José Luis Gómez Serrano
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…dar es lo que aniquila.

Dicen que cuando Echeverría iba a ser presidente, lo llamó Díaz Ordaz y le entregó tres sobres, para ser abiertos en caso de gran emergencia. Pasa el tiempo y el lema Arriba y adelante que usó Echeverría en la campaña es objeto general de burla, y decide abrir el primer sobre, que decía: Cambia de nombre a dos o tres secretarías. Echeverría sigue el consejo, la gente se entretiene un rato tratando de entender la Misión, Visión y Valores de las renombradas secretarías, y después vuelven los problemas. Abre el segundo sobre, que dice: Echa la culpa a tu antecesor. También esto funciona durante un rato, pero al final la gente no se la cree que todos los males del país son causa de Díaz Ordaz, la economía va mal, el sueño echeverrista de convertir a cada mexicano en un burócrata fracasa, y el peso se tiene que devaluar. En agosto de 1976, cercano el día de ceder el poder, se decide y abre el último sobre: Prepara tres sobres para el siguiente, era el consejo.

Creo que todos los candidatos a puesto de elección en cualquier país están conscientes de que para ganar tienen que decidir qué van a prometer en campaña. Si hacen muchas promesas, el electorado podrá entusiasmarse y votar por ellos, pero después se verán obligados a cumplirlas; cuando hay pocas promesas en campaña, el candidato tendría manos más libres si gana la elección, pero una campaña sin promesas es peor que ir a votar por una torta y un refresco. Por lo tanto, los políticos enfrentan un dilema y esperan ser iluminados por una gran intuición que señale el camino, como la que tuvo Niels Bohr, autor del modelo atómico que lleva su nombre, quien conjeturó en 1912 que la discontinuidad en los niveles de energía observados en los electrones eran debidos a que hay solamente ciertos niveles de energía posibles, dando origen al profundo concepto en física de salto cuántico. Reflexionando sesudamente, a alguien se le ocurrió la solución al dilema del político en campaña: hacer promesas sin prometer nada, observando que una promesa se compone de dos partes: 1) aquello que se promete, 2) la envoltura en que se presenta. ¿Qué tal si la promesa es llamativa, aunque no tenga contenido? Podrá atraer votantes irreflexivos –en este mundo, la mayoría- que se fijen nada más en el envoltorio del regalo, y el candidato no será sujeto a exigencias al llegar al puesto, porque nada más dijo algo bonito, sin prometer nada. Así fue como nació el Lema de Campaña.

Yo creo que esta intuición iluminó a alguien entre 1968 y 1970, porque antes de eso los presidentes no necesitaban ni siquiera hacer campaña, mucho menos tener un lema; he buscado sin éxito los lemas de Díaz Ordaz y anteriores presidentes, sin encontrarlos. Todos sabemos que México cambió en 1968, y el nuevo país empezó a exigir a sus presidentes: por favor, entréguenos algo, aunque sea un lema.

Echeverría estrenó los lemas con uno ideal: Arriba y Adelante, su lema era prácticamente una porra que gritamos los mexicanos en un cumpleaños. Amparado en ese inteligente lema, Echeverría pudo hacer lo que quiso, despilfarrar el dinero, inventar oficinas y cargos, endeudar al país y devaluar el peso; al final, lo único que se fue arriba y adelante fue la cotización del dólar.

López Portillo era un gran orador, un hombre culto al que perdió la vanidad y el dinero. Recuerdo que casi me hizo llorar un día que entré al Cine Latino en el momento en que pasaban un extracto de su primer discurso, donde pedía perdón a los pobres y desposeídos; después supe que no pedía perdón a los pobres que creó Echeverría, sino a los que él mismo iba a crear. Amparado en un lema que apelaba a nuestra solidaridad, llegó al poder con las palabras La solución somos todos, idea que el pueblo compró cansado de las locuras del anterior sexenio. López Portillo se dedicó a administrar la abundancia –otro posible lema,- que después entendimos se refería a la abundancia de él, su familia y su gabinete. Al final, el lema original se convirtió en La corrupción somos todos, y López Portillo se convirtió en el presidente del oprobio, el perro chillón que había proclamado “defenderé al peso como un perro”.

