Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

La proeza no es el acumular osadía para realizar secuelas a cintas que alcanzan el estatus de clásicas (en este caso “Blade Runner”, uno de los ejercicios en ciencia ficción más notables de finales del siglo XX), sino que éstas contribuyan a la mitología planteada en el filme original, a la vez que localizan un punto de expresión propio mientras expanden las posibilidades narrativas de dicho universo ficticio. “Blade Runner 2049”, proyecto largamente gestado que atestiguó diversos arranques con diversos equipos creativos -incluyendo en algún momento a su director original Ridley Scott retomando dicha función- y que culminó con un guión desarrollado por Hampton Fancher (actor y escritor que colaboró en la producción original) y Michael Green (“Alien: Covenant”) bajo la dirección del francocanadiense Denis Villeneuve, acomete en ese rubro ofreciendo una cinta con voz propia que dilata las posibilidades narrativas de aquella inolvidable cinta de 1982 con algunas propuestas dignas del creador Philip K. Dick. El resultado no sólo absorbe la atención e intelecto del espectador, también presenta algunas de las calistenias estéticas y plásticas más cautivadoras de este año, por lo que el resultado contribuye bastante tanto a su mundo autocontenido como a la percepción de la audiencia.
La historia se ubica 30 años después que Rick Deckard (Harrison Ford) cazara a cuatro replicantes (seres sintéticos creados por la Corporación Tyrell para auxiliar a los humanos en colonias espaciales) que le mostrarían una faceta distinta sobre el sentido de la humanidad, a la vez que se enamoró de una llamada Rachael (Sean Young) con quien refugiaba su atribulada consciencia. Ahora, la Corporación Tyrell ha sido absorbida por un plutócrata ciego llamado Niander Wallace (Jared Leto), quien prosigue la creación de replicantes pero perfeccionados. Un oficial de policía de Los Angeles llamado “K” (Ryan Gosling) es un Blade Runner encargado de “retirar” a los replicantes obsoletos o rebeldes. Durante una misión, localiza una osamenta enterrada que, al ser analizada, resulta ser de una mujer que dio a luz antes de perecer. Para su asombro, “K” encuentra un número de serie en el esqueleto, lo que indica era sintética y ahora la pregunta que detona la trama brota en la mente de todos: ¿Se preñan los androides con bebés electrónicos? La respuesta es una que el empresario Wallace no desea se resuelva por sus implicaciones culturales, éticas y morales, obstaculizando la investigación de “K” mediante una agente llamada Luv (Silvia Hoeks), quien hará lo necesario para detenerlo. En el proceso, el agente “K” rastreará los pasos de la replicante fallecida hasta toparse con el mismo Deckard (Ford), misántropo que se aísla en los restos de Las Vegas en un ambiente tan desolado como él mismo. Las deducciones y elucubraciones que de ahí parten los conducirá a un punto de reencuentro tanto con aquellas emociones que creían extraviadas como consigo mismos.
El director Villeneuve experimenta y crea una identidad visual para su película, a la vez que retoma los cuestionamientos existenciales de su predecesora sobre la constitución de la identidad y la misma humanidad ahora mediante el recurso de la concepción. Dichos planteamientos son ejecutados con madurez e inteligencia, despertando diversas cavilaciones serias al respecto, mientras que los personajes se van diseñando a la par de sus hallazgos, curtiéndose y expandiéndose tanto emocional como psicológicamente, detalle que su cuadro de actores aprovechan para extraer convincentemente las posibilidades dramáticas de este planteamiento, ofreciendo a la vez excelentes interpretaciones. El ritmo mesurado permite que la historia sea explorada en cada rincón (la expectación de “K” sobre la resolución de su pasado inexistente, su relación cuasi amorosa con su holograma de compañía Joi [Ana de Armas], el amarre del arco dramático del propio Deckard, etc.) y permite que la tersa y policromática fotografía de Roger Deakins haga juego con la construcción simbólica que Villeneuve ha tejido con minuciosidad. “Blade Runner 2049” no sólo es una secuela digna a un clásico, también es una de las mejores cintas de ciencia ficción pura de los últimos años.

STREAMING – “EL JUEGO DE GERALD” (“GERALD’S GAME”)
Stephen King una vez más está de moda. Creo que desde la década de los 90 no veíamos estrenarse más de una adaptación a sus textos y este año tuvimos tres, para bien o para mal. Una de ellas llegó directamente a la plataforma de streaming conocida como Netflix, y se trata de uno de los trabajos del autor de Maine más difíciles de adaptar por su estructura minimalista (básicamente se trata de un personaje durante todo el relato) y estrictamente psicológica. “El Juego de Gerald”, publicado en 1992, es una muestra de que King trabaja mejor en contextos reales y no sobrenaturales -aún si algunas novelas de esa índole han funcionado muy bien- donde la perturbación se produce desde las tribulaciones de los personajes, explotando cualquier vena dramática que posean tanto ellos como las circunstancias en que se encuentran, terminando presos de o por sus propios elementos (“Miseria”, “Sueño de Fuga”). En este caso, tenemos a un matrimonio integrado por Jessie (Carla Gugino) y Gerald (Bruce Greenwood), quienes pretenden revivir las flamas matrimoniales refugiándose en una cabaña lejana por un fin de semana. Ahí, Gerald tratará de inyectarle pasión y perversión a su relación obligando a su esposa a tener sexo bajo sometimiento esposándola a los postes de la cama. Desafortunadamente el Viagra que tomó previo al bondage le produce un paro, pero cardiaco y ahora Jessie se encuentra apresada en el lecho, sin alguien capaz de escuchar sus gritos de auxilio y el entumecimiento comenzando a atacar sus manos. Poco a poco la soledad y desesperación comenzarán a jugarle malas pasadas a su frágil psique y comenzará a entablar conversaciones con su difunto marido y con ella misma, localizando la fuerza necesaria para liberarse de su predicamento antes de que un perro salvaje que circunda la cabaña termine de saciar su apetito con el cadáver de Gerald. Por si la sed, el mareo, el can salvaje y la inanición fueran poco, las noches comienzan a tornarse peligrosas ante la presencia de un lánguido ser que recolecta huesos y puede o no tratarse de un asesino serial de quien se han reportado avistamientos por la zona. La dirección de Mike Flanagan (“Oculus”, “Ouija: El Origen del Mal”) construye con mucha artesanía atmósferas intrigantes y una puesta en escena relativamente teatral para este cuadro emocional y psicológico sobre una mujer que debe encontrar su punto de empoderamiento para superar tan difícil situación y algunos traumas vinculados al incesto que han minado su voluntad con el paso de los años, por lo que la cámara sólo se mueve lo necesario y permite que sea Gugino quien se apodere de las tomas mediante su convincente actuación para crear todo el espacio dramático que la historia requiere. La película funciona muy bien hasta la llegada del tercer acto, donde todo se resuelve apresuradamente y se coloca con calzador un epílogo que pretende suavizar el impacto emocional previamente vivido y validar la transformación del personaje de Jessie después de su odisea, pero que resulta innecesario una vez que comprendemos la fuerza requerida por la protagonista para sobrevivir a su ordalía. Aun así, “El Juego de Gerald” es, junto con la nueva versión de “Eso”, una cierta reivindicación del Stephen King adaptado al cine después de años infructuosos por recapturar sus glorias de los 80’s y 90’s comprendiendo más a fondo qué es lo hace funcionar audiovisualmente un relato de este escritor. Por lo pronto, creo que ya se anda por un buen camino.
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