Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“LA MONJA” (“THE NUN”)

Para el colectivo, un motivo de mortificación enorme es la desacralización de sus figuras religiosas en favor de su presentación como monstruosidades coludidas con las fuerzas del mal, y no me refiero a la muy real y tristemente común amenaza de sacerdotes pederastas, sino de las fantasías cinematográficas que trastocan efigies sacrosantas en favor del impacto sensorial, como en su momento lo hicieran de forma ejemplar directores tan diversos como Ken Russell y su subversiva cinta “Los Diablos” (1971), con Oliver Reed como líder de una congregación religiosa que defiende a su claustro de los embates del Cardenal Richelieu, culminando en una bacanal inaudita donde monjas y padres copulan con frenesí, o la esotérica y atmosférica “Alucarda” (1977) de Juan López Moctezuma, protagonizada por Tina Romero como la joven conducto de Satanás para poner el desorden en un antiguo monasterio. Italianadas aparte como “Flavia La Hereje” (Mingozzi, 1974), “La Monja de Monza” (Mattei, 1980) o la trilogía de las Madres de Dario Argento que explotaban la naturaleza ominosa de las profesas, la figura de las religiosas como instrumento de horror fílmico no ha legado algún título memorable en cuanto a contenido o forma y “La Monja”, el nuevo proyecto del pelmazo James Wan que se desprende de sus papanatas cintas “El Conjuro”, no es la excepción, al grado de hacer ver a dichas cintas o los filmes de “Annabelle” como refinados e inteligentes en comparación.
La trama incluso no se esfuerza por presentar algo nuevo: Durante la década de los 50’s, una monja se suicida de forma grotesca y misteriosa en un convento rumano. Ahí acude el Padre Burke (Demian Bichir) y una novicia de nombre Irene (Taissa Farmiga) para investigar lo sucedido.
Durante sus pesquisas se revelará que el claustro posee un portal al infierno sellado por los templarios, pero que los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial han reabierto, permitiendo que un demonio llamado Valak escape y busque un huésped humano.
Elemental y falta de gracia es esta historia que se contenta por mostrar lo de siempre (escenas nocturnas en cementerios, largas e innecesarias tomas de corredores oscuros, atropellados close ups a las víctimas y protagonistas para exacerbar el supuesto terror que sienten ante las demoniacas visiones, etc.), a la par del típico uso de sustos vía estridencias visuales y sonoras.
Lo mismo de siempre para no complicarle la existencia a la audiencia poco exigente y tan rutinario que hasta Bichir se percibe aburrido y desangelado. Se añora la subversión e incorrección política de películas como “Satánico Pandemonio” (1975) de Gilberto Martínez Solares, que no necesitaba más que a Delia Magaña siendo seducida por un Lucifer con el rostro y voz de Enrique Rocha para poner la piel chinita, así que recomiendo mejor depositar nuestra fe en aquellas cintas que en esta “Monja” millenial.

2ª Función
“UPGRADE: MÁQUINA ASESINA” (“UPGRADE”)
En un punto de la película, un chip autoconsciente y parlante llamado STEM que ha sido injertado en la columna vertebral de un cuadripléjico llamado Grey Trace (Logan Marshall-Green), le inquiere sobre la deliberada insistencia del ser humano por fallar, a lo que Trace responde sucintamente que es debido a que, mientras la memoria sintética del chip está llena de unos y ceros, el de las personas lo está de cada error que han cometido en su vida.
Este diálogo sintetiza la inquietud argumental del actor / productor / director Leigh Whannell (la saga “Saw, Juego Macabro”, “La Noche del Demonio”) de su película “Upgrade: Máquina Asesina” y que le distingue de otros proyectos similares, ya que si bien historias sobre la simbiosis entre hombre y máquina se ha presentado con anterioridad en el cine fantástico (“Robocop”, “Ghost In The Shell”), ésta producción de Whannell coloca al frente de su foco narrativo la perspectiva del lado artificial, el cual si bien no se explora con la profundidad deseada, provee un punto de vista que sirve de necesario contrapunto a la perspectiva humana, balanceado mediante diálogos correctos y en ocasiones interesantes.
Ubicada en un futuro no muy lejano, la trama se enfoca en el tecnófobo Grey, quien debido a un ataque nocturno donde muere su esposa, pierde la movilidad de su cuerpo. Postrado en una silla de ruedas y con sentimientos autodestructivos, Grey encuentra una solución en STEM, chip experimental capaz de fusionarse con su columna vertebral y sistema neurológico que le permite recuperar la movilidad.
Poco a poco el protagonista se percata no solo de que la pieza tecnológica puede comunicarse mentalmente con él, sino además deducir las piezas necesarias para encontrar a los asesinos de su esposa e incluso dotarle de habilidades motoras inauditas y vengarse de estos rufianes.
De este modo “Upgrade…” se desarrolla tanto como un drama revanchista característico de cintas con una premisa similar acoplado con la moderna sensibilidad plástica y rítmica de filmes como “John Wick” o “Atomic Blonde”, mediados por caracterizaciones bien diseñadas y secuencias de pelea adecuadamente orquestadas, entreteniendo más de lo que la descabellada premisa sugiere, aunque por supuesto sin exigirle demasiado a la narrativa, pues realismo es lo último que recibirá el espectador de esta película.
Al final todo funciona, incluyendo la personalidad de STEM, quien produce momentos jocosos e introspectivos sin requerir un comportamiento bufonesco o solemne. Una agradable sorpresa, considerando que su director es compadre de James Wan y su trabajo como productor y director me parecían bastante flojos. Tal vez se sometió a un “Upgrade”, y sus siguientes cintas irán mejorando, como muestra este divertido y sangriento filme.

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