Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“LLÁMAME POR TU NOMBRE” (“CALL ME BY YOUR NAME”)
La nueva película del director siciliano Luca Guadagnino (“Yo soy el Amor”, “Melissa P.”) considera la localización de una estética profunda y precisa que retrate la esencia del amor, aquel que Fromm señalaba como “ser uno en el otro”, para definir la autenticidad del erotismo romántico mediante dos hombres en etapas diferentes que sucumben uno al otro , y esto le ha acarreado numerosos elogios, premios e incluso postulaciones relevantes en la pasada entrega de los oscares, pero no la exime de una serie de rasgos pretenciosos que lastran lo que pudo ser una obra legítima y honesta sobre un idilio homosexual que sume momentos de genuina belleza argumental y plástica en palabrería políglota intelectual de corte bohemio setentero. Esto resiente las excelentes actuaciones del cuadro histriónico, liderado por el novel y talentoso Timothée Chalamet en su papel de Elio, un adolescente que vive entre libros, academia y el sol de la Toscana debido a que su padre (Michael Stuhlbarg) trabaja como profesor erudito de la cultura grecorromana y su madre (Amira Casar) es traductora de libros y ambos buscan procurarle a su hijo de los frutos de una vida basada en el análisis, el pensamiento y el arte mientras transcurre un silencioso verano el año de 1983 en una vieja hacienda mediterránea. Esta atmósfera pastoral y bucólica servirá de marco para el despertar de la vida sexual y amorosa de Elio cuando arriba un norteamericano treintañero llamado Oliver (Armie Hammer) con el fin de terminar una pasantía asistiendo a su padre. Conforme los días pasan y la interacción entre ellos se incrementa, Elio y Oliver comienzan a forjar un lazo que sobrepasa la amistad. Guadagnino, orientado por el veterano productor británico James Ivory y especialista en suntuosos amoríos de época patentes en “Un cuarto con vista” (1985), “El fin del juego” (1992) y “Lo que queda del día” (1993), concentra la narrativa en el sutil tejido de la vinculación romántico-afectiva de los protagonistas logrando que ésta se perciba mesurada y algo mística por la asistencia de la atmósfera intelectual y de holganza producto de las constantes charlas que sostienen mientras tuestan su piel en los campos toscanos, a la orilla de una rústica piscina o cobijados por la noche mientras tratan de descubrir las posibilidades físicas y sexuales de su naciente relación, y esto queda de maravilla. El problema es la autoexigencia que brota en el director por sofocar todo rastro de honestidad en el relato romántico a través de constantes tomas de intercambios pueriles en la idílica pareja o el forzado recurso de transformar una filia que involucra un melocotón en un símbolo de la pérdida de la inocencia ya gastado por Pasolini y compañía. “Llámame por tu nombre” esconde una gran película en sus entrañas que logra brotar ocasionalmente (los últimos 15 minutos, que testifican la relevancia emocional del título a la vez que muestran a Elio –y por ende, a su intérprete Chalamet– en un elemento valioso en términos dramáticos que desgarra y hiere a sí mismo y a la audiencia, así como la homilía conciliadora que enuncia el padre en el momento de mayor desesperanza para el hijo), pero termina en posición de súplica, casi como el mismo Elio, al no poder superar la necesidad del director por embellecer lo que ya es bello e intelectualizar con excedencia al corazón.

2ª Función
“OPERACIÓN: RED SPARROW” (“RED SPARROW”)
Hollywood, entre más intenta renovarse, más retrocede en sus habilidades argumentales. En este caso, “Operación: Red Sparrow” pretende ser un relato serio y maduro sobre la nueva Guerra Fría entre EU y Rusia desde la perspectiva de una operativa soviética y el resultado sólo produce añoranza entre los espectadores más veteranos que recordamos con un suspiro de congoja proyectos más honestos y pulidos como “Los archivos de Odessa” (1974) o “Parque Gorky” (1983), pues no basta con que su protagonista –Jennifer Lawrence– se desnude, reciba con gráfica violencia sesiones de tortura y se enamore de un agente de la CIA (Joel Edgerton), pues si el guión no se compromete a una exploración más dimensionada tanto de la psicología de los personajes como del conflictivo mundo político en el que se mueven, todo es simplemente impacto visual. La cinta confecciona una morrocotuda trama con mucho potencial: Dominika Egorova (Lawrence) es una bailarina de ballet clásico que ve su futuro en el Bolshoi truncado a raíz de un accidente en los escenarios moscovitas. Su tío Vanya –no es broma– (Matthias Schoenaerts), quien trabaja en la inteligencia rusa, la convence para seducir a un poderoso político e intercambiar su teléfono por uno intervenido. La situación termina con la muerte del diplomático y ahora Egorova, quien no debió atestiguar el asesinato, será reclutada por una agencia de espionaje donde sus operativos son conocidos como “Sparrows” (“Gorriones”), entidades entrenadas en múltiples formas de ataque y defensa y manejo de armas, incluyendo sus cuerpos como instrumentos de seducción. La situación se complica cuando un agente de la CIA llamado Nate Nash (Edgerton) cruzan caminos y ella ve en el norteamericano un camino de salida a su sórdida vida a costa de ella y enamorándose gradualmente de él. El director Francis Lawrence (“Los Juegos del Hambre”, “Soy Leyenda”) no es ningún Alan J. Pakula o Costa Gavras y lo intenta, pero simplemente no logra conectar todos los puntos dramáticos y psicológicos que una trama con sus complejas capas de discurso político y humano requiere y todo el conjunto se antoja de tibio a mediocre. Risibles incluso resultan las escenas donde la supuesta transformación de una mujer tímida e insegura como lo es la protagonista al inicio a una femme fatale que hará lo necesario por permanecer con vida y asegurar el bienestar de su madre enferma , pues carecen de vigor y fortitud narrativa para que se constituyan de forma honesta y orgánica. Al final, todo semeja un remedo voluptuoso de “La Femme Nikita” de Luc Besson y ni siquiera la presencia de Jeremy Irons como un general que mueve los hilos de varios personajes en la cinta o las hoscas escenas de tortura aportan relevancia al filme por su debilitada constitución en el desarrollo. “Operación: Red Sparrow” es una película de espionaje que merece su exilio a Siberia para jamás volver a verse.

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