Prohibido Rendirse 12 de Mayo

Por José Manuel Valdez Gutiérrez 
#SoyTormenta
#KmLife
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De Madres, deportes y amores eternos

“Si ella me faltara alguna vez, nadie me podría acompañar, nadie ocuparía ese lugar que descubro en cada amanecer, si me faltara alguna vez”.

“Si ella me faltara alguna vez”, Pablo Milanés <https://www.letras.com/pablo-milanes/>.

Un 10 de mayo cualquiera, le pido que lo escoja según sea su predilección, apreciable lector; quizá uno de aquéllos, donde hermosas madres bellamente arregladas con vestidos largos y con sonrisas de enorme orgullo, caminaban apresuradas por el centro de nuestra ciudad, apurando el paso para incorporarse a alguna de las escuelas o colegios más prestigiados de aquellos lejanos años 70’s y 80’s, incluso algunas de ellas, del brazo de una abuela con bellos cabellos blancos, que como parte vital de la familia, fue invitada a presenciar las más bellas artes desplegadas por nietos y compañeros de clase que con descoordinados bailes y desafinados cantos, hacían ilusionar a sus madres cual canto de ángeles.
Claro está, más de alguna ocultaba el desvelo de la noche anterior, terminando de coser el traje que la maestra asignó a su pequeño y, que tal vez, por ahorrarse unos pesos, decidió hacer ella misma. Pesos que gastaría siempre de buena gana en una paleta de hielo o en papas fritas y refresco en bolsa con popote para su acalorado pequeño, al término de un festival más del Día de las Madres, el cual bien podía concluir con un corto paseo por el Jardín de San Marcos, llevando en la mano un finísimo servilletero hecho por su angelito con palitos de madera y pasta adherida con pegamento blanco, cuya pintura rosa, aún no lograba descifrar como retiraría del uniforme que pintó en sus arduas labores de carpintero, y en donde la abuela no dudaría en contar alguna de aquellas bellas historias de tiempos ferrocarrileros en donde la calle López Mateos no era más que un arroyo.
O si lo prefiere, un 10 de mayo de nuestra implacable y veloz actualidad, en el norte de nuestra ciudad, donde bellas y modernas madres, con cabellos perfectamente planchados y ropa de fiesta, aceleran cual bólidos de F1, en enormes camionetas conocidas como “mamá móviles”, las cuales sortean obras públicas, cierres de calles y baches que la misma luna desearía como cráteres, con una habilidad que ni el mismo “Checo” Pérez tiene. Con niños con cortes de cabello al estilo “Maluma”, perfectamente amarrados a sus asientos y disfrutando de una película en sus pantallas planas.
¿Y qué diferencia haría? Pues lejano a ojos inquisidores y mezquinos comentarios, nadie podrá debatirle a su servidor que en todas y cada una de ellas, hay una gran superheroína, “de las de verdad”, de las que cuidan fiebres y limpian heridas, que repiten una y otra vez “Te lo dije” o que inundan sus miradas al presenciar los primeros pasos, las primeras palabras, las primeras ilusiones de amor, los primeros tacones, los primeros trabajos, etc. De las que tienen prohibido rendirse.
Aquellas madres que pasaban horas en la cocina, preparando elaboradas recetas de la abuela, cosían y confeccionaban prendas o manteles y podrían librar las batallas más encarnizadas con la marchanta o el carnicero del mercado de “La Purísima” para hacer rendir el gasto como la Bartola, que le dejaron sólo dos pesos (“Oye Bartola”, canción de Pedro Infante).
A estas atletas y atléticas mamás que se dan el tiempo para trabajar o tener negocios propios, diseñar complejos planes alimenticios para tener una familia “fit”, siempre al pendiente de redes sociales, que educan y forman hijos a cada instante, que gustan del café con las amigas, de hacer ejercicio y de enojarse con el papá de Luis Miguel los domingos por la noche.
Parecieran mundos distantes, realidades incompatibles si no fueran por dos constantes: la primera, “educar y formar al marido”, que regularmente da más guerra que el más travieso de los niños; ¡y claro está!, darlo todo y si es preciso ¡más!, por sus seres amados.
Estas heroínas son verdaderamente incansables, podrá usted encontrarlas en escenarios tan diversos como los bellos atardeceres tiene nuestro Aguascalientes; corriendo para tener el mejor lugar en un campo de futbol, donde portando los colores asignados y en compañía de otras mamás, canta una y otra vez, sin la menor pena, cantos de guerra que animan a sus vástagos a convertirse en el nuevo Cristiano Ronaldo.
¿Qué cuáles son los canticos de Guerra? ¡¡UUFFF!! Los envidiaría la barra argentina más radical, dicen más o menos así: “Además de guapos juegan bien, además de guapos, además de guapos, además de guapos juegan bien”. Tiene que reconocer usted que invita a cualquiera a tirarle un caño al rival, desbordar y centrar de rabona para que el nueve del equipo remate de chilena cual Hugo Sánchez en el Real Madrid.
También se les puede encontrar en bodegones improvisados como gimnasios en donde ellas toman clase de apnea, conteniendo la respiración en cada momento que sus pequeñas salen volando por los aires o quedan en la parte superior de una pirámide formada por otras delgaditas niñas que parecerían quebrarse con el soplo más delicado del aire. Y que se desgastan en jaculatorias cuando sus princesas dan vueltas de carro sin manos, todo para que cumplan su ilusión de ser como “Ana Lago” a quien sólo conocen del “Exatlón”.
