Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

1ª Función
“EL PRIMER HOMBRE EN LA LUNA” (“FIRST MAN”)

Hubo una época en que para los norteamericanos la medida del estoicismo, el arrojo y la valentía era un astronauta y después el vaquero. Esto ocurrió durante la década de los 60’s, cuando Estados Unidos y Rusia competían por trasladar a un ser humano de la Tierra al espacio, y Norteamérica explotó todos los recursos culturales para lograr el apoyo de su pueblo en esta frenética carrera donde la ciencia y la tecnología, indispensables en la adquisición de dicha meta, pasaron a segundo término ante el esculpido ideal del nuevo paladín ideológico para las masas capitalistas en la forma de estos estoicos pilotos capaces de sacrificar todo por un sueño comunal (sin mencionar la agenda política): ser los primeros en arribar al suelo lunar.
Hollywood puso su granito de arena en el desglose histórico sobre estos acontecimientos y de ahí surgieron filmes que van desde la minuciosa inspección sobre los orígenes del programa espacial estadounidense edificado en hombres temerarios y complejos como “Los Elegidos de la Gloria” (Kaufman, E.U., 1983) hasta dramas sencillos y complacientes como “Apolo 13” (Howard, E.U., 1995). Como fuere, la identidad de quienes rebasaron nuestra atmósfera fue deificada en el cine, por lo que es de agradecer que el director Damien Chazelle (“Whiplash”, “La La Land”) irónicamente aterrice la figura de Neil Armstrong y paralelamente provea un matiz de humanidad e imperfección al incipiente programa espacial. Ryan Gosling se pone en la piel del primer hombre que pisó la luna brindando una actuación conformada de sutileza histriónica, pues el Armstrong que vemos en esta película no es el temerario piloto que el panfleto cultural gringo nos vendió por años, sino un ser de mesurada condición existencial afectado profundamente por la quebrantadora muerte de su hija de dos años a causa del cáncer. Su único sostén son su esposa Janet (Claire Foy) y sus dos hijos, además de su entrega incondicional al Proyecto Géminis consagrado al acatamiento de John F. Kennedy de superar a los rusos en la contienda espacial. El director Chazelle parte de un sitio sensible e inteligente, presentándonos a Armstrong como un ser humano que ralentiza su voluntad y comunicación familiar conforme su trabajo comienza a consumirlo, casi como presa de sus propias circunstancias (su talento para volar es nato, tal como se nos presenta en la primera y espectacular secuencia donde logra rebasar la estratósfera solo para caer en picada en el Desierto de Mojave), mientras que Janet lidia con el equilibrio emocional del hogar, tratando de sacar adelante a su familia, a la vez que pretende descifrar el marasmo mental de su cada vez más celebre esposo. Esto permite que el espectador aprecie a la cinta no como otra cinta de vuelos espaciales más, sino como un auténtico drama humano donde no hay héroes, solo víctimas de lo imposible. Las excelentes actuaciones soportan esta aproximación narrativa así como una magnífica puesta en escena que recupera toda la plástica y estética de la década, inoculando convicción y realismo a la historia. Lo más conmovedor es la contraposición del hombre que busca alcanzar las estrellas cuando él mismo es un abismo negro emocional, lo que nos lleva a un clímax estremecedor por el sutil lirismo con que Chazelle amarra el arco narrativo de su protagonista mediante un simple gesto que involucra a su fallecida hija. “El Primer Hombre en la Luna” no es una cinta sobre un gran logro humano, sino sobre humanos tratando de vivir en un contexto adverso (la presión que el gobierno ejerce sobre la NASA, el acoso mediático, el aislamiento hogareño, la brecha que se abre entre hijos, padres y esposos, etc.), y eso en sí es un gran logro, como esta película, una de las mejores que se hayan hecho jamás sobre el tema.

2ª Función
“OPERACIÓN OVERLORD” (“OVERLORD”)
Una aclaración a modo de advertencia: esta es una cinta sobre zombis mutantes nazis, así que cualquier espectador adicto a la fidelidad histórica en cintas ubicadas durante la Segunda Guerra Mundial mejor abstenerse. Los demás sepan que podrán disfrutar una de las películas de presupuesto marca Hollywood con corazón de serie “B” más entretenidas del año sin que reinvente o aporte algo significativo al subgénero, pero su premisa basta para que cualquiera acalle sus protestas y atienda (en verdad ¿Quién puede resistirse a la sola mención de zombis mutantes nazis? Hasta el académico más estirado debería sonreír ante la demencial noción de esto). La película se ubica poco antes del Día D, cuando un grupo de soldados norteamericanos encomendados con destruir una torre de comunicaciones alemana con el fin de truncar los mensajes codificados a las tropas germanas en la costa de Normandía, aterriza de emergencia en un pequeño pueblo francés ocupado por la Schutzstaffel. Ahí, el cabo Ford (Wyatt Russell) tratará de infiltrarse en el poblado con ayuda del soldado raso Boyce (Jovan Adepo), joven afroamericano proveniente de Louisiana adepto al francés, quien logra comunicarse con Chloe (Mathilde Olivier), lugareña que desprecia a los alemanes y en particular a su capitán Wafner (Pilou Asbaek), despiadado soldado en la mejor tradición de la ficción bélica. Cuando Boyce logra fortuitamente infiltrarse en la base nazi, descubre con horror que su edificio de comunicaciones es tan solo una fachada para ocultar los terribles experimentos que los científicos alemanes realizan con los campesinos franceses y sus propios soldados para depurar un suero que les permita transformarlos en monstruosas máquinas de matar. Ahora la misión de los aliados será demoler la base y sobrevivir a los despiadados ataques de estas criaturas, lideradas por un Wafner mutado después de un cruento enfrentamiento con los norteamericanos. El novato Julius Avery dirige esta fantasía pulp con entusiasmo y cierta atención a los detalles, en particular al manejo de sus personajes, que si bien son presentados como los arquetipos básicos del militar de la época (el fotógrafo de guerra buena onda, el hablador y simpático, el tímido, etc.) son representados con buen tino por sus respectivos actores, destacando Adepo como un joven resoluto y con una brújula moral estable pero que hace lo que debe en el momento correcto, vulnerando la imagen del típico héroe de cintas similares. Curiosamente la violencia no es abundante, pero cuando las criaturas hacen lo suyo, el director Avery no escatima en sangre y daño corporal de forma artesanal (es decir, sin excesos digitales), permeando a la película de cierto aire artesanal a la vieja usanza.
Como señalé anteriormente, la cinta no innova, pero ejecuta con gusto sus clichés y ofrece entretenimiento sin culpas, gracias a su competente cuadro de actores y sus repelentes pero bienvenidos zombis mutantes nazis.

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