1ª Función

“CHRISTOPHER ROBIN: UN REENCUENTRO INOLVIDABLE” (“CHRISTOPHER ROBIN”)

La nostalgia siempre funciona como instrumento de narración para alebrestar la sensibilidad del espectador, sobre todo si ésta se canaliza mediante una confluencia del pasado con el abrumador presente. No siempre funciona (v.g. “Hook: El Regreso del Capitán Garfio”), pero en el caso de “Christopher Robin: Un Reencuentro Inolvidable”, el drama se limita a los aspectos más básicos que sabe cuáles botones emocionales apretar para obtener las reacciones adecuadas del público de forma amena y sin complicaciones, no exenta de bises cursis y grados de predictibilidad algo molestos. Al igual que la película de Spielberg, es un personaje literario el que debe volver a vincularse con los aspectos esenciales de sí mismo, al toparse de nuevo con un elemento fundamental de su infancia. En este caso hablamos de Christopher Robin, creación del escritor Alan Alexander Milne, quien pasó su niñez en el Bosque de los 100 Acres junto a unos personajes hechos de felpa conocidos como Winnie Pooh y sus amigos. Ahora en la edad adulta, Robin (interpretado por Ewan McGregor) trabaja en la Inglaterra de mediados del Siglo XX en una compañía publicitaria, dominado por un patrón implacable e insensible y una situación familiar quebrada por ello. La situación cambiará cuando Winnie Pooh, al despertar un día y no encontrar al resto de sus compañeros, recorre un camino que lo lleva con su viejo amigo humano, lo que llevará a Christopher Robin en un viaje gradual de autorecuperación de su identidad y a valorar a su familia, en particular a su pequeña hija, la cual adora pero con quien no logra conectarse correctamente debido a su compromiso con el trabajo. La dinámica entre Robin y Pooh es una provista de dureza urbana y realidad por parte del primero y una filosofía candorosa y naif del segundo, complementando puntos de vista que guían la senda narrativa a momentos divertidos por lo dispar de sus perspectivas. La historia no ofrece sorpresas, todo se resuelve y desarrolla según lo esperado, pero el director Marc Forster (“Más Extraño Que la Ficción”, “Descubriendo el País de Nunca Jamás”) matiza la fórmula con sensibilidad y una miel que hasta a Winnie Pooh le costaría trabajo ingerirla por lo dulce. Pero las actuaciones, la fotografía y la historia hacen que funcione, conmoviendo a más de un adulto que seguramente querrá retornar a su primera infancia para reencontrar el sentido de la vida más allá de su actividad cubicular en el INEGI.

2ª Función

“MENTES PODEROSAS” (“THE DARKEST MINDS”)

Y sigue la mata dando en cuanto a literatura juvenil desechable en cine se refiere. Ahora la veta a explotar es una similar a la minada por Marvel con sus cómics y cine de mutantes, en la forma de jovencitos que adquieren poderes a raíz de una infección viral. La premisa de la cinta es que aquellos que sobreviven a dicho contagio, deben ser agrupados en centros de retención y divididos por colores en base a sus habilidades (los verdes son telequinéticos, azules quienes controlan la electricidad, etc.). Los más raros son los rojos y naranjas, de quienes no se tienen demasiados registros pero se consideran seres riesgosos por los altos niveles de poder que despliegan. Nuestra protagonista, una adolescente afroamericana llamada Ruby (Amandia Stenberg), es una chica conflictuada por haberse separado de sus padres desde muy pequeña y encerrada en uno de los separos mencionados. Ella es naranja, lo que le da la habilidad de controlar mentes, pero permanece oculta haciéndose pasar por verde hasta que es descubierta y debe huir. En su camino se topa con Liam (Harris Dickinson), Chubs (Skylan Brooks) y Zu (Miya Cech), jóvenes en fuga que tratan de localizar a “El Escurridizo” (Patrick Gibson), mítico naranja que supuestamente ha escapado cuatro veces de los confinamientos (de ahí su mote) y está formando una resistencia para liberarlos del yugo institucional. Durante el recorrido, tienen varias aventuras hasta que llegan con el famoso líder, hijo ni más ni menos que del presidente de los Estados Unidos, pero sus fines no resultan tan altruistas. Y eso desgraciadamente se adivina desde que se menciona al personaje, así como todo el procedimiento telegrafía cualquier movimiento, gracias a un guión muy básico que casi llega a lo infantil tanto en las situaciones que plantea como en los personajes, todos sacados de un catálogo de tienda departamental por sus rostros y cuerpos de modelo y motivaciones insulsas. Me resulta incomprensible cómo una cinta que tiene toda la estructura y apariencia de un proyecto para Disney XD, termina estrenándose en cines con el fin de iniciar una franquicia, pero la codicia en Hollywood no tiene límites y el fracaso en taquilla y crítica de este bodrio es una clara señal de que la generación “Crepúsculo” ya creció y los “centennials” no siempre se tragan todo el dulce con cara bonita e historia hueca que les pongan enfrente. A ver si así siguen.

3ª Función

“YA VEREMOS”

Hablando de fórmulas gastadas. Esta película mexicana sobre una pareja divorciada (Mauricio Ochmann y Fernanda Castillo) que debe unir fuerzas a pesar de detestarse, para cumplir una lista de deseos escrita por su hijo (Emiliano Aramayo) ante un mal que aqueja su vista con riesgo de ceguera, tiene todos los ingredientes que odiamos de una película chantajista y sensiblera hollywoodense, pero adaptada a cierto contexto nacional. Y digo “cierto contexto” porque todo se desarrolla en el universo burgués nacional polanqués más abyecto, así que el espectador debe sentir compasión por dos adultos que la verdad hablan y se conducen despreciablemente ante una genuina falta de contexto social, mientras el chiquillo resulta inaguantable tanto por su lacerante acento fresa chilango como por sus deseos, los cuales más bien son caprichos de niño mimado (viajar a Acapulco, subirse a un jetski, etc.). Si en “Antes De Partir” (Reiner, E.U., 2007), la película que el director Pitipol Ybarra se está fusilando descaradamente para hacer esta “dramedia” de petatiux no funcionó, la premisa aquí resulta insufrible porque además de lo manipulador en ella, debemos soportar las pésimas interpretaciones de Ochmann y Castillo, los padres cinematográficos más deleznables en la historia del cine mexicano después de Claudio Brook y Rita Macedo en “El Castillo de la Pureza”, con la diferencia de que los últimos tenían una mente retorcida y los primeros sólo hacen que uno se retuerza en la butaca.

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