Algunas otras, muchas, tienen bien claro que saben más que ese entrenador de natación que cree que por tener medallas de campeonatos nacionales y asistir a unos Panamericanos, saben más que ellas, por lo que desde los ventanales elevados del lugar elegido para las clases de natación, hacen señas y ademanes a sus pequeños de cómo vieron en internet que hace Michael Phelps, mientras su pequeño de dos años sólo chapotea y platica con su miss de la alberca.
Y tantas otras en el basquetbol, tenis, golf, atletismo, ballet, triatlón, ciclismo, y muchas más disciplinas, siempre listas para tomar la bolsa, los hermanos y llaves en mano, hacer una carrera en sprint al coche para llegar a casa, bañar a los niños, hacer tareas, darles de cenar, corretearlos para que se acuesten a dormir, planchar uniformes, alistar todo para la mañana siguiente y esperar con una sonrisa al esposo que llega corriendo por que ese día hay liguilla de futbol, finales de basquetbol o beisbol, o simplemente retrasmiten la repetición del pase del Real Madrid a la final.
No apreciable lector, lo anterior está muy lejano de una representación jocosa del ir y venir de estas heroínas, ¡jamás! Debo confesar que estoy maravillado con lo que hacen, les admiro, que sé que yo no tendría la capacidad, que no sé si mi corazón sea capaz de albergar tanta entrega, tanto amor, que veo a mi esposa Lorena Trujillo de Valdez y no hago más que dar gracias a Dios por permitirme compartir vida con esta alma tan grande, con este mujerón, lo confieso, “soy un hombre muy afortunado” y que al ver a estas mujeres, sé que la humanidad tiene esperanza y que vendrán cosas mejores, que mi ciudad y mi patria se han de levantar.
Y es que deben saber que procedo de buena cuna, que he tenido en mi madre, la señora Silvia Gutiérrez de Valdez, mi motor de vida, mi mayor ejemplo, ella me enseñó el amor por la lectura, por las maravillas de la Creación, siempre impulsó mi afán deportista, primero como beisbolista, persiguiendo los pasos de mi abuelo; después como futbolista, soñando jugar profesional o portando los coloridos uniformes de “Jorge Campos”. Nunca me cuestionó, por el contrario, no sólo me apoyó, ella realmente me impulsó; me compraba con sus ahorros los primeros spikes de beisbol cuando a duras penas, lograba embazarme; me inculcó a siempre antes de un partido, bolear mis tachones: “No importa que se ensucien, tú no eres como los demás”. Estuvo en mis finales, las que ganamos y en las que les dimos chance a los otros; convenció a mi padre para que me diera la oportunidad de irme a probar de manera profesional, limpió mis lágrimas cuando dijeron NO, pero nunca me compadeció, ella siempre me dijo: “El mundo es de Dios, y se lo presta a los valientes. Si es lo que quieres, lucha con todas tus fuerzas”.
Aún recuerdo su mirada y la de mi abuelita cuando un doctor picaba con una aguja mis piernas, el día que me lesioné la espalda, sólo para comprobar que no tenía sensibilidad de la cintura a los pies, sabedora de mis sueños y enfrentando la posibilidad de tener un hijo parapléjico de quince años. O cómo se limpiaba en el vestidor de su cuarto las lágrimas cuando se enteró de la gravedad de la lesión en la rodilla de mi hermano. O cómo, al lado de la cama de hospital de mi hermano menor, aún dormido después de su operación de columna, frotaba sus manos pidiendo el milagro de que mi hermano pudiera caminar nuevamente, sin saber que se levantaría para ser bicampeón universitario de futbol.
Y es que ella vivió su vida con el corazón en la mano, en todos los sentidos; era capaz de estar al filo de su cama y maravillada hasta las lágrimas, ser testigo vía televisor, de una apoteósica corrida de aniversario en la Plaza México, donde entre “olés” y suspiros, el matador en turno hacia una obra de arte. O dar gracias a Dios cuando conoció el Yankee Stadium y levantó los ojos al cielo, cumpliendo uno de los sueños de su padre.
No, mi madre no era de este mundo, no encajaba, era demasiado, en todos los sentidos apropiados, dignos y valientes que esta realidad nos pone como escenario cada día. Lo tenía claro, está prohibido rendirse, se debe dar la pelea una y otra vez, hasta el final; así, como ella partió, preocupada siempre de los suyos, de los propios y de los ajenos, pues como la Madre Teresa decía: “Se debe dar hasta que duela” y ella nunca reparó en gastos para que así fuera.

Disculpe usted apreciable lector, pero hoy he pretendido hablar de algo tan maravilloso como inexplicable, de algo tan puro, tan enorme, que no dan las líneas para plasmar la admiración que siento por esas heroínas “las madres”: la mía, la suya, ¡todas! Hoy, en una realidad en donde se les demerita y juzga por expresarse de sus hijos como unas “bendiciones”, pretenden ponerles a todas y cada una, en una misma canasta y dejar de lado que son, todas y cada una, lo más grande de la Creación.

Las madres, un ejemplo de lo mejor de la vida.

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