Por José Manuel Valdez Gutiérrez 
#SoyTormenta
#KmLife
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Qué ingrato, exigente, majestuoso y bello es el tendido de sol. Tan incongruente, tan difícil de leer, con un majestoso imán para cualquier osado que vestido de luces, haya pretendido alcanzar la gloria de una tarde de sangre y grana sin entender que por su misma naturaleza es imposible de complacer.

“Lo que llamáis azar no existe. Hay una causa para todo efecto/ y todo efecto es la causa de otro efecto. El universo no es sino una gloriosa red de fenómenos casuales”. Mónica Gae

Pablo, de pie, al centro del majestuoso coso San Marqueño, que en ese momento parece más silencioso que un desierto, gira sobre su eje midiendo cada centímetro de la plaza, sintiendo en cada poro de su piel lo que será una tarde de triunfo, de orejas, de esas orejas que exigen los apoderados y niegan los celosos jueces de plaza, y sonríe al encontrar en la imaginaria, el lugar de la banda municipal y no puede evitar escuchar en su cabeza la “Pelea de Gallos” y el estruendoso: “¡Viva Aguascalientes!”.
Pero es en un lugar en específico, en ese espacio reservado, elegido, cuidado a detalle donde imagina a la señora Beatriz López Yáñez, su madre, frotándose las manos con una sonrisa nerviosa y disimulada que no pretende esconder otra cosa que la sensación de que su corazón se le desborda por la boca, aquella que en un lejano día del 2009 lo viera hacer el paseíllo saliendo de su casa para encaminar la aventura a la lejana España a perseguir su sueño de novillero.
¿Cuál es la motivación que impulsa a un hombre a poner su vida en juego como estilo de vida?, ¿Es la fama?, ¿Es el dinero?, ¿Es la gloria?, ¿Es el arte?, o quizás, ¿la falta de respeto por la vida misma?
Lo cierto, es que queda claro que un chaval que a los dieciséis años abandona sus estudios de bachillerato en el colegio Cristóbal Colón, a sus amigos, pero sobretodo a su familia y en particular a sus padres debe, de entrada, tener algo que le quema en el alma, algo que sobrepasa sus instintos más básicos de confort y supervivencia. Y no es que Pablo se fuera a “la Madre Patria” a representar en carne propia a uno de los personajes de Luis Spota y callejear clamando la oportunidad de tender el capote ante cualquier baquilla.
No, él partía con lo que aparentemente era un plan cuidado, seguro, una estrategia confeccionada a la medida, con todas las herramientas necesarias para forjarle como un torero “de los buenos”, de ésos que en campo bravo se van forjando a fuego lento y cuidado. Sí, un plan perfecto, pero créame apreciable lector, no se tenía ninguna necesidad, se podrían ahorrar las horas de soledad, las angustias de los minutos interminables, la tristeza que inundaba sus pupilas después de horas de charla en un BlackBerry, poniéndose al día de los pormenores en su lejana patria.
Pero es que el aspirante tenía hechuras, una capacidad que no se aprende, un arte incrustado en los huesos, el mismo que viera don Pablo Lozana cuando en una sintonía majestuosa, Pablito les mostraba lo que su cadencia y matices eran capaces de trazar en la arena sobre las baquillas.
¡Sea pues!, ¡que Dios reparta suerte!, y comenzaron los trabajos incansables, las arduas jornadas de ejercicio y entrenamiento, de vaquillas de tipos y formas diversas que siempre planteaban un reto, que dejaban algo. Gritos y regaños abundaban, no se tenía espacio para fallos. “Naciste para figura y de mi cuenta corre que cumplas el cometido”, don Pablo Lozano lo tenía muy claro.
El hambre y las ganas se agolpaban en el pecho de Pablo. “Quiero una tarde”, “quiero la oportunidad de torear en una plaza”, eran reclamos que pasaron del espejo a la mesa y que siempre recibían la mismo contestación: “Tiempo al tiempo, chaval”.
Y se llegó el día de ser figura, un novillero tan hecho no tenía otra opción que triunfar.

