Juan Pablo Martínez Zúñiga

1ª Función
“SLENDER MAN”

Desde tiempos remotos las leyendas y los mitos son combustible integral para ese motor denominado “imaginario colectivo”, adaptándose a las necesidades / inquietudes / temores de la generación en turno para esconder en sus rebuscadas narrativas alguna moraleja perenne que sólo se adapta según el formato idiosincrático y cultural del momento. Y para este siglo, tenemos que la comunicación oral que solía difundir y perpetuar dichas narraciones ha sido reemplazada por el internet y whatsapp, foros virtuales que le dieron cabida a Slender Man, una creación de Eric “Víctor Surge” Knudsen para un sitio web influenciado, según él, por H.P. Lovecraft y Stephen King. Su personaje remite también a todas las oscuras fantasías del norteamericano promedio sobre el extravío y su eterno temor a la otredad, pues Slender Man carece de rostro, su físico es lánguido y posee extremidades tentaculares que brotan de su espalda, todo con el fin de capturar niños y adolescentes para llevarlos a algún lugar recóndito, por lo que tal vez también sea una efigie de los pavores pedófilos producto de una sociedad tan perturbada. La sola apariencia de este ser invita a varias especulaciones y así se han dado culminando en la cinta que ahora nos ocupa, un proyecto con cierto potencial para la perturbación sensorial de la audiencia pero que nunca encuentra un camino propio o logra generar algún aporte al género de horror, pues se cuelga demasiado de la estética y recursos típicos del moderno cine de terror, amén de una trama que peca de incoherente.
La historia gira alrededor de cuatro amigas: Hallie (Julia Goldani Telles), Wren (Joey King), Chloe (Jaz Sinclair) y Katie (Annalise Basso), quienes deciden investigar sobre el mito de Slender Man a instancias de unos chicos de su escuela. Intrigadas por esta entidad, tratan de convocarlo para demostrar que se trata tan sólo de una invención de las redes, pero claro, ocurre lo inverso. Las adolescentes comienzan a tener extraños sueños y visiones que culminan en la desaparición de Katie, y a partir de ese momento sus vidas se verán amenazadas por Slender Man, quien no desea otra cosa que no sea su descenso a la locura y posterior abducción, así que se trata de una carrera contra el tiempo para detenerlo antes de que acabe con todas ellas.
La película trata de explotar la fascinación que hace algunos años produjera en nuestros queridos millenials la delgada criatura sin faz, pero el guión se urde sin pizca de propuesta o razón, tan solo es un pretexto para ver a jovencitas gritar, llorar o gimotear con furor escena tras escena sin ir más allá de los arquetipos, mientras que la trama le debe mucho a la estructura del horror japonés de principios de siglo donde se busca más el impacto efectista a base de imaginería fantasmagórica que procurar el cultivo de un miedo real a base de exploración psicológica o elementos genuinamente inquietantes. “Slender Man” es el “coco” que la Generación Facebook merece: aburrido, insustancial y, al parecer, sin futuro definido.

2ª Función
“NO ME LAS TOQUEN” (“BLOCKERS”)
Por otro lado, si el rastro cultural que los millenials y la Generación Z van dejando en la historia nos resulta algo cuestionable, el fenómeno de los “chavorrucos” tal vez sea peor, pues hablamos de todos los que crecimos en la década de los 80 donde los medios y en particular el cine nos aleccionó sobre las bondades y beneficios de la juventud eterna, pues tenemos una fiesta interna donde todos están invitados aún si nuestros cuerpos y facciones incipientemente arrugadas no lo representen. Siendo adolescentes durante esos años buscamos un punto de representación y liberación existencial que tanto estrellas juveniles lideradas por Tom Cruise como “Cachún Cachún Ra Ra” o las películas de “Porky’s” proveían, y al momento de crecer al punto de ser nosotros mismos padres o figuras de autoridad, procuramos extender esa doctrina libertaria a la nueva generación. Básicamente éste es el fundamento de “No Me Las Toquen”, título que al inicio creí hacía referencia precisamente a una de mis añoradas y muy necesitadas sexicomedias de aquella época con “El Caballo” Rojas o Rafael Inclán, pero al verla descubro que es más sobre los procesos de conexión que los adultos ochenteros necesitan ante sus jóvenes hijas actuando y hablando de forma “alivianada” con mente supuestamente abierta solo para verse superados ante las necesidades sexuales de estas chicas que no frenan sus inquietudes al respecto gracias a la libertad de expresión e inmediación en su comunicación vía celular. Leslie Mann, Ike Barinholtz y John Cena son los padres en cuestión que harán lo que sea por evitar que sus respectivas retoñas no cumplan un pacto por perder la virginidad la noche en que se gradúan de la preparatoria (de ahí el alburero título en mexicano). Durante su alocada empresa, estrecharán vínculos entre ellos, comprenderán las genuinas diferencias entre sus generaciones y aceptarán a sus hijas tal cual son, incluyendo una de ellas que resulta ser lesbiana. La directora Kay Cannon ciertamente no apela a la sutileza en la presentación de este tema (escenas de consabida escatología e incorrección política son la base para los gags de esta cinta), pero resulta atractiva la relativa honestidad con que expone a sus personajes, en particular la relación de Leslie Mann con su hija Julie (Kathryn Newton) y la de ella con sus amigas, las cuales conoce desde la infancia, trabajado todo con cierta emotividad y sensibilidad que nos permite entenderlas más como personas que las acostumbradas caricaturas humanas en esta clase de películas. No presenta nada nuevo y el final es por demás predecible, pero “No Me Las Toques” funciona como un ejercicio cómico con aspiraciones dramáticas gracias a las comprometidas actuaciones del reparto (menos John Cena, pero ya sabíamos que es imposible pedirle histrionismo a un bloque de cemento) y un guion sólido. No reivindica a los “chavorrucos”, pero sí muestra que somos materia de jocosidad efectiva.

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