Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

1ª Función
“SICARIO 2: SOLDADO” (“SICARIO: DAY OF THE SOLDADO”)
Hace tres años el director francocanadiense Denis Villeneuve presentó su reflexiva cinta “Sicario”, oscura meditación sobre los parámetros morales y éticos que se retuercen entre la búsqueda de la justicia por apresar a los líderes de los cárteles que dominan las fuerzas criminales por toda la frontera entre México y Estados Unidos. El yang de este espectro narrativo estaba representado por Kate Macer (Emily Blunt), una agente novata del FBI que anteponía su idealismo y necesidad por el riguroso seguimiento del reglamento sobre la necesidad de capturar a los delincuentes, mientras que el yin encontraba voz en Matt Graver (Josh Brolin), un federal dispuesto a todo -incluyendo el sacrificio de cualquier deontología- para llevar a los malhechores ante la justicia considerando que el fin justifica cualquier medio apoyándose en un veleidoso hombre con sed de venganza llamado Alejandro Gillick (Benicio del Toro), implacable e impredecible. Entre ellos el desequilibrio de la balanza moral y ética proporcionaba varias herramientas de discurso para que la cinta funcionara tanto como un thriller impecable sobre los procedimientos sucios y brutales de las agencias que vigilan a los grupos que operan fuera de la ley como un relato que explora la naturaleza humana desde frentes contrarios y al límite. “Sicario 2: Soldado”, inesperada secuela a una historia autoconclusiva y redonda que no dejó final abierto, funciona sorpresivamente pero sólo en niveles muy básicos, pues la dirección del italiano Stefano Sollima (“Suburra”) se limita a la representación de una intriga orquestada por las mencionadas agencias para diluir la fuerza de los cárteles fronterizos forzando sus enfrentamientos a la vez que entran en juego personajes periféricos que representan las consecuencias de la existencia de estos grupos criminales. El protagonismo recae exclusivamente en los agentes Graver (Brolin) y Gillick (del Toro), quienes secuestran a la pequeña hija de un poderoso narcotraficante (Isabela Moner) como una estrategia para enfrentar a su padre con el Cártel de Matamoros, haciéndolos parecer culpables del rapto, hasta que ciertos elementos no se desarrollan según lo planeado y ahora deberán trabajar para realizar control de daños mientras Alejandro lidia con la niña.
Todo luce de maravilla y las actuaciones de Brolin y del Toro convencen, pero el guion se decanta a la ejecución de un plan muy al estilo “Misión: Imposible” donde el engaño y la manipulación son esenciales descuidando la postura analítica y reflexiva de la cinta anterior, donde los diálogos son rutinarios y la producción semeja a tantas que ya hemos visto en series o películas de Netflix u otros espacios, con una fotografía y puesta en escena sólidas que realzan la aridez de los escenarios desérticos o la sordidez de las ciudades en la frontera, pero sin que se genere alguna propuesta interesante. El escapismo está garantizado, pero se extraña algún personaje como el de Emily Blunt que sopese las despiadadas acciones de los protagonistas, pues así como está, nos quedamos con la pura oscuridad de la trama sin que haya un genuino cauce en términos dramáticos para explorarla, algo que pudo lograrse con la participación de un joven llamado Miguel (Elijah Rodríguez), quien representa a una de las víctimas ideológicas de los cárteles que reclutan adolescentes seduciéndolos con muchos dólares para que se sumen a las filas del trabajo sucio y sangriento, pero el personaje carece de la fuerza psicológica y motivacional para que funcione a ese nivel. Al final, uno se pregunta el porqué de esta continuación, pero el resultado es eficaz en términos elementales, así que supongo no debería cuestionarlo y dejarme llevar por el estruendo de las balas.

2ª Función
“EL RITUAL” (“THE RITUAL”)
Cuando el eficiente director inglés Neil Marshall estrenó en el 2005 su excelente y aterradora cinta “El Descenso”, quedó claro que había espacio en los anales del horror para historias centradas en grupos de amistades con demonios personales y emocionales a cuestas que dotan de fortaleza a los personajes para enfrentar amenazas monstruosas o sobrenaturales (en este caso, criaturas subterráneas antropófagas). En “El Ritual”, otra producción británica de ingreso reciente a la cartelera acalitana que parte de un sitio similar al de aquel filme de Marshall, se tienen todos los componentes para contar una atemorizante historia en esos rubros: unos ingleses que se conocen desde la universidad deciden acampar y senderear en los montes suecos hasta que, por azares del destino, deben cruzar un siniestro bosque donde los espera una experiencia pavorosa que les costara su cordura y hasta la vida. Aquí localizamos diversos elementos sumamente atractivos: personajes conflictuados por sus respectivos cotidianos -paternidad, vida matrimonial y, en el caso de uno de ellos, la muerte de un miembro de su grupo a manos de asaltantes que pudo evitar si no hubiera permanecido escondido para salvarse-, una fotografía sumamente atmosférica, sólida dirección cortesía de David Bruckner (“La Señal”, “V/H/S”) y algunas ideas lo suficientemente macabras que despiertan interés. Es una lástima que el hermético y convencional guión no permita darle juego a estas virtudes, así como unas actuaciones planas que no dimensionan a estos personajes que se antojan arquetípicos desde el inicio, pues tenemos a un cuarteto de hombres maduros que toman las típicas malas decisiones propulsadas por necedad del cine de horror ochentero que ahora exasperan por la poca lógica detrás de ellas, como cuando se encuentran recién ingresados al bosque con un enorme oso descuartizado y crucificado entre los árboles. Una visión así que espantaría a cualquiera es tan solo una molestia para ellos, quienes deciden seguir adelante cuando el sentido común dicta dar la media vuelta y marcharse. Pero estos sujetos operan con base en los protocolos más mentecatos de conducta, así que persisten en adentrarse aun cuando se topan con señales místicas talladas en árboles y misteriosas cabañas con efigies grotescas semejando, sospechosamente, toda la construcción visual y ritmo narrativo de “El Proyecto de la Bruja de Blair” (1999). La película se apoya mucho en este tipo de imaginería, como si fuera suficiente para inquietar al espectador, pero falta toda esa carga psicológica que la soporte a manera de discurso y no sólo como ejercicio estilístico, por lo que todo termina aburriendo ante su afán por lo convencional y trillado, culminando en un clímax que apunta a desequilibrio mental por parte de un personaje, algo que se veía venir una hora antes de película. “El Ritual” es uno de esos filmes que alteran no porque el contenido sea terrorífico, sino por todo el potencial que nunca llega a aprovecharse, molestando más que asustando.

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