Miguel de la Madrid entendió la molestia popular por los atracos de JLP, y vio con claridad que el país necesitaba cambiar, utilizando como lema La renovación moral, palabras peligrosas que casi lo comprometieron a portarse bien. Naturalmente no renovó la moral, porque la culpa de las desgracias recaía toda en JLP, y dicen los entendidos que desde Palacio Nacional se difundió la consigna “maten a López por pillo”. El sexenio transcurrió gris, con más pena que gloria, y tuvo que solicitar ayuda a Manuel Bartlett para que el poder se transfiriera a Salinas de Gortari, no a Cuauhtémoc Cárdenas.

Carlos Salinas mostró visión con un lema minimalista: Solidaridad. En su nombre se construyeron carreteras y puentes, y todavía vemos por esos caminos el monumento que recuerda el lema. Es un hombre inteligente, pero no simpático. Recuerdo que cuando su protegido Otto Granados empezaba como gobernador, Salinas nos visitó para hablar en un acto del Infonavit, con esa voz aguda y un poco chillona que posee, y cometió el error de empezar su discurso con el tonito del DF, que aquí en Aguascalientes no nos gusta mucho. Pero Salinas era inteligente, y en tres o cuatro segundos comprendió que tenía que cambiar la voz, y de golpe empezó a utilizar un acento más neutro, que ni es del DF ni de ningún lado. Salinas se dio cuenta que el mundo había cambiado y negoció el ingreso de México al TLCAN con EEUU y Canadá, pero los mexicanos no cambiamos, ahora compramos productos extranjeros aunque seguimos exportando maquila y braceros.

Ernesto Zedillo recibió una economía sostenida por alfileres y la bomba le explotó en los primeros días. Del Bienestar para tu familia, improvisado lema de campaña, quedó el eterno deseo de mejorar, pero no el bienestar. No se sabe bien cuál fue el lema de Vicente Fox, quizá El gobierno del cambio, pero sí se recuerdan sus puntadas, los 15 minutos que tardaría en arreglar “el problema de Chiapas”, las víboras y tepocatas, por ejemplo personas cercanas a él, que como en todos los sexenios aprovecharon la proximidad del poder para enriquecerse. Felipe Calderón quiso ser El presidente del empleo pero como no había leído a Sun Tzu, se lanzó a una guerra que no podía ganar, y que todavía padecemos. Finalmente, creo que Enrique Peña Nieto dijo Mi compromiso es contigo, frase hermosa como todos los otros lemas, hueca como pelota de futbol y que hasta la curiosidad nos quita por saber cuál será el siguiente lema.

Este pequeño análisis demuestra que los candidatos a presidente en México son más inteligentes que los de Estados Unidos, porque se lanzan a la compaña con lemas y promesas más vagas. Trump se echó la soga al cuello porque hizo promesas de campaña concretas e incumplibles, especialmente dos: “voy a drenar el pantano de Washington”, y “voy a construir el muro con México”. Cumplir el primero sería equivalente a enviar a la cámara de gas a todos los políticos norteamericanos, cosa que no sucederá porque sus abogados apelarían la sentencia, y el muro costaría US$20,000 millones, dinero que no le autorizará el Congreso. Por lo tanto, además de los problemas que él mismo se crea cada semana, padecerá todo el tiempo el recordatorio de amigos y extraños que le reclamarán, en serio y en burla, que no ha cumplido sus promesas. Yo sigo creyendo que Trump ni quería ni quiere ser presidente.

Aquí en México tenemos otro merolico que pretende drenar el pantano de la política mexicana, es decir acabar con la corrupción. Esta promesa sólo se hace si no se conoce la Historia, o si uno cree que jamás va a estar en posición de tener que cumplirla. Al menos, los presidentes anteriores tenían la decencia de prometer unicornios, pero una promesa tan drástica y contundente me aterra: por principio de cuentas, el presidente tendría que operar con un gabinete vacío, reto a López Obrador a que nos presente un político honesto para cualquier Secretaría.

A los mexicanos nos queda la risa, remedio infalible contra casi cualquier pena; dos presidentes que eran inteligentes como para poseer sentido del humor, reflexionaban sobre su quehacer. Ruiz Cortines llegó a la presidencia a los 62 años, era muy flaco y le criticaban también su fealdad. “A mí me eligieron para presidente, no para semental”, les contestaba. López Mateos, simpático y mujeriego, reflexionaba sobre el valor de la Revolución Mexicana: “Los mexicanos tuvimos la revolución ideal, porque al rico lo hizo pobre, al pobre lo hizo pendejo, al pendejo lo hizo político, y al político lo volvió millonario”. No creo que este haya sido su lema de campaña -son demasiadas palabras- pero lo consultaré con mi hermano Jesús.

 

 

 

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