Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Érase una vez un director de cine taiwanés llamado Ang Lee, quien durante su juventud gustaba de crear historias íntimas, dramáticas y honestas sobre el tejido emocional del ser humano en cuanto a relaciones interpersonales como las memorables “El Banquete de Bodas” (1993), “Comer, Beber y Amar” (1994 o “El Tigre y El Dragón” (2000), logrando posteriormente una fructífera transición al cine anglófono creando películas tan disímbolas e interesantes como “La Tormenta de Hielo” (1997), “Hulk” (2003 –y sí, me parece una de las adaptaciones comiqueras más interesantes por los mismos detalles que los zombis Marvel argumentan en su detrimento) y “Secreto en la montaña” (2005). De pronto, la brújula creativa de Lee comenzó a desmagnetizarse y ha perdido estrepitosamente el rumbo con cintas anodinas, banales o sensibleras como “Bienvenido a Woodstock” (2009), “Pi: Una Aventura Extraordinaria” (2012) o “Billy Lynn” (2916), culminando en el abismo de la genuina estupidez con “Proyecto Géminis”, la cinta que ahora nos ocupa por su reciente estreno en cartelera y que tiene el hedor de los productos más derivativos de las películas de acción de los 90’s tal vez porque se trata de un guion que lleva veinte años rondando las oficinas de Hollywood (en su momento nombres como el de Tony Scott, Curtis Hanson y Nicolas Cage estuvieron ligados al proyecto) o simplemente tanto el director como su protagonista, el también productor y monomaniaco por antonomasia Will Smith simplemente no pudieron ver cuán caduca y escuálida era la trama, la cual debió percibirse novedosa hace un par de décadas cuando la clonación estaba en boca de todos gracias a la oveja Dolly (incluso se le menciona en una escena de esta cinta), pero ahora ya no sirve ni como mendrugo de ciencia ficción serie “B”, y ni siquiera éste es el problema medular del filme, pues el tumor real que posee es el tener que soportar tanto a un Will Smith veterano como a una versión rejuvenecida de él gracias a, eso sí, un trabajo muy decente de hojalatería y pintura digital para darle a su clon un aspecto veinteañero a la “Príncipe del Rap”.

Para quien lea con escepticismo mi reserva con respecto al argumento, aquí va una sinopsis que pudiera tratarse de clásicos noventeros de acción hipermasculina tipo “Contracara” (1997) –menos la honesta y caricaturesca simplificación de la violencia fílmica-: Henry Brogan (Smith) es un mercenario infalible contratado por las acostumbradas agencias sombrías gubernamentales para eliminar objetivos políticos que decide retirarse al enfrentar los cincuenta años de vida. Pero los jefazos no desean que sea así de fácil y mandan a su clon veinteañero (también Smith) para que lo elimine, pues Brogan sabe demasiado como para dejarlo ir así nada más. Ahora ¿Por qué existe un clon para empezar y cuál es el objeto de enviarlo para eliminar a su versión veterana? Bueno, la explicación de la película es burdísima y muy obvia: porque Brogan es el mejor asesino del mundo y vale la pena gastar los billones de dólares que se requiere para duplicar un ADN humano en quien puede donarle tales talentos al gobierno estadounidense para sus operativos fascistas, algo que al menos Smith cuestiona en una escena de la cinta cuando no comprende porqué clonarlo a él y no alguien más digno como Nelson Mandela. Al final las repercusiones éticas de la supuesta ciencia involucrada en el relato no importa, pues la película se preocupa mucho más en presentar lo mismo de siempre: protagonista que debe luchar por su vida ante circunstancias adversas, un interés amoroso forzadísimo interpretado por Mary-Elizabeth Winstead quien interpreta a una agente comisionada para vigilar a Brogan de lejitos sólo para involucrarse voluntariamente a fuerzas y la aparición del obligado mejor amigo bonachón y chistosón que apoya incondicionalmente al héroe a cargo de Benedict Wong, el único que luce convincente en un mar de personajes estereotípicos.

La cinta aburre como pocas no solo porque telegrafía todos sus movimientos a kilómetros de distancia, sino porque en verdad no aporta algo, ni una pizca, al género o al espectador por su insistencia en recurrir a los mecanismos de siempre revelando un guion tan anémico en creatividad que sorprende no esté muerto. “Proyecto Géminis” se percibe como la recta final en la carrera de un Will Smith ya urgido por un éxito después de una senda de fracasos que ya va para diez años, por lo que esperamos haga lo mismo que este personaje y se retire en vez de andar clonando sus personajes película tras película.

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