No sé usted, pero a mí la navidad se me está convirtiendo en una fiesta preñada de melancólica nostalgia, quizá porque me recuerda la plenitud que nomás no puedo alcanzar; que se me escapa todo el tiempo; todos los días.

Y, sin embargo, posiblemente no sea sólo eso; cosa mía, dado que hay en el entorno situaciones preocupantes que nos atañen a todos, y que de seguro constituyen un obstáculo para el vuelo del espíritu. Fíjese, por ejemplo, en este cuarteto de temas: el precio del petróleo se cae, la moneda se deprecia y, quienes dirigen al país, o creen dirigirlo, no parecen acusar recibo de la insatisfacción del respetable por lo que ocurre; el miedo por la inseguridad, etc. Lo peor de todo es que los desaparecidos no aparecen y los muertos no reviven…

Y en este contexto pesimista; en este ambiente en que mis ojos tienden a opacarse por la acción de los soles y las lunas, ¿habrá mejor antídoto contra el hastío y la tristeza que las luces de colores del Nacimiento, o del árbol anglosajón, reflejadas en los ojos asombrados de un niño? Lo invito a que un día de estos se dé una vueltecita por la Plaza de Armas, y observe con qué gusto los jóvenes padres fotografían a sus pequeños hijos al lado del novedoso adorno navideño, las figuras profusamente iluminadas de Jesús, María y José; los pastores y los reyes magos.

Por otra parte, ¿qué podría superar los gritos emocionados de un niño que observa con avidez cómo se dispone una piñata para el sacrificio ritual; promesa de sorpresas sinfín? Probablemente a los mayores algo así no nos llama la atención, porque sabemos a ciencia cierta qué contiene el artilugio –o creemos saberlo–, y por eso nos anclamos en los ojos inocentes, en la búsqueda del tesoro perdido. En cambio nos atrapará la música que interpreta la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes en los conciertos que ofrece en esta temporada en templos y centros comerciales –música de temporal– …Por unos minutos, en lo que tardan en desvanecerse los sonidos emitidos por cuerdas y metales; voces y percusiones, el Paseo en trineo, la Noche de paz, y otras joyas, dispersan las tinieblas que ensombrecen el panorama y a cambio lo llenan de luz; por unos minutos.

Navidad.… Pareciera que el frío invita a acurrucarse unos con otros; al abrazo, el apretón de manos y la convivencia, óptimos conductores de la energía que todo lo renueva.

Navidad… No va usted a creerlo, porque parece guión de telenovela lacrimógena, pero le juro que es la verdad, pura y dura: mi abuela materna murió en una celebración navideña -este año se cumplirán 70-. Ocurrió en la casa del señor Miguel Dosamantes, el propietario -¿o era sólo arrendador?- de la hacienda de Peñuelas, y de su esposa, la señora Lupita Nieto, en el lado oriente del antiguo Hotel Francia, por la avenida Madero.

Había subido a otro piso al baño, y al salir, en la escalera, se desplomó muerta, sin tiempo para decir algo así como me siento mal, o preguntarse de manera estúpidamente romántica: ¿qué es esa luz que se abre allá, al fondo? Nada de eso; nada de luz. Murió y cayó, o cayó y murió, ¿qué importa como ocurrió?

Así que ya imaginará que esta mujer, cuya voz no escuché jamás, ni sus brazos me cargaron nunca, ni su monedero se abrió para obsequiarme una moneda para vaciar la tienda de la esquina mientras me acariciaba el pelo… Digo que esta mujer, que se llamó Consuelo y que fundó mi galería de fantasmas, me ha acompañado toda la vida, y de manera especial en esta época. Entonces, al misterio de la navidad se suma este otro, de la mujer fundamental para mi vida, pero al mismo tiempo desconocida; ajena a mi experiencia.

Otro de mis recuerdos favoritos de esta temporada tiene que ver con mi padre y mi hijo el mayor, su primer nieto hombre después de siete mujeres, y el único que conoció, puesto que murió meses después. En la mañana de navidad de 1984; su última navidad, mi muchachito tenía nueve meses y medio. En esa ocasión mi esposa, el niño y yo, llegamos a la casa paterna. Luego de los saludos, abrazos y besos, mi padre sacó una cajita cuadrada, de plástico duro color beige, con las uniones de los lados pintadas con colores muy vivos (su regalo de navidad), y se la mostró al niño mientras lo observaba con una gran atención, al tiempo que en sus labios iba formándose una sonrisa que conocía yo muy bien; la sonrisa característica de cuando hacía una travesura… Por su parte el niño contempló el objeto con una seriedad extrema, aunque sin mostrar mayor interés. Entonces mi padre oprimió un botón, y uno de los lados del cubo cedió. Del interior saltó un payaso, -¿un polichinela?- impulsado por un resorte, en un mecanismo que producía también una especie de grito infantil.

En otras condiciones el niño se habría reído y agrandado los ojos, más o menos como incrementa su brillo una estrella que entra en fase de gigante roja, pero como supongo que estaba recién despertado y no completaba aún el tránsito hacia la plena vigilia, más bien se asustó y lloró, abrazándose a mí con fuerza, sus ojazos oscuros llenos de unos lagrimones que fecundarían la tierra más estéril…

Todavía hoy, casi puedo escuchar la carcajada de mi padre ante la reacción de mi muchachito –esa era la travesura–, o al menos eso me gusta imaginar; imaginarlo en una tienda acompañado de mi madre, eligiendo los regalos para sus nietas y para éste, que fue el único que conoció de los tres que son. Lo veo observando la caja, abriéndola un par de veces, escuchar el grito del payaso e imaginar el momento de la entrega del obsequio. De seguro así fue, porque escrito está: la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla… Palabra del Nobel de literatura Gabriel García Márquez. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).