Por J. Jesús López García

Los críticos del arte y la arquitectura tienden a catalogar las tendencias y estilos en dos campos casi sumarios. Tendencias y estilos mayores y tendencias y estilos menores, se consideran de esa manera por su relevancia significativa, simbólica, cultural, constructiva, y por la trascendencia de sus postulados a través de geografías y tiempos diversos. Ocurre que en ocasiones alguno o algunos de esos supuestos se cumple pero a falta de los demás, esa tendencia o estilo no llega a alcanzar una posición firme entre los catalogados como mayores.

Lo anterior se muestra más potente en la arquitectura, pues tradición e innovación son dos facetas que más que antitéticas se fusionan por lo regular en un mismo estilo o en un mismo edificio llamado a encabezar una variación que puede convertirse en una tendencia, y posteriormente un estilo. Los moldes de la arquitectura racional del Renacimiento fueron constrictivos para alguien del genio de Michelangelo Buonarroti (1475-1564), conocido como Miguel Ángel,quien llegó a la arquitectura a través de su obra escultórica. Sus edificios llenos de artificio fueron en algunos casos prodigios técnicos difíciles ya no de superar, sino simplemente de emular -como la gran cúpula de San Pedro del Vaticano-. Fue ese artificio lo que inspiró a sus seguidores para montar el estilo “manierista” derivado del Renacimiento. “A la manera” del maestro tal, era el término que definió a la tendencia.

Ya viejo Miguel Ángel se quejaba de que los jóvenes arquitectos se preocupaban más por inventar un remate vistoso e inusual que por hacer una arquitectura bien proporcionada y bien construida. Su genialidad le separaba de la tendencia que él mismo ayudó a promover y de ahí se sentaron las bases formales del barroco. Pero tanto manierismo como barroco fueron variaciones, que no llegaron a tener el impacto de la racionalidad clásica que traza una genealogía casi directa desde los cánones clásicos fijados en el mundo grecolatino, pasando por los logros técnicos góticos, la claridad compositiva renacentista, el neoclasicismo ilustrado del siglo XVIII y, de ahí, a las tendencias derivadas de la Revolución Industrial que eclosionó en la Escuela Moderna de arquitectura. Del barroco se derivó el rococó como una vertiente profana de su imaginería compositiva y luego, en el siglo XIX con el eclecticismo, volvió a traerse a colación, pero sin su filo católico contrarreformista que fue su esencia básica.

Auguste Choisy (1841-1909), gran historiador decimonónico de la arquitectura y formado como ingeniero, postuló de manera categórica que los estilos mayores, los de más resonancia, eran aquellos fieles a la experimentación técnica de la construcción. Desde ese ángulo dichos edificios con profusión de formas ajenas a su naturaleza constructiva, son parte de los estilos y tendencias menores. El vistoso deconstructivismo es parte de ese elenco.

Considerado una tendencia menor, el Art Déco fue parte de una estrategia de diseño enfocada a mostrar una modernidad no tan radical, que sin pretender la ruptura con la tradición, no renegaba de ella. Podría decirse que el Déco era una búsqueda de lo moderno con los formulismos del pasado: formalismo, simetría, composición tradicional, haciendo uso de técnicas mixtas empleando indistintamente columnas y trabes, muros de carga; la paleta de materiales igualmente democrática no tenía compromiso con algún uso experimental, mas que en el logro de formas novedosas, como ocurría con el manierismo y en el barroco.

El Déco en Aguascalientes, al que se afilia la finca ubicada en la calle Petróleos Mexicanos No. 211, frente al jardín Manuel Carpio, fue un fenómeno arquitectónico compartido con otras ciudades del país en que tras la Revolución y la paulatina pacificación del país, se buscaba una forma nueva para la arquitectura. Una forma que denotara modernidad, pero sin la radicalidad del Movimiento Moderno, por tanto no displicente de las tradiciones locales ni de las mundiales, ya conocidas a través del cine, la radio, las fotografías y las revistas. El Déco unido a tendencias menores paralelas como el “neocolonial” y a tendencias  y estilos de mayor calado crítico e intelectual como los enmarcados por el Movimiento Moderno, empezó a asentar una manera arquitectónica para los inicios del México posrevolucionario. Más que una tendencia fue una manera de encarar la construcción, el diseño y la configuración de las ciudades.

En lingüística la prosodia es la rama que trata lo referente a la entonación y los acentos. La prosodia se va fijando en el habla cotidiano y se constituye como una manera de hablar. El Déco en nuestra ciudad se constituyó como una manera de prosodia arquitectónica en que se fijaban los acentos de la forma y se afinaba la composición de una gran variedad de edificios que actualmente, si los observamos con cuidado, presenciaremos lo que fue un diálogo entre hablantes característicos de toda una época.

Sin duda alguna el Art Déco aguascalentense representó una manera acorde con el espíritu de los tiempos que se estaba viviendo en ese momento. Afortunadamente para nosotros, aún existen múltiples fincas de esta codificación expresivo-formal en perfecto estado de construcción para poder apreciar, analizar, valorar y conservar.