“Aún no tiene vacas y ya pelea por la leche”.
Frase Popular

Ni es sus pesadillas más amargas se imaginó un debut tan desafortunado en Valencia, tan lejano de su preparación, de sus capacidades, de sus aspiraciones. Aquel 20 de Marzo del 2010 lo mandaba directo a un parón, a la congeladora, a la incertidumbre, a los gritos y regaños de su mentor, a las recriminaciones hacia un adolescente que en días previos no se comportó como un hombre responsable y en un arrebato de inmadurez tiró todo al carajo.
¡Al carajo pues! Se terminó, ya vendrán otras cosas, ya se verán las formas, ya se pensará en un plan B, no seré ni el primero ni el último que intentó algo que no se le dio…
Las líneas previas no tienen cabida ni en la cabeza ni en el corazón de Pablo, pues como le enseñó su padre, el señor Ricardo Sánchez Mier, en la vida y en los toros está prohibido rendirse, así que a mostrar tamaños, a comenzar de nuevo si es preciso, pero jamás a dimitir.
Pablo regresó a la ganadería, a tragar rabia y orgullo, al polvo, a moldear las muñecas, a dar el todo en cada día, en cada vaquilla que le tocaba en suerte.
Y se dio la ansiada revancha, el escenario inmejorable, la Plaza de las Ventas en Madrid, mejor imposible, y ahora la suerte sonreía a cada paso, en cada pase, y se dio el triunfo, y llegaron los apéndices, los ojos maravillados de taurinos de cepa se llenaban de expectativas.
La suerte estaba echada, testigos eran aquellos asistentes de lo que a ojos de muchos es hoy por hoy, el mejor matador de toros de México, un torero redondo, de hechuras únicas, de arte que enamora y pinta que intriga.
Sin embargo, poco describe lo anterior al hombre, pues el matador queda dentro de la plaza, en los corrales y burladeros, se ocupa vida y vivirla para encontrar al amigo fraterno, ése que en charlas con su compadre Juan Carlos “Chacho” Morales durante horas, recuerdan detalles inverosímiles de historias madrileñas y películas de Pedro Infante o que toma en brazos a sus pequeño ahijado “Santi” cual nuevo amuleto de un mundo lleno de supersticiones como es el taurino.
Juan Pablo está llamado a ser un referente histórico del ámbito taurino de nuestro país, un hombre de espigada figura y fácil sonrisa que protegido en esa coraza que forman en su entorno las grandes figuras, traga saliva al hacerle notar lo que la gente ve en él, y aflora su nobleza y buena cuna, su sencillez por el vivir y disfrutar el día a día, encomendando la faena al Creador tan presente en su vida.
Dios me libre, apreciable lector, a retar “peñas” y conocedores taurinos con cualquier comentario de su servidor para la fiesta brava, no es mi intención; muchos afamados y preparados serán los columnistas que hablaran de ganaderías, carteles y trajes de luces y seguirán dando cuenta de las tardes de triunfo del gran matador Juan Pablo Sánchez.
Mi afán están en dejar constancia que nada fue regalado, que todo ha sido ganado a sudor, sangre y lágrimas, que los trofeos que esboza el matador en su cuerpo después de sendas cornadas, son hoy tatuajes que engalanan su andar desinhibido en shorts por la ciudad, con esa sonrisa alegre y charla de horas, que jamás niega el saludo o el abrazo fraterno, sabedor de que en su andar se deja en claro que la vida es para vivirla como una tarde de arte y rosas.
Juan Pablo Sánchez López Yáñez, un ejemplo de vida.

Si conoces una historia de vida que merezca ser contada, comunícate conmigo: jmvaldezg7@gmail.com

(Fotos: de Juan Pablo Sánchez López)

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