa a dilucidar la diferencia entre arquitectura e ingeniería. La arquitectura tiene sus inicios hace más de siete milenios y se constituyó como un oficio. La ingeniería -para precisar, la ingeniería civil- comenzó a definirse como profesión hace alrededor de trecientos años.

La arquitectura es una disciplina que va de lo arcaico de la utilidad cotidiana a lo sublime de lo simbólico y poético. La ingeniería es una materia utilitaria, precisa y técnica. Ambas son asignaturas hermanas, si bien fue la arquitectura la iniciadora de una serie de actividades humanas que se han ido especializando al sofisticarse la industria de la construcción y la planificación.

Hace siglos los arquitectos jumétricos o geométricos, eran los encargados de trazar las ciudades, actividad que ahora se ha delegado en múltiples disciplinas como la del urbanismo. Un arquitecto jumétrico importante en nuestro país fue Alonso García Bravo (1490-1561) a quien Hernán Cortés encomendó el trazo de la Villa Rica de la Vera Cruz -Veracruz- y después el de la Ciudad de México; si bien a García Bravo se le regatea el nombre de “arquitecto”, lo era por derecho propio, pues los arquitectos se formaban en la práctica, no en las aulas, y su conocimiento de composición, trazo y de urbanismo, le homologaban bien a un “primer constructor”, es decir a un arquitecto -que eso significa el nombre-.

Hacia esas épocas en la Europa renacentista, se estaba consolidando otro tipo de arquitecto: aquel especializado en diseñar y fabricar “ingenios” de guerra; en esos siglos XV y XVI, el refinamiento de la guerra ofensiva estaba desplazando a la guerra defensiva, con base en  fortificaciones a un segundo plano; quien tuviese el poder de atacar primero era quien podía conquistar a otros bajo pretexto de una guerra preventiva. Así que el armamento innovador se presentaba como la gran oportunidad de toda conquista. La sofisticación de esos “ingenios” de guerra produjo a un arquitecto especializado en su diseño y fabricación que terminó por adoptar el nombre de ingeniero.

Esa ingeniería inicialmente de guerra se refinó empero en el siglo XVIII con la Revolución Industrial, ávida de consolidar desplazamientos más precisos, puntuales y seguros. Ahí, con la Escuela de Puentes y Caminos de París nace la ingeniería civil, el adjetivo es para señalar que su interés es construir ingenios convenientes para las acciones utilitarias en tiempos de paz.

Al paso del tiempo la ingeniería civil no sólo se ocupó de puentes y caminos sino también en el diseño estructural de otros tipos de edificios en que la complejidad requiere la convergencia de múltiples disciplinas. Es así como apreciamos grandes obras de arquitectura que también lo son de ingeniería: estadios, rascacielos, puentes, museos, aeropuertos, entre otros, en que también se conjuntan otras ingenierías y otras muchas disciplinas -como las relacionadas con la economía y las finanzas, la psicología, el urbanismo ya independiente, el diseño industrial, la sociología e incluso la política-, de la misma manera que en tiempos antiguos el arquitecto se acompañaba de los naturales albañiles, pero también de canteros, vidrieros, carpinteros, doradores, herreros y orfebres.

Hacia el noroeste de nuestra ciudad, aún en pie y en uso, se encuentra el antiguo puente de San Ignacio, levantado por los jesuitas hacia 1743 -a decir de Alejandro Basáñez Loyola-; para su inauguración en 1759, las torrenciales lluvias lo derribaron, retomando la construcción el gobierno de la villa para 1780, culminando la obra en 1797.

El puente en cuestión coincide con el siglo de la Ilustración y de la Revolución Industrial, y naturalmente con el espíritu de hacer de la comunicación un factor importante para el desarrollo comunitario y social. Su levantamiento en piedra sin embargo sigue los cánones tradicionales de bóvedas con base en arcos de medio punto con elementos desplantados en basamentos de sección semicircular. Los alarifes de ese puente eran coordinados por el cotizado constructor Nicéforo Ornelas, quien se desempeñaba como maestro de obras. Esta obra en sí, coincide con el tiempo histórico en que arquitectura e ingeniería civil se escinden para constituirse como disciplinas del mismo fenómeno de la construcción. La primera piedra de ese puente -al que urge preservar descansándolo del tráfico rodado que aún se presenta sobre él- puede apreciarse en el vestíbulo del Colegio de Arquitectos del Estado de Aguascalientes, pero sin duda es una obra que pone en relieve la hermandad de las dos disciplinas capitales de la construcción pues lo mismo es una buena y venerable obra de la arquitectura y de la ingeniería.

Es de llamar la atención cómo una edificación de tal envergadura ha sobrevivido a torrenciales lluvias a lo largo de más de dos siglos, lo que ha permitido a los habitantes aguascalentenses que se comuniquen, a través del puente sobre el Río San Pedro, al noroeste de la mancha urbana. Indudablemente que su fábrica es de tal calidad, que incluso en una ocasión primero se vino abajo aquel puente sobre la salida a Calvillo, que el puente de San Ignacio, que aún permanece sólido y de